El encuentro en la Casa Blanca entre Donald Trump y el flamante primer ministro italiano, Giuseppe Conte, abrió el camino para una fractura en la Unión Europea.

Italia es la tercera economía del bloque regional. El acercamiento a Washington del nuevo gobierno de Roma complica la estrategia defensiva pergeñada entre la primera ministra alemana, Ángela Merkel, y el presidente francés, Emmanuel Macron, preocupados por el riesgo que encierra para la seguridad de Europa Occidental el idilio entre Trump y su colega ruso, Vladimir Putin.

El espaldarazo de Trump constituyó un poderoso aval a Conte, una figura política débil, casi desconocida, eyectada a la jefatura de un gobierno de coalición surgido de una transacción entre dos corrientes muy disímiles pero ambas calificadas de "populistas": la ultraderechista Liga Nacional, liderada por Matteo Salvini, a cargo de la cartera de Interior, y el Movimiento Cinco Estrellas, una ascendente fuerza política antisistema, inspirada por el cómico Beppe Grillo, quien pretendía imponer como primer ministro a Luigi Di Maio, actualmente Ministro de Desarrollo Social.

Antes de abrazarse con Conte, Trump había incomodado a sus socios europeos con la exigencia de un drástico aumento en su contribución al mantenimiento de la OTAN y con la propuesta de fijar un "arancel cero" en el intercambio bilateral como condición para superar la "guerra comercial" insinuada por Estados Unidos con la amenaza de implantar barreras proteccionistas contra importaciones del viejo continente.

Simultáneamente, el inquilino de la Casa Blanca instó a la primera ministra británica, Theresa May, a adoptar una postura más dura en la negociación con la Unión Europea sobre la implementación del "Brexit". Antes, había elogiado cálidamente al ultraconservador Boris Johnson, principal promotor de la traumática separación, quien renunció como canciller en el gabinete de May precisamente por disentir con la forma demasiado flexible con que la primera ministra llevaba esas tratativas para concretar la salida de Gran Bretaña de la comunidad europea.

Con Conte, Trump acordó fortalecer el rol de Italia en Libia, un país que tras la desintegración política provocada por la caída de Muhamad el Gaddafi quedó sumido en una guerra civil y un vacío de poder que convirtieron a esa excolonia italiana en la principal vía de traslado de refugiados árabes a las costas europeas. Ese protagonismo, orientado a tonificar el orgullo nacional italiano, va en desmedro de la intención de Macron de erigir a Francia en la potencia rectora en el Mar Mediterráneo.

El gobierno de Conte ya había mostrado su sintonía con Washington cuando en la última reunión del G-7 discrepó con sus aliados europeos en el levantamiento de las sanciones occidentales contra Rusia por su intervención militar en Ucrania, represalias que para Trump son un obstáculo que debe removerse para satisfacer a su amigo de Moscú.

El entendimiento entre Washington y Roma implicó también el respaldo de la Casa Blanca a la política anti migratoria impulsada por el gobierno italiano, que Trump encuentra coincidente con sus polémicas medidas de restricción de la migración hispana y árabe a Estados Unidos. Este común denominador anti migratorio, animado de un hondo contenido étnico, apuntala también la aspiración de construir un eje político capaz de englobar a todos los movimientos de la denominada "derecha alternativa" de Europa Occidental.

¿Una internacional nacionalista?

Salvini promueve la confluencia del variopinto espectro de fuerzas políticas "euroescépticas", entre las que se destaca la francesa Agrupación Nacional, nuevo nombre del Frente Nacional acaudillado por Marine Le Pen, quien no vacila en convocar a "destruir a la Unión Europea desde adentro", objetivo idéntico al que, con una estrategia distinta - condensada en el "Brexit"-, perseguían en Gran Bretaña sus cófrades del Partido de la Independencia (UKIP), para alegría compartida de Trump y Putin.

Bajo el lema "Primero los Italianos", que imita el slogan de Trump de "America First", Salvini sostiene que "el próximo muro en caer será el muro de Bruselas". Para ello, postula la creación de una "liga de ligas en Europa, que aúne a todos los movimientos libres, orgullosos y soberanos que quieran defender a su propia población, sus fronteras, sus fábricas, sus empresas agrícolas y el bienestar de sus propios hijos".

Coincidentemente, el estadounidense Steve Bannon, ideólogo y ex asesor estrella de Trump, se prepara para inaugurar en Bruselas la sede de una fundación bautizada "El Movimiento", a fin de colaborar con las campañas de los partidos de la "derecha alternativa" en las próximas elecciones del Parlamento Europeo, donde los euroescépticos cuentan ya con un grupo de 73 diputados. El "soberanismo", que reivindica el poder de los estados nacionales contra la preeminencia de las estructuras supranacionales de la Unión Europea, simbolizadas en la burocracia de Bruselas, es la consigna unificadora.

Este neo nacionalismo capitaliza la virtual desaparición de la izquierda europea, que desde el colapso del comunismo dejó de encarnar una opción antisistema para mimetizarse en un desteñido "progresismo". Estos nuevos nacionalistas canalizan entonces el descontento social ante las consecuencias negativas que, globalización mediante, tienen sobre el empleo y el nivel de vida de los europeos (al igual de lo que sucede con los trabajadores del antiguo cinturón industrial estadounidenses seducidos por Trump) el traslado masivo de las inversiones de sus empresas multinacionales hacia los países emergentes, en particular asiáticos.

Pero esa reacción contra la globalización económica, caracterizada por el éxodo de capitales desde los países centrales hacia los periféricos, está acompañada con un rechazo a la globalización demográfica, manifestada en las corrientes migratorias que crecen en un sentido inverso, sea desde África hacia Europa o desde México y Centroamérica hacia Estados Unidos. Trump y Salvini encarnan ese sentimiento.

Este neo nacionalismo tiene entonces una impronta cultural. Reivindica a ultranza las identidades nacionales, tanto étnicas como religiosas. Esto le otorga rasgos xenófobos y hasta racistas.

Amanda Taub, en un artículo en el "New York Times", habla de "la crisis de la blancura", recalca que el color de la piel es para el ser humano la primera señal distintiva de su identidad y advierte que, por primera vez en 500 años, el hombre blanco siente amenazado su predominio sobre el planeta.

Semejante percepción es la razón profunda que anima a esta sedicente "Internacional nacionalista".

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