Los hombres jamás convivieron con los dinosaurios. Más allá de cierto imaginario colectivo que asocia la exitosa tira cómica de Los Picapiedras, donde Pedro y Dilma aparecen rodeados de dinosaurios, cual si estos fueran cálidas mascotas. Mientras en el cielo surcan los pterodáctilos.

O el sonado caso de los creacionistas fundamentalistas de los Estados Unidos que utilizaron unas huellas alargadas que estaban asociadas a pisadas clásicas de dinosaurios y dijeron que eran humanas. Ellos descreen de la evolución y despotrican contra Darwin. Algo de esto se rescata en Los Simpson, cuando Lisa plantea su darwinismo racional y es ridiculizada por Rafita y la maestra, ambos creyentes dogmáticos.

Lo cierto es que los dinosaurios se extinguieron hace 66 millones de años y, los humanos como tales, aparecieron sólo unas decenas de miles de años atrás. Un abismo de tiempo entre ambos hechos evolutivos.

La pregunta es ¿qué hubiese pasado si los dinosaurios no se extinguían? ¿Podrían haber continuado hasta el presente cambiando hacia nuevas formas más y mejor adaptadas a los diferentes desafíos ambientales? ¿Podrían los mamíferos haber evolucionado en forma independiente y sincrónica a los dinosaurios y llegar a la hominización tal cual ocurrió finalmente? ¿Podrían los dinosaurios haber desarrollado inteligencia y convertirse en seres pensantes capaces de generar tecnología?

El gran evento

Los paleontólogos y filósofos que se dedican a reflexionar estos escenarios coinciden en señalar que la gran extinción de hace 66 millones de años atrás cambió radicalmente el rumbo de la evolución planetaria. Se extinguió más del 60 por ciento de las especies, entre ellas los dinosaurios, así como los reptiles marinos (plesiosaurios) y voladores (pterodáctilos). La causa fue un evento cósmico que reventó el planeta al impactar varios asteroides o cometas uno de los cuales dejó un cráter de gran extensión en México. Téngase presente que el objeto extraterrestre que impactó la Tierra debió tener entre 10 y 15 km de diámetro, o sea el tamaño de una montaña mayor que el Everest.

A ello debe sumarse la fatalidad del lugar del impacto, una plataforma de rocas calcáreas, yeso y agua de mar que produjeron una combinación ácida letal que destruyó los ecosistemas y desató un colapso en serie de la cadena de alimentación.

La casualidad o causalidad de las erupciones fisurales sincrónicas de la India (Deccan), vino a complicar aún más el panorama con la liberación de billones de toneladas de gases a la atmósfera. O sea que si había posibilidades de que algo saliera mal, salió mal; y si varias cosas podían salir mal, estas iban a salir mal en el peor orden posible. Fue lo que efectivamente ocurrió. Un claro ejemplo de la popular ley de Murphy.

¿Y si no hubiera ocurrido?

El escenario de qué hubiese pasado si los dinosaurios no se extinguían es lo que se conoce como una ucronía. En historia es la separación a partir de un punto de dos planos temporales, uno el que realmente tuvo lugar y el otro, el ficticio, que pudo haber tenido lugar. Ambos sólo comparten en común el pasado a través del llamado punto de Jonbar, en nuestro caso el evento cósmico catastrófico del límite K/T o K/Pg.

Al menos algunos de los dinosaurios que fueron contemporáneos de la extinción a fines del periodo Cretácico parecen haber tenido una serie de características que los alejan del paradigma de reptiles torpes, tontos y grandotes.

El renombrado paleontólogo norteamericano Robert Bakker propuso que muchos de los linajes pudieron ser animales de sangre caliente. Algunos terópodos y ornitópodos alcanzaron un andar bípedo. Se hicieron cálculos en base a las pisadas que se conservan fósiles que dieron velocidades de desplazamiento muy altas. También cortes de los huesos para ver el crecimiento y su compatibilidad con animales que regulan o no su temperatura corporal.

Dale Russell, paleontólogo canadiense, estudió un grupo particular de dinosaurios donde le llamó la atención el tamaño de la masa cerebral al igual que otras características anatómicas en los brazos y manos. Su especialidad eran los trodóntidos y dromeosaúridos. Uno de ellos es el velociraptor, que en las películas de Spielberg tienen un rol protagónico.

Allí los muestran como predadores astutos, ágiles, veloces, con visión estereoscópica, que cazan en grupos y hasta se los ve respirando vapor contra un vidrio como una idea de sangre caliente y también tratando de abrir la manija de una puerta para mostrar la anatomía de un pulgar oponible.

Dinosaurios inteligentes

Russell comprobó que los trodóntidos tenían una masa encefálica que era casi seis veces más grande en comparación con otros dinosaurios. También que durante millones de años el cociente de encefalización (EQ) había crecido en los dinosaurios. Fue entonces que se preguntó si aquellos dinosaurios podrían haberse vuelto inteligentes como ocurre con el género humano. En base a ello planteó la idea del "Dinosauroide", como un dinosaurio evolucionado, bípedo e inteligente.

El artista Ron Séguin fue el encargado de dar vida al dinosauroide para lo cual construyó un modelo de 1,3 m de altura para ser montado al lado del Troodon. Esto ocurría a comienzos de la década de 1980 y lo que era un simple experimento de ficción científica se transformaría en una bola de nieve mediática.

Russell se hizo famoso y, a pesar de ser un científico respetado en su campo, comenzó a sufrir el duro embate de sus colegas inquisidores que lo acusaban de execrables pecados capitales en la ciencia. Russell mismo estaba sorprendido del impacto que generó esa réplica de un dinosaurio antropomorfo. Precisamente las peores críticas llegaron desde aquellos que consideraban al dinosauroide como "demasiado humano".

Desde entonces ríos de tinta han corrido sobre el tema como en la novela “Al oeste del Edén”, de Harry Harrison, que relata la historia de la humanidad como si los dinosaurios nunca se hubiesen extinguido; numerosas películas como la readaptación del “Viaje al Centro de la Tierra” de Julio Verne donde los humanos deben enfrentarse a los “sauroides”, o en la propia serie de Viaje a las Estrellas donde los espacionautas se encuentran al otro lado de la galaxia con los Voth, unos dinosaurianos altamente evolucionados.

“Dinosauroides”, la hipótesis

Lo cierto es que los dinosaurios se extinguieron y esa etapa de la vida en el planeta está irremisiblemente terminada. Las ideas que podemos manejar, en el plano de la ucronía, es que la extinción pudo coartar una ascendente encefalización que iba a llevar a ciertas formas de dinosaurios hacia un nivel de inteligencia y hasta la potencialidad de que pudieran fabricar herramientas toscas.

Si la extinción no hubiese ocurrido como un evento súbito y catastrófico, esos dinosaurios podrían haber alcanzado en algunos millones de años más la tecnología y haber partido a colonizar otros mundos y navegar hacia las estrellas. Téngase presente que han pasado 66 millones de años desde aquel evento y en comparación el hombre en sólo dos o tres siglos manipuló las ondas de radio, emitió imágenes televisivas, desató la fuerza del átomo, puso su pie en la Luna, envió al robot Opportunity a rasguñar la superficie de Marte y la cápsula Voyager ya abandonó el sistema solar y flota en el océano estelar como una botella arrojada al mar.

La idea es que en la evolución cósmica esto pudieron hacerlo también otras formas de vida.

El dinosauroide de Russell recibió otros nombres como Homosaurus, Smartasaurus (saurio sabelotodo), Sabiosaurus, Antroposaurus sapiens, etcétera. Más allá del referido anecdotario, en el norte argentino se cuenta con pisadas de los dinosaurios que fueron contemporáneos de la gran extinción. Las huellas conservadas en el Valle del Tonco (Salta), muestran a varios dinosaurios terópodos, bípedos, erguidos, ágiles y veloces, que no desentonan para nada con el estereotipo de un dinosaurio evolucionado como el que representa el dinosauroide. Si aquellos dinosaurios salteños tuvieron algún grado de inteligencia, es algo que probablemente nunca lleguemos a saber.
 

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