¿Dios ha muerto en Salta?

Parafraseando a Frederick Nietzche, quien con dos pinceladas retrató la sociedad europea -de su época- en la que el concepto de Dios había quedado relegado en un puesto sin relevancia en las prioridades de las mujeres y de los hombres, cabe preguntarse si por estos días Dios ha muerto en Salta. 
Sin intención de emitir juicio sobre las diferentes posiciones que en buena hora fueron surgiendo y dándose a conocer en los últimos tiempos respecto a la religión, especialmente la católica, y sobre las creencias y costumbres más arraigadas en el norte, sí puede afirmarse que se hacen necesarios replanteos desde todos los sectores.
La ola anticlerical y anticatolicista que con fundamentos válidos se hace escuchar, tiene acceso ilimitado a los medios de comunicación y ejerce fuerte presión política, contrasta con otro movimiento de igual potencia e igualmente válido, pero con menos voz y sin voto, y que es representado por los católicos que por cientos de miles se movilizan desde los rincones más alejados de la provincia para rendir culto a los que consideran sus santos patronos y protectores: el Señor y la Virgen del Milagro. 
Fe, creencia, costumbre, tradición y tal vez inocencia, es la que lleva a la mayoría de los salteños a manifestar su religiosidad, no solo en septiembre y en la Catedral Basílica, sino cada día en sus pequeños poblados o ciudades y parroquias, donde el crucifijo sigue siendo una simbología fuerte y fundamental en su cosmovisión, entremezclándose con la pachamama y otras creencias paganas. Dichas influencias generan un mix que caracteriza a la sociedad norteña. 
Creencia religiosa, catolicismo, costumbre, tradición. No existen normas que puedan establecer fronteras reales en el sentir popular. Tras un año convulsionado, de cambios profundos y replanteos, Dios parece haber resucitado en septiembre en Salta. 
 

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