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Despedida a Jacobo Regen

Domingo, 13 de enero de 2019 00:50

El miércoles 9 de enero, a los 84 años. Falleció Jacobo Regen, uno de los poetas más notables de la poesía argentina.

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El miércoles 9 de enero, a los 84 años. Falleció Jacobo Regen, uno de los poetas más notables de la poesía argentina.

Quizás la mejor manera de despedir a un poeta sea recordando sus poemas. Decía Regen:

Serenamente digo: "Soy un ángel". / Y me debes creer./Ningún platillo sube,/o baja,/bajo mi peso./Incorpóreo, ligero,/desnudo/como la luz...".

Conocí a Jacobo Regen cuando era alumna de la carrera de Letras en la Universidad Nacional de Salta, en la década del 70, a través del profesor Carlos Rafael Giordano, quien había llegado desde Córdoba para hacerse cargo de Literatura Argentina y Corrientes Actuales de la Crítica, asignaturas que dictó hasta que debió exiliarse en Italia, donde dio clases en la Universidad de Calabria hasta su muerte, y por la poeta Sara San Martín de Dávalos, también profesora de la Facultad de Humanidades.

El amor, la soledad y sobre todo la certeza de una nada constitutiva que intentan cubrir los gestos simbólicos del devenir de la existencia, irremediablemente incompleta, son las preocupaciones que dice el poeta. A ese lugar, a ese hueco de ser, retornaremos. Esta certeza, imposible de decirse, provoca la angustia. Desde ese lugar y hacia ese lugar umbroso se encaminan los poemas de Jacobo Regen. Su vida fue una ofrenda a la literatura. Rodeada por las circunstancias que son el tiempo, el espacio, la historia, los objetos y los nombres, la angustia intenta modularse en forma de poemas.

¿Qué otro sentimiento más acorde con los versos de este poeta, que el sentimiento de la angustia?

Y sin embargo, toda/ mi trayectoria es una sombra,/mi corazón es una sombra/una moneda oscura/destruida por el tiempo,/sin tiempo y sin memoria.

Perteneciente a la llamada generación del 60, a la que se dio en calificar como la generación de "los agonistas", surgida luego de la gozosa mostración de la tierra y su gente de Juan Carlos Dávalos, y del Grupo "La Carpa" (generación del 40), que articula lo regional con lo continental, lo social, antropológico y mítico a través de una mirada comprometida y universal (Raúl Galán, Manuel J. Castilla, Raúl Aráoz Anzoátegui, Julio Ardiles Gray, María Adela Agudo, Sara San Martín, José Fernández Molina y otros), la escritura de Regen continúa el impulso innovador de los poetas del 40, para mostrar una actitud indagadora de la condición humana.

En las voces de los integrantes de la generación del 60 podemos leer, a través de una mirada poética propiciada por el existencialismo, la literatura de posguerra, las ideas emancipadoras, aquello que señalara Adorno: lo íntimo de la poesía la torna profundamente social, pues expresa a un sujeto colectivo a través del decir individual. El sinsentido de la existencia, la soledad, el vacío, constituyen una poética de la angustia. El dolor por el paso del tiempo y la mortalidad, otorga a estos escritores un notable tono elegíaco, que entronca con las voces reverenciadas de Miguel Hernández, García Lorca, Vallejo, Rilke...

La crítica y estudiosa Alicia Chibán, señaló que en los textos de Jacobo Regen puede advertirse lo elegíaco como negación y como conjuro de la muerte. La elegía clásica, la elegía medieval y renacentista, a la manera de Jorge Manrique, con su tono apelativo y doliente, consciente de los efectos devastadores del tiempo, se configura en motivo de varios poemas de Regen: "Elegía (a la madre), "Elegía a José Nieto Palacios", "A Baica Dávalos" y "Pequeña elegía" (a Walter Adet).

En "Pequeña elegía", la voz poética dialoga con el otro, el poeta y amigo Walter Adet y dice:

La muerte no ha pasado por aquí. Su vendaval oscuro/se apacigua/y reposan tus ojos/ de par en par abiertos a la luz.

Podemos pensar que Jacobo Regen no vivió la poesía, sino que la poesía lo vivió a él, parafraseando a Borges. Vivió en la poesía y por la poesía. Entonces eligió el difícil camino del ascetismo material, intelectual y artístico. Se alejó a componer su existencia al modo de un poema despojado, una existencia alejada del mundo, luminosa y sombría, como dice en "Soy un ángel". Sus poemas tan intensos caben en el espacio del instante, en el palpitar de un momento, en el arcano que es cada vida humana. La palabra no basta, o basta en la medida justa y exacta de su constitución de ausencia. Por eso Jacobo es poeta, no narrador ni ensayista. Captar el instante fue su tarea y por sobre todo buscar la manera de engarzar "eso" en el lenguaje, en "su" lenguaje, cada vez más sutil, más despojado y más escueto. Ganar la brevedad para afirmar la brevedad de la vida, en una condensación expresiva que lo lleva a componer poemas intensamente sobrios, sin adornos, bellos en su retórica desnuda, en su contundente lirismo.

Decir sin ropajes y sin auxilios, decir solamente, quizás con la secreta esperanza de encontrar una palabra, un verso que aprese algo de lo innombrable, el camino anhelado por Mallarmé y los cabalistas judíos, la letra perfecta, la letra absoluta, la que cubre la nada o al ser, el velo final, la letra (o la cifra) como en Borges, la "perfecta forma que supo Dios desde el principio".

En las ondas del lenguaje hablan los poetas, conversan, escuchando el texto universal:

Ahora, Walter, amanece.

Nunca pasó la muerte por aquí.

Y desde esta ribera, desde nuestro corazón, podemos aventurar poéticamente:

Ahora, Jacobo, amanece.

Nunca pasó la muerte por aquí.

 

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