El debate presidencial dejó la impresión de un examen mecánico y con respuestas automatizadas.

Aunque la disputa es un acontecimiento tenso para los candidatos -sumado esto a la regla inflexible del tiempo para responder- la del domingo pasado entraña una cuestión más de fondo que responde, quizás, a la complejidad de un electorado inasible y no tan fácil de conquistar. Por otra parte, los políticos estarían cometiendo el error de empaquetar el discurso y de repetirlo con el afán de posicionarlo y vendérselo a un electorado que, en realidad, no está dispuesto a comprar lo mismo que la militancia.

¿La falla está en las propuestas y en la falta de liderazgo? ¿Fueron discursos artificialmente acomodados a los datos que miden la demanda popular? ¿El voto argentino es volátil? ¿O será que no estuvo entre los candidatos el estadista capaz de hacernos soñar una Argentina para los próximos 20 años?

El famoso historiador Yuval Harari asegura en uno de sus best sellers que las estructuras sociales y políticas adquieren una nueva forma de conocimiento basado en el procesamiento de datos, ya que éstos otorgan una confiabilidad superior al entendimiento cognitivo. Pero también advierte el riesgo de creer tanto en algo hasta convertirlo en una religión. Así, el "dataísmo" revela que el universo consiste en flujos de datos y que el valor de cualquier fenómeno está determinado por su contribución al procesamiento de datos.

Por su parte, Byung-Chul Han, filósofo surcoreano experto en estudios culturales, señala que cuando hay demasiados datos, la teoría sobra y que un saber puramente movido por datos, vacía de sentido la lengua y se pierde la narración, que es el nexo y el lazo social. Y afirma sin rodeos que si todo se colma con datos, "los sucesos de la vida no tienen ni comienzo ni fin. Todo transcurre de manera idiota. Por eso todo es igual".

Podemos pensar que corremos el riesgo de que los seres humanos se comporten como humanoides, que pierdan la voluntad de decidir y respondan mecánicamente al bombardeo de las propagandas. Pero, aún así, hay razones para pensar que el Big Data no tiene, en materia de elecciones, la última palabra.

Es cierto que hay una compulsión al consumo, al hiperindividualismo, y siempre estará el riesgo humano de pasar "de la estupidez a la locura", como afirmara Umberto Eco. Pero el cerebro de los votantes es una usina mucho más compleja y bastante menos permeable de lo que se estima; y el marketing político no será suficiente para ningún candidato mientras crean que el cerebro del votante funciona de la misma manera para elegir un gobierno, que para tomar unas vacaciones.

Se equivocan los candidatos que creen que con el Big Data es suficiente para definir el contenido de sus discursos. Que la tecnología permita acceder a una cantidad de hábitos, gustos, preferencias o tipo de consumo de los habitantes, unificarlos, clasificarlos y ordenarlos por categorías; aún así se está muy lejos de captar el complejo sistema de relaciones internas que se ponen en juego al momento de elegir.

Para la tribuna

Digo esto porque en el debate se plantearon temas profundos y estructurales como salud, educación, empleo, sistema previsional y pobreza, y las respuestas terminaron en alegatos emocionales y sin contenido.

Si a las preguntas por los temas más graves y delicados de una nación los candidatos responden para la tribuna o con chicanas al adversario, entonces estamos ante una crisis de liderazgos y ante una pobreza argumental que agrava y suma otro problema a los tantos que venimos arrastrando desde hace décadas.

La decadencia del sistema político produce todo tipo de precariedades; en este caso las de los argumentos y de los liderazgos.

Cuando los partidos políticos eran lugares de referencia y pertenencia ciudadana, también funcionaban las escuelas de formación cívica y política. Con el tiempo y por diversas razones esos espacios se fueron perdiendo y actualmente ningún partido goza de aquella buena salud: la de las sedes partidarias a puertas abiertas, organizadas para las reuniones, para la difusión de actividades, para brindar información, pensar y redactar políticas públicas, para hacer propaganda y divulgar sus ideas.

Hoy la militancia es una selfie con los candidatos y las marchas organizadas de acuerdo a las reglas del marketing político. Es también el campo de batalla de la militancia virtual, la militancia de los ataques feroces de los atrincherados en las redes sociales, junto a tantos otros anónimos que opinan sin rostro, con nombres falsos o con máscaras.

Lo que vimos en el debate presidencial: cada candidato le habla a su propio interlocutor, al que cree que debe dirigirse para conservar sus votos. Pero no saben bien cómo hacer para ampliar ese discurso apegado al libreto y sin sorpresas para conquistar nuevos votantes, aquellos que no responden al discurso empaquetado. La campaña electoral no se juega únicamente en las calles o en los medios de comunicación, sino en el cerebro humano, que es la clave y el centro de la toma de decisiones de un individuo. La mente es el lugar donde el ciudadano almacena no solo la propaganda política, los comerciales y los debates de los candidatos; la mente es un extenso territorio en el que anidan los recuerdos, las emociones más remotas, las experiencias vitales, las personas más significativas, las pérdidas reparables y las irreparables, los ídolos, los villanos, los escritores, maestros y próceres, sabores y aromas, imágenes y sensaciones, éxitos y fracasos, aprendizajes y deudas, conciencia del bien y del mal, certezas y temores, complejos y destrezas, talentos y miserias. Ese extenso territorio, el de la mente, a nadie más le pertenece que al ciudadano, y allí es donde los políticos debieran entrar con mucho cuidado, como verdaderos estadistas, como lo hacen los grandes demócratas, cuidando el contenido, el tono y el lenguaje. Sin someter a los ciudadanos al espectáculo de la crispación y del agravio, sin pretender agradar para después someter.

Lo que se espera

Hoy continúa el debate y las mentes de millones de argentinos escucharán, analizarán, procesarán e interpretarán a los candidatos y sus discursos. Los candidatos a la Presidencia de la Nación tienen el deber de explicar minuciosamente de qué modo están planteadas a futuro las soluciones a los problemas que nos aquejan a los argentinos. Y para eso es necesario desmontar el show del neopatriotismo, centrar los problemas en la retórica por encima de la imagen, olvidar las frases cortas para las redes sociales, el lenguaje gestual para la militancia y colocarse en la pista de la competencia intelectual, del debate de ideas y de propuestas capaces de engrandecer a esta Nación y colocar a la     Argentina entre los primeros países del mundo. Ese es el único desafío que nos espera de ahora en adelante.

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