Guillermo Saccomanno: "La literatura es experimento, es realidad, pero también la enfrenta"

Marina Cavalletti

“La literatura es experimento, y este libro es un experimento con las vertientes del realismo: la crónica, lo confesional, el diario. Es un catálogo de miserias humanas” dice el escritor y guionista de historieta argentino Guillermo Saccomanno, en diálogo con El Tribuno. Se refiere al libro que acaba de editar, “El sufrimiento de los seres comunes”, un compendio de 23 cuentos, algunos brevísimos, que transitan los diversos y profundos paisajes de la oscuridad: Hombres y mujeres que esperan, padecientes, solitarios, huérfanos. “Los cuentos intentan hacer un paneo social, pero no porque me haya propuesto una pretensión sociológica. Tomé conciencia de lo oscuro del libro recién una vez que lo vi corporizado”, dice.
De esta obra, el lector no saldrá inmune, tal vez porque a autor le gusta incomodar. Y lo consigue.
 

El tópico del dolor en las personas comunes ¿apareció previamente a los cuentos, o los textos nacieron y se agruparon luego? 
“El sufrimiento de los seres comunes” era un título que iba a tener una novela, una de las tantas novelas fracasadas que uno empieza. Llega hasta la página 300 se da cuenta de que no va para acá ni para allá y decide tirar ese material. Yo creo que uno escribe por el gusto de escribir, por la escritura, que en un momento se convierte en un vicio. “La literatura es un vicio absurdo”, como decía (Cesare) Pavese. Tenía ese título y me pareció de pronto que servía para englobar todos estos cuentos que había escrito, al margen de esa novela. En el último cuento, está citada la novela que yo iba a escribir, donde me interesaba hurgar en los templos evangélicos que han proliferado últimamente por ejemplo en Villa Gesell, aún más que en el conurbano y en capital, esa proliferación de todas las sectas alternativas me llama poderosamente la atención. Son alternativas a la iglesia católica, que también es otra secta. 
 

En uno de los cuentos un personaje con una enfermedad crónica juzga a otro con una discapacidad...
Es el prejuicio, la sospecha. En esta sociedad está instalada la sospecha, el otro como sospecha. Aparece en el primer cuento y después se replica de otra manera. Acá lo que se cortó es la conexión y la proximidad con el otro. Los tipos del restaurante que esquivan mirar a la piba con leucemia, el tipo con cáncer que esquiva a la renga. Eso tiene que ver con cómo nos conectamos entre nosotros, cómo dentro de la sociedad capitalista el individualismo ha llegado al punto de la negación y el bloqueo de la percepción del otro. La negación de la diferencia. El otro es otro y yo no puedo entender y asumir esa diferencia. 
 

También se aborda el tema del aborto, que actualmente divide a la  sociedad. En este sentido, ¿creés que la literatura puede modificar ciertas ideas? 
Yo soy partidario del aborto. No creo que la literatura pueda cambiar al mundo, pero creo que puede hacer foco en determinadas situaciones. Creo que la literatura es también placer, evasión, distracción y es parte de la realidad cotidiana, pero también es enfrentarla. Todo texto te deja algo que ilumina un costado de la realidad en el que, tal vez, no habías reparado. Entonces eso te modifica o cambia de tu postura. Por eso digo que la literatura debe incomodar. A mí la literatura que me interesa es la que me hace replantearme quién soy en este mundo, qué hago acá. Yo no pedí venir. Entonces qué hago acá, qué hago con lo que me pasó, qué hacés vos con lo que te pasó, cómo te instalás en el mundo. Esa es la pregunta clave de la literatura: cómo haces para ser y para estar en el mundo. No es lo mismo ser y estar. 
 

¿Y cuáles son los autores que te incomodan? 
Yo nací me crié y me formé en un lugar donde había una gran biblioteca. Mi viejo intentaba ser escritor. Lo fue, pero antes de publicar algún libro, fue militante gremial, muy perseguido. Él cobraba el sueldo y venía con una pila de libros. La biblioteca crecía y crecía, yo tenía acceso irrestricto a todo. No tenía prohibido ningún libro, en todo caso mi viejo podía pegarme vueltas de Timón y decir “vamos para acá o para allá”. Creo que cuando descubrí, a los 14 años, a (Roberto) Arlt y a (Fiódor) Dostoievski, en simultáneo, la literatura rusa, ahí me pasó algo, me cambió la manera de percibir la realidad. 
 

¿Tenés una “metodología” al momento de escribir?
Creo en el oficio de sentarse todas las mañanas y escribir todos los días. No sé si lo logro, por lo menos lo intento. Soy de levantarme muy temprano, alrededor de las 5 de la mañana, y aprovechar las primeras horas del día, las de mayor lucidez. Las horas de la mañana son las más ricas, las más fértiles, en donde tenés una mayor claridad. No confío ya en ese genio juvenil de la noche, del escritor maldito, de las sustancias. Sí creo que tenés que andar todo el día con una libretita o papel y lápiz, porque nunca sabés cuando encontrás una imagen que te dispara una idea. 
 

¿Revisás tus textos con otras personas?
Claro, tengo algunas amistades literarias, mi pareja es escritora. Estoy con Fernanda García Lao hace seis años. Esa, al igual que mi relación con Juan Forn, son relaciones enriquecedoras. Así fue mi vínculo con Dal Masetto en su momento, y durante mucho tiempo con Belgrano Rawson. Tener un amigo escritor que te lee y te hace marcas no es tener un editor, es tener un guardaespaldas. Porque una vez que entregaste el texto y salió, no hay retorno. Por otro lado tengo, una extraordinaria editora en Planeta, Paula Pérez Alonso, que también es escritora. Por lo tanto, puede comprender y podemos discutir en términos de paridad. Es decir, es importante ponerte en el lugar del otro, hacerle al otro pensar cómo piensa él y no cómo pensás vos.

Escribiste libros con tu pareja ¿cómo fue el proceso de crear en dupla? 
Fue de lo más apasionante. Escribimos dos libros y la hemos pasado muy bien. Es un diálogo de dos voces, que parecen distintas, pero son complementarias. Me encantan estos dos libros que hicimos, tienen algo lúdico.
 

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