Yo no soy economista, pero...

Una Economía para cada necesidad. La frase, "yo no soy economista, pero...", hace referencia a que los argentinos creemos tener las respuestas a los problemas sin resolver de nuestra economía, problemas que vienen de larguísimas décadas, pese a que se han ensayado numerosas propuestas para intentar corregir las graves distorsiones económicas, la principal de las cuales, es evidentemente, la inflación.

Claramente, no es común oír decir "yo no soy piloto de avión, pero...", lo cual podría deberse a que la teoría del vuelo de los aviones (y las aves) no parece ser tan intuitivamente evidente como creen que es la Economía quienes "no son economistas, pero..." y tal vez esta -la menor intuitividad- sea la razón de la prudencia respecto a los aviones. Sin embargo, también podría deberse a que, en la inmensa mayoría de los casos, los pilotos despegan y aterrizan sin problemas, siendo los accidentes la excepción y no la regla, lo que hace del transporte aéreo el más seguro y el que ocasiona menos accidentes y muertes. En cambio, al menos en la Argentina, los economistas son, con mucho, más falibles que los meteorólogos, a la vez que -peor aún- no sólo no suelen acertar en sus pronósticos sino que, puestos a Ministros de Economía, con muy pocas excepciones no han encontrado, desde la aparición de la inflación en la Argentina en la década de los cuarenta del siglo XX, la solución a este grave problema.

Un problema, muchas teorías

La inflación es un problema que ha estado presente en muchas economías y ha generado gravísimas consecuencias negativas especialmente en la Alemania posterior a la finalización de la Gran Guerra, o Primera Guerra Mundial, lo mismo que en otras economías europeas más o menos en la misma época. Sin embargo, donde caló hondo fue en América Latina durante gran parte del siglo XX y particularmente en la Argentina, país que, excepto por breves períodos, la ha padecido en forma ininterrumpida, con picos hiperinflacionarios en 1975, 1989 y 1990. En las inflaciones de Alemania y otros países mediterráneos de Europa en la primera mitad del siglo XX, las subas de precios, (que también mostraron ribetes hiperinflacionarios), se atribuyeron a la necesidad de los gobiernos de pagar sus deudas mediante la amplia expansión de la cantidad de dinero ante la imposibilidad de hacerlo de manera genuina vía impuestos, y la solución, consiguientemente, se encontró en el freno completo de dicha expansión monetaria.

En cambio, en los países latinoamericanos, la "receta monetarista" (interrumpir bruscamente la cantidad de dinero) no dio los mismos resultados, lo que desacreditó a la escuela que la patrocina, y en su lugar florecieron explicaciones alternativas: inflación estructural, especulativa, de costos, distributiva y otras que, puestas en práctica, tampoco proporcionaron resultados satisfactorios, especialmente en la Argentina donde la inflación no se da por enterada de los esfuerzos de todo tipo que se han hecho (cuando se hicieron, claro está) por reducirla a niveles razonables, esto es, no más de un cinco por ciento "anual" (sí, "anual", porque la Argentina padece una inflación de un 5%, pero "mensual").

Las leyes de la Economía

Pese al generoso muestrario de opiniones y teorías sobre la inflación y otros problemas que enfrentan las economías, la idea de que "hay una Economía para cada necesidad", como los planes para la compra de electrodomésticos o automóviles, no resiste ningún análisis serio. La Economía es una ciencia, y como tal, se aplica a cualquier país. El hecho de que todos tengamos nuestra propia interpretación sobre las soluciones a los problemas que enfrentan las economías no es consecuencia de que se carezca de explicaciones científicas sino de que quienes deben dar las respuestas correctas no las conocen o no las quieren aplicar, y se buscan entonces otras, o directamente se ignoran los problemas. En efecto, de un lado, el populismo, que es el creador de las distorsiones económicas en la Argentina, carece de una explicación del problema de la inflación, la que tampoco le preocupa demasiado, excepto ante situaciones extremas creadas por el propio populismo, en cuyo caso propone soluciones por lo general dictatoriales y de escaso o nulo efecto debido a las inconsistencias que contiene. Tal el caso de los controles de precios, la "lucha contra el agio y la especulación" y otros similares. Por su parte, "el bando opuesto", o sea, la ortodoxia económica defensora de las explicaciones monetaristas, se aferra a su enfoque que no ha dado nunca resultados satisfactorios en la Argentina, pero en cambio ha generado siempre contracción de la economía, despidos y otros problemas.

¿Hubo estabilidad en la Argentina?

Una pregunta que los argentinos deberíamos formularnos es: "cuándo no hubo inflación en la Argentina?". Yendo a la historia más reciente, entre 1991 y 2001 la Argentina disfrutó de una estabilidad de precios comparable con la de los países desarrollados. La pregunta siguiente entonces, es: ¿qué medidas se tomaron para conseguir este buen resultado? Para muchos, la estabilidad se consiguió con la Convertibilidad y la relación: "un peso igual a un dólar" y, apoyados en esta idea, numerosos economistas de hoy proponen "la dolarización completa de la economía porque, obviamente, no puede haber inflación en dólares".

Lamentablemente, no por cuestiones de orgullo nacional sino de hechos concretos, la dolarización no resuelve el problema, como pudo observarse poco antes de la Convertibilidad cuando el dólar estaba “planchado” y no obstante la inflación no se daba por enterada, con lo que, ante la estabilidad del tipo de cambio, se generaba efectivamente “inflación en dólares”. Por otra parte, claramente los precios aumentan porque alguien los modifica al alza, y a ese alguien no le preocupa demasiado en qué moneda se expresan y sí, en cambio, si puede o no continuar elevándolos, ¿verdad?

Precios estables

En realidad, la razón por la que los precios permanecieron estables durante la Convertibilidad fue que simplemente “no podían aumentar”, y no podían hacerlo porque si los empresarios subían sus precios, los argentinos comprábamos ¡productos extranjeros! Por cierto, no se trataba de una conjura contra los empresarios ni falta de patriotismo, sino del simple hecho de que, junto con “el uno a uno”, se había abierto la economía y se habían removido las prohibiciones a la importación. 
 En conclusión, bienvenida la batalla contra el déficit fiscal que libra el gobierno nacional, porque no se trata de que el estado gaste más de los impuestos que cobra siendo que además “cobra mucho” a través de una carga fiscal agobiante.
Sin embargo, no hay ninguna razón por la cual los empresarios, especialmente los industriales, “tengan coronita” y disfruten del poder monopólico de cobrar todo lo más posible por sus productos, “ayudados” por el estado que aumenta sus tarifas y no puede controlar el precio del dólar.
 Es hora entonces de darle racionalidad a la Economía, con empresarios competitivos y responsables, lo mismo que el propio estado. La alternativa, ya la sabemos los argentinos: es “volver a las andadas”, esto es, al populismo y a “ver películas que ya conocemos”, que además, no nos gustaron.
 

¿Qué te pareció esta noticia?

Últimas Noticias

Últimas Noticias de opiniones

Sección Editorial

Comentá esta noticia

Importante ahora

cargando...