“A lo largo de estos 20 años se han sucedido instancias de invisibilización y de menosprecio”

Constanza Ceruti fue codirectora de la expedición que terminó en el hallazgo de los Niños del Lullaillaco en la cima de un volcán en marzo de 1999. Dos décadas después, hizo un balance de lo que ocurrió desde entonces.
Ceruti, reconocida como la primera mujer en la arqueología de alta montaña, es además docente, investigadora del Conicet y directora del Instituto de Investigaciones de Alta Montaña de la Universidad Católica de Salta. Ha publicado numerosos libros sobre su especialidad, entre los que se destacan “Embajadores del pasado” y “Montañas místicas”. 
La especialista organizó un simposio en la Universidad Católica para recordar cómo fueron los cinco años posteriores al descubrimiento, etapa en que los cuerpos permanecieron en esa institución y les realizaron los primeros estudios. Luego de esta actividad, respondió a El Tribuno sobre el momento del hallazgo y el impacto posterior.

¿Cuál es su balance a 20 años del hallazgo de los Niños del Llullaillaco?

El descubrimiento y puesta a resguardo de las momias y ofrendas del volcán Llullaillaco, que realizamos junto con el doctor Johan Reinhard en marzo de 1999, ha engrandecido significativamente el patrimonio cultural de Argentina y de toda la humanidad, además de contribuir al fortalecimiento de la identidad andina y al posicionamiento de Salta, en lo que respecta al turismo. El descubrimiento de las momias del Llulaillaco ha sido considerado entre los máximos aportes científicos de fines del siglo XX. La expedición a la cima del volcán constituyó la investigación científica a mayor altura jamás realizada en la historia de la arqueología, por lo que Reinhard y yo ostentamos, involuntariamente, un récord mundial Guinness, como profesionales de la antropología que dirigimos la tarea y trabajamos allí.
Desafortunadamente, no se puede soslayar que en estos 20 años se han sucedido instancias de invisibilización y menosprecio a mis contribuciones como mujer científica que contrastan a nivel local con las numerosas distinciones recibidas a nivel nacional e internacional.

¿Cómo puede describir sus sensaciones del momento en que descubrieron a los tres niños ?

Frente al descubrimiento de las momias en la cima del Llullaillaco, experimenté un amplio abanico de sensaciones, que tenían como común denominador la preocupación por realizar la tarea profesional de la mejor manera posible, pese a encontrarnos en circunstancias tan adversas. A veces he comparado la vivencia de la excavación con la de un parto, que resultó un poco más sencillo en el caso del niño. También he comentado cuán especial fue para mí poder ver el rostro de la niña del rayo en plena cima. 
Con la Doncella no pude evitar identificarme, por encontrarme frente a otra mujer joven que había consagrado su vida a las montañas de una forma muy radical. En aquel entonces yo también era joven (apenas diez años mayor que la doncella Inca) y mi vida como montañista también dependía del favor de los Apus. Pero las emociones son muy particulares cuando uno está a casi siete mil metros sobre el nivel del mar...

¿El equipo estaba preparado para las condiciones extremas de la altura?

En el Llullaillaco enfrentamos temperaturas bajísimas, tormentas de nieve, tormentas eléctricas y vientos huracanados. El oxígeno era escaso y la presión atmosférica, inusualmente baja. La hipoxia y la hipobaria afectan negativamente la concentración y el rendimiento del cerebro, siendo que gran parte de mi trabajo como arqueóloga profesional se basa en la documentación de datos. 
El impacto es mucho más notorio cuando se ingresa a la llamada “zona de la muerte”, en la que el cuerpo empieza a deteriorarse porque no se asimila la comida; aspecto que se acentúa durante permanencias prolongadas como la que tuvimos nosotros. Agreguemos además el haber tenido que escalar el altísimo volcán (de 6.739 metros), varias veces y porteando cargas.
Antes de ir al Llullaillaco planeamos una etapa inicial de trabajo arqueológico en el nevado de Quehuar, a fin de poder aclimatarnos a la altura extrema mientras efectuábamos una tarea de rescate. En el caso del Quehuar, sí sabíamos con qué nos íbamos a encontrar, puesto que se trataba de una montaña que había sido profanada por buscadores de tesoros en la década del setenta: el sitio debajo de la cima había sido dinamitado por huaqueros y de un cuerpo allí enterrado, había quedado solo la cavidad pélvica -y muy pocas ofrendas asociadas-. Más allá de que hubiese existido una destrucción terrible del patrimonio material décadas atrás, nuestra intervención científica permitió rescatar lo que quedaba y reconstruir aspectos importantes de las ceremonias incas de capacocha.

¿Puede describir cuál fue el papel de National Geographic en la expedición y el hallazgo ?

Johan Reinhard era en aquellos tiempos explorador residente de la National Geographic Society y la institución le aportó una beca con la que se solventaron gastos del proyecto. La National Geographic Society envió también a un fotógrafo para retratar la expedición al Llullaillaco; pero no logró aclimatarse a la altura y tuvo que ser evacuado del campamento intermedio, instancia en la que casi todos los participantes salteños decidieron regresar a la ciudad, aprovechando la logística dispuesta por Reinhard para el traslado de su compatriota enfermo. Por esa razón, no llegaron a formar parte de los históricos descubrimientos que nosotros realizamos en la cima, algunos días después.

¿Cómo resolvieron qué hacer cuando encontraron a los niños?

No podíamos dejar las momias en la montaña por los nocivos efectos del cambio climático y por temor a que tuvieran un destino semejante al de la momia del Quehuar, u otras momias de altura, que terminaron destruidas por buscadores de tesoros. En el descenso contamos con la invalorable asistencia de Arcadio e Ignacio Mamani, los colaboradores más cercanos durante todo el trabajo en la cumbre, que hablan el quechua y son miembros de comunidades originarias andinas. Gracias a las autoridades de Patrimonio Cultural de Salta, que escucharon nuestro pedido y trajeron hielo seco a la base del Llullaillaco, las momias pudieron ser puestas a resguardo manteniendo su estado de congelamiento. Este descubrimiento es uno de los más importantes en la historia de la arqueología mundial, por tratarse de las momias del hielo mejor preservadas. 

¿Puede hacer una valoración sobre cómo se ha preservado a los niños desde entonces y el trabajo para difundir al mundo este hallazgo científico?

Durante los cinco años en que las momias estuvieron en custodia temporaria en la Universidad Católica de Salta, tuvimos oportunidad de coordinar distintos estudios, en colaboración con expertos locales y colegas de otras partes del mundo. Realizamos tomografías computadas, radiografías, estudios odontológicos, controles microbiológicos, entre otros exámenes con especial atención a la conservación de los cuerpos y su estado de congelamiento. Los estudios se realizaron con esfuerzo personal de los propios investigadores, al no contarse con subsidios específicos que facilitaran la labor. Las momias del Llullaillaco se encuentran desde hace varios años en el Museo de Arqueología de Alta Montaña, adonde los visitantes pueden conocerlas y apreciar las ofrendas que los acompañaban. Acerca de las actuales condiciones de preservación, corresponde preguntar a las autoridades del museo. Es interesante mencionar que el MAAM es considerado el segundo museo más visitado de Argentina y el primero más visitado en Salta.
Mi libro “Embajadores del pasado” aborda a los niños del Llullaillaco en el contexto de otras momias del mundo, a las cuales he tenido oportunidad de conocer personalmente, como las momias Inuit de Qilakitsoq en Groenlandia, el “hombre del hielo del Tirol” o las momias de Guanajuato en México. En las páginas de esta obra se explica por qué las momias del Llullaillaco son consideradas por los expertos como las mejor conservadas de la historia. También soy autora del primer libro dedicado íntegramente al análisis etnohistórico y arqueológico del ceremonialismo incaico en alta montaña, el cual se ha convertido en obra de cabecera para estudiosos del mundo andino. Se titula “Llullaillaco: sacrificios y ofrendas en un santuario inca de alta montaña”. Las momias de estos niños nos han permitido asomarnos a distintos aspectos de la vida y la religión en época de los Incas, a través de la investigación interdisciplinaria. Los trabajos publicados en revistas científicas nacionales e internacionales, la docencia y la participación en congresos son otras de las vías para difundir este maravilloso descubrimiento a nivel del gran público y de la comunidad mundial de investigadores.

Una expedición marcada por el frío y la falta de oxígeno

Hubo distintas miradas sobre el hallazgo, en un simposio.

“El Niño” del Llullaillaco. Archivo

La escasez de oxígeno a más de 6.700 mil metros sobre el nivel del mar, el frío extremo y la responsabilidad de tener a cargo un descubrimiento histórico fueron algunos de los recuerdos de la expedición que terminó en el hallazgo de los Niños del Llullaillaco y que se compartieron durante un encuentro que se hizo en la Universidad Católica de Salta (Ucasal), 20 años después de aquel logro científico. 

Las miradas de distintos especialistas sobre el tema se expusieron en un simposio que se realizó en el aula magna de la casa de estudios el 25 de abril. 

La actividad se organizó para conmemorar el hallazgo de los tres niños con sus ajuares en el volcán de Llullaillaco y el inicio de los estudios sobre los cuerpos en abril de ese año en la Ucasal, donde permanecieron por más de cinco años mientras se construía el Museo de Arqueología de Alta Montaña.

“Cuando me preguntan qué sentíamos digo que lo principal era preocupación por hacer las cosas bien”, detalló Constanza Ceruti, la antropóloga que codirigió la expedición.

El hallazgo enfrentó al equipo a la necesidad de tomar decisiones sobre cómo garantizarían la preservación de los cuerpos, de más de 500 años, cuando los bajaran.

Los Niños del Llullaillaco fueron encontrados en la cima del volcán, donde los habían dejado a modo de ofrenda como parte de una ceremonia inca.

Josefina González Diez, odontóloga que participó de los primeros estudios que se hicieron en la Ucasal, recordó durante el simposio que los niños sufrían bruxismo severo. 

La profesional asoció este problema con un “estrés fuerte” que pueden haber sufrido en el viaje de un año, que realizaron junto a miembros de su comunidad, hasta llegar a la cima del Llullaillaco. También describió que, por el tipo de alimentación, no tenían caries y que encontraron restos de coca en sus dientes. 

La etnógrafa e investigadora de sociedades andinas Cristina Bianchetti afirmó: “Ha sido uno de los descubrimientos más importantes desde el punto de vista de los aportes al estudio del ser humano”.

La especialista abordó la relación de los pueblos andinos con los volcanes en la medicina tradicional. “Se decía que no había ofrendas en los Andes y Lllullaillalco vino a tirar eso por tierra”, agregó.

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