“El boxeo es un deporte hermoso, porque es una disciplina constante”

El piso de madera cruje por los saltos pequeños, cortitos, monótonos. La bolsa se queja con cada guante sonoro que le llega a su interior de arena. El espacio de entrenamiento es mínimo de unos 5 metros por 6. Allí despliega toda su vida Pedro el “Puertorriqueño” Zolorza. 

Al día de hoy, con 45 años, se dedica a entrenar a noveles boxeadores y a gente común que hace diversos tipos de entrenamientos en el Full Center Gym. Pero como se dice: no es tan importante el modelo sino el kilometraje. Y en eso Pedro tiene una historia que lo marca y lo califica como un chango que la peleó siempre a la vida.

Pedro nació y creció en un puesto que se llama Los Gansos, de finca San José, a unos 80 km de Apolinario Saravia, del extenso departamento Anta. Es un puesto que está perdido en el camino endemoniado del monte cerca de La Unión, en Rivadavia Banda Sur.

“Yo tuve de esas infancias perdidas en el monte, aislado del mundo, donde se hondeaba y se pescaba con una libertad total. Nosotros somos 8 hermanos y yo soy el cuarto, así que todo el día andábamos haciendo cosas típicas del campo”, dijo Pedro sentado en una sillita como las que ponen los segundos en el ring.

Su mamá se llama Asteria Romero y su papa es don Juanito. Ambos armaron una familia típica del modo de vida del pequeño campesinado criollo del Chaco salteño. Unos cuantos animales de ganado mayor sueltos por el monte, cabras y aves de corral. Sus padres aún viven en ese paraíso y aseguran que no saldrán nunca.

A la primaria la hizo en la escuelita rural de El Manantial, que es una típica plurigrado por la poca matrícula.

Como en esos tiempos no había secundario cerca, comenzó a trabajar desde los 12 años en una carpintería. También trabajó como curtidor, pero él solo recuerda la madera.

“Como tenía las manos pequeñas, pero firmes, comencé a trabajar con el torno. Hacía las patas de sillas, de mesas, respaldo de camas; todo torneado. Trabajaba el algarrobo. En esos tiempos llegaban al Correo de Saravia revistas y diarios. Mi papá compraba las de deportes y de boxeo. Yo ahí me comencé a dar cuenta que quería boxear y comencé a entrenar solo. Leía, escuchaba por radio las peleas y entrenaba como podía”, contó Pedro.

Leyó entonces los ardides de Nicolino Locche, escuchó las proezas de Julio César Chávez y de Roberto Durán. Ellos fueron sus entrenadores desde los 13 hasta los 17 años.

En el año 1994 realizaron una convocatoria que a Pedro le cambiaría toda la existencia.

En Saravia realizaron un encuentro boxístico para peleadores amateur y fueron algunos referentes del pugilato salteño para ver las promesas. Entre ellos estaba Manuel Medina, y como Pedro se leía todo del tema, ya sabía que era uno de los mejores entrenadores de pupilos y profesionales. Esta era, sin dudas, su oportunidad para demostrar qué tan bueno era como boxeador. Además era bueno para medirse dónde estaba parado y si su entrenamiento en el monte había servido para algo. Hasta ahora no había tenido siquiera una pelea callejera, ni siquiera en su escuelita rural. Pedro es una de las personas más buenas que se puedan encontrar.

“Al entrar en el ring yo me sentía muy seguro, ganador y además tenía el talento necesario para eso. Era mi momento, así que entré con todo”, dijo Pedro sin el casete típico de los boxeadores. El oponente cayó fulminado en el segundo round y ese triunfo por nocaut provocó el acercamiento de Medina.

“Me dijo que cuando vaya para Salta que lo busque en el Full Center. Yo no tenía idea de lo que decía. Le dije que sí y lo saludé muy respetuosamente”, recordó.

Cuando tenía 21 años, sus mamá Asteria enfermó y comenzó un tratamiento que debía realizarlo en Salta. Así fue que el acompañante designado fue Pedro. Cuando llegaron a Salta, ni bien pudo buscó el gimnasio donde trabajaba Medina.

Su mamá finalmente se curó y Pedro se quedó en Salta. Don Manuel le enseñó todo lo que hoy sabe del boxeo y de la vida.

“El boxeo es un deporte hermoso porque es una disciplina, es una actitud constante. Yo fui categoría walter y no debía pesar más de 66,678 kilos, o 147 libras, con mi altura de 1,73 metros. Entonces todo es entrenamiento en serio y un estudio total del cuerpo. Don Manuel me corrigió la postura, el manejo de las piernas, cómo saltar, desplazarme, me modificó el uso de los pies, me mató a trabajar con la cintura. Todas eran cuestiones que jamás las habría visto en mi entrenamiento en casa. Allí entonces comencé a dominar mi cuerpo”, dijo.

“Pedro tuvo más de 80 peleas amateur y algunas muy recordadas en el Boxeo de los Barrios. Era muy duro y tenía mano por demás pesada”, dijo el periodista Moisés Torfe, quien por esos tiempos cubría el deportivo en El Tribuno. El 80 por ciento de las peleas que ganó fueron por nocaut. Tuvo combates en Catamarca, Tucumán y en la Federación Argentina de Boxeo. También estuvo becado en el Cenard (Centro de Entrenamiento de Alto Rendimiento) en los años 1997 y 1998.

Luego tuvo 9 peleas profesionales, en las cuales perdió una, empató 2 y ganó 6.

Entrenar para vivir

“Luego tuve que laburar. Tuve dos hijos y está todo bien con el deporte, pero tenía que criarlos”, dijo Pedro. Hoy Micaela tiene 22 años y Gonzalo 20. Ellos de algún modo le dieron otra forma de ver la vida. La familia Salomón primero lo hizo trabajar en el gimnasio, en mantenimiento. Con un sueldo podía entrenar y ganar dinero en el mismo lugar. “En el 2006 colgué los guantes y comencé a entrenar a otras personas. Roberto Salomón y su esposa Belinda me dieron el visto bueno y me dieron las chances de trabajar como un entrenador”, dijo.

Jonás llegó hace un más de un año y revolucionó nuevamente su tranquilidad. 

Hoy utiliza entrenamiento del boxeo para competición, para amateur, para bajar peso y además para los amigos. Se lo encuentra en Entre Ríos 865, de lunes a viernes, de 11 a 23.

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