La danza de los vicepresidentes

Alguna vez el primer vicepresidente de los Estados Unidos, John Adams, dijo sobre su cargo: "Mi país en su sabiduría ha ideado para mí el cargo más insignificante que la invención del hombre o su imaginación nunca concibieron", aunque en otra ocasión reconoció que "no soy nada, pero puedo llegar a ser todo". Fue profético, porque aunque no se vio obligado a reemplazar a Washington en el cargo, sí lo sucedió al ser elegido presidente tras los dos períodos en que aquel ocupó el cargo.

En Argentina, la Constitución le atribuye dos funciones al vicepresidente: la más importante sin duda es ser el reemplazante natural del presidente en caso de muerte o imposibilidad de gobernar y la segunda la de ser presidente del Senado poseyendo por lo tanto el voto decisivo en caso de empate en las votaciones.

Es novedoso que en la próxima contienda electoral los candidatos a la vicepresidencia de los dos partidos mejor posicionados en las encuestas tengan una importancia tan grande cuando, en general, fue un cargo poco relevante que solo cobraba importancia en los casos de acefalía. Pero no podemos dejar de lado que llegan a su cargo por el voto popular, integrando una fórmula junto al candidato a presidente, y son seleccionados como parte de algún tipo de acuerdo para obtener más apoyos electorales.

Por eso fue habitual que las fórmulas presidenciales llevaran candidatos de distintos orígenes y de diferentes fracciones o de partidos aliados.

Después de 1853

Mitre, porteño, llevó como compañero de fórmula al tucumano Marcos Paz, quien lo suplantó durante mucho tiempo dado que aquel desempeñaba el mando de los ejércitos aliados que peleaban en la Guerra del Paraguay.

La presidencia de Sarmiento surgió de una alianza entre los partidarios del sanjuanino y el jefe del autonomismo porteño, Adolfo Alsina. No tenían una buena relación pero Sarmiento, con su habitual altivez, restó importancia al hecho: "Total -dijo-, para tocar la campanilla del Senado cualquiera me da lo mismo".

Los vicepresidentes de Avellaneda y Roca fueron poco trascendentes, al punto que para la mayoría de los argentinos, poco dicen los nombres de Mariano Acosta y Eduardo Madero. En cambio, Carlos Pellegrini, vice de Juárez Celman, debió acceder a la primera magistratura ante la renuncia del "burrito cordobés" y supo destacarse como un hábil piloto de tormentas al enfrentarse a la feroz crisis económica que le dejó su antecesor.

Su sucesor, Luis Sáenz Peña, renunció en 1895 y nuevamente el vice, en este caso el salteño José Evaristo Uriburu, completó su mandato siendo sucedido por Roca, cuyo vicepresidente, Norberto Quirno, no pasó de ser un perfecto desconocido.

Los vices de Yrigoyen

Los dos presidentes siguientes murieron en ejercicio del poder: Manuel Quintana, sucedido por el cordobés José Figueroa Alcorta y Roque Sáenz Peña, cuyo período constitucional fue completado por el salteño Victorino de la Plaza. En cambio, el vicepresidente de Yrigoyen, el riojano Pelagio Luna, murió apenas asumido el cargo y nadie se preocupó por reemplazarlo. En cambio, para su segunda presidencia, llevó como compañero al Dr. Francisco Beiró, quien murió antes de asumir el cargo y el colegio electoral se volvió a reunir para designar al médico cordobés Enrique Martínez. Cuando Yrigoyen fue derrocado por el golpe encabezado por el general Uriburu, lejos de salir a defenderlo, intentó acomodarse reclamando para sí la presidencia por la incapacidad para gobernar de su titular. Nadie le prestó mayor atención.

Julito Roca

Julio Argentino Pascual Roca (h) fue el vicepresidente del entrerriano Agustín P. Justo y pasó a la historia por dos hechos que para nada lo honran: por un lado la firma del tratado comercial con Inglaterra que lleva su nombre y que otorgaba desproporcionados privilegios para los ingleses, y en segundo lugar por ser quien presidía la sesión del Senado en que fue asesinado el senador demoprogresista Enzo Bordabehere, en el hecho tal vez más vergonzoso de los muchos que ocurrieron en ese alto recinto de las leyes. En el período siguiente, el presidente Ortiz, un radical antipersonalista empeñado en recuperar la pureza del sufragio, murió durante el desempeño de su mandato por lo cual lo sucedió el catamarqueño Ramón S. Castillo, un conservador hábil en todas las mañas electorales fraudulentas. Digitó sin el menor pudor quién sería su sucesor, pero fue derrocado por el golpe militar del 4 de junio de 1943.

El vicepresidente de Perón, el correntino Hortencio Quijano, murió antes de asumir su segundo período y, de acuerdo a lo estipulado en la Constitución de 1949, se votó para elegir a su sucesor al almirante justicialista Alberto Tessaire. De este marino se recuerda, mucho más que su intrascendente desempeño en el cargo, sus declaraciones tras la caída de Perón intentándose despegar de su mentor alegando ignorancia sobre las medidas dictatoriales del régimen al cual había servido, aunque ahora decía a la prensa, se le había descorrido el velo de los ojos.
Arturo Frondizi, correntino afincado en Buenos Aires, llevó en su fórmula al santafesino Alejandro Gómez, quien no tardó en oponerse a la política petrolera de Frondizi y aparentemente no demostró la fidelidad que el presidente requería, por lo que fue invitado a renunciar antes de cumplir el año de mandato. En cambio, el vice de Arturo Illia, el entrerriano Carlos Perette, fue tan correcto como discreto, aceptando ocupar con decoro un segundo lugar. Quien tal vez fue el caso más sorprendente entre los vicepresidentes argentinos fue la señora María Estela Martínez, tercera esposa de Juan Domingo Perón. Su preparación para el cargo era nula y hasta su interés por la política siempre estuvo en tela de juicio. Su formación como bailarina de varieté y sus muchos años fuera del país no inspiraban mayor confianza para el caso de que tuviera que asumir la presidencia, pero Perón murió a poco de haber asumido (1º de julio de 1974) y la vicepresidente viuda debió hacerse cargo de la dirección del país en medio de un colosal desorden que hubiera acobardado al político más experimentado. Su gobierno, francamente grotesco, duró poco tiempo ya que fue desplazada por una junta militar que inició el tristemente recordado “proceso de reorganización nacional”.

La nueva democracia

Al volver la democracia, tanto Alfonsín como Menem tuvieron compañeros que cumplieron decorosamente con sus poco excitantes funciones. En cambio De la Rúa, al frente de una alianza entre el radicalismo y el Frepaso, llevó como segundo a uno de los líderes de ese partido, el licenciado Carlos “Chacho” Álvarez, quien desde un principio tuvo una alta exposición mediática y no callaba sus diferencias con el presidente. Cuando estimó que el gobierno se debilitaba (antes del año de gobierno), no vaciló en presentar su renuncia con un discurso épico de intransigencia moral. Kirchner tampoco tuvo buenas relaciones con su vicepresidente, el motonauta Daniel Scioli, a quien condenó a un largo ostracismo. Su esposa y sucesora, Cristina Fernández, llevó en cambio en su fórmula al radical mendocino Julio Cobos, para consagrar la alianza entre el justicialismo y los llamados “radicales K”. Claro que este radical no debería ser tan “K”, pues votó en contra de su gobierno en el desempate más dramático que recuerda la historia del Senado (la resolución 125 sobre las retenciones a las exportaciones agrarias), y destruyó cualquier posibilidad de que se volviera a confiar en alianzas morganáticas. Por eso, para su segundo mandato, seleccionó al joven y poco conocido economista Amado Boudou, quien al momento de escribir estas líneas se encuentra en la cárcel, condenado por delitos de cohecho pasivo y negociaciones incompatibles con la función pública y procesado en otras cuatro causas por diversos delitos cometidos durante el ejercicio de su función.

Lo que se viene

Sin embargo, en las próximas elecciones que padeceremos en octubre, las dos listas con más posibilidades contarán con la figura de vicepresidentes poderosos, en un caso por ser la líder indiscutida del partido y en el otro por ser presuntamente quien aportará los acuerdos necesarios para atraer al electorado peronista. 
En ambos casos las propuestas parecen más bien problemáticas, porque si bien ha habido casos en que el jefe de un partido designe a otro para ocupar la primera magistratura, va a ser la primera vez que la jefa se reserve el cargo de vicepresidente y sucesora legal del candidato designado por ella misma, por lo que no parece lógico que acepte dócilmente su autoridad. Y si quien triunfa es la fórmula que representa al actual gobierno, habrá que rezar para que los dos miembros de la misma se entiendan y repartan razonablemente las tareas de gobierno, porque es muy difícil que Pichetto,     aparentemente aportante de un necesario acercamiento al electorado peronista, se conforme con hacer     sonar la campanilla del Senado. Ni él ni la señora de Kirchner parecen     ser personas resignadas a ocupar “el cargo más insignificante que la     invención del hombre o su imaginación nunca concibieron”. 
 

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