Un resultado que obliga a poner en marcha la transición

Los números son contundentes: en la pugna entre los dos gobiernos, los dos modelos y las dos visiones del mundo que confrontaron en el país durante los últimos 16 años, se impuso la fórmula de Alberto Fernández y Cristina. El resultado (47 a 32 con casi el 90% de las mesas escrutadas) no deja margen. Los otros candidatos quedaron fuera de carrera y sin posibilidad alguna de ejercer algún tipo de arbitraje en octubre.

Las encuestas, otra vez, fallaron. Ninguna anunció un resultado irreversible sino que, en general, mostraban una paridad notable. Ayer, la diferencia entre Alberto Fernández y Mauricio Macri fue mucho más amplia a la que, en plena hiperinflación de 1989, obtuvo Carlos Menem sobre Eduardo Angeloz. No se trata solo de manipulaciones políticas de los datos. El aluvión de encuestas, favorecido por las nuevas tecnologías desbordó a los encuestadores.

La realidad es inapelable: fallaron.

Si en las PASO en principio no se define nada, ayer quedó definido casi todo: es inimaginable otro resultado que la consagración de Alberto Fernández como presidente.

Al oficialismo le falló hasta su compromiso de brindar información a partir de las 21. El entusiasmo con la empresa Smartmatic se esfumó, como los globos amarillos. Pero lo más probable es que la causa de la demora haya sido la confusión y el desconcierto por la inesperada magnitud de la derrota.

El Frente de Todos, que evidentemente tampoco tenía buenas encuestas, había denunciado la posibilidad de que se manipulara el resultado; al parecer, no lo manipularon, pero lo escondieron por un rato, como si la decepción les hiciera aferrarse a las ilusiones.

Las razones de la derrota de Juntos por el Cambio merecen un análisis exhaustivo. El desborde de la inflación, el desempleo y la pobreza, en los niveles que se registran en estos días, siempre son electoralmente catastróficos. La política requiere vasos comunicantes con la sociedad: la ineptitud para transmitir las razones de cada decisión y la falta de energía para avanzar en dirección a los objetivos que se proponía lo empantanaron. La recesión, el aumento de tarifas y la caída del poder adquisitivo de los salarios alejaron a muchos de sus votantes.

Faltó liderazgo, pero también faltaron figuras de envergadura en lugares estratégicos. Un jefe de campaña no será nunca un buen jefe de Gabinete, porque este cargo requiere fortaleza para tomar medidas impopulares. Un ministro de Economía necesita vuelo propio en un país donde la economía es el problema endémico.

No se puede construir el futuro si no se brinda contención a los problemas del presente.

A partir de hoy los problemas pueden precipitarse. La fragilidad de la economía nacional depende de la deuda externa, como hasta 2015 dependía del despilfarro de los fondos del Estado.

Alberto Fernández deberá demostrar ya que es diferente de Macri, pero también de su compañera de fórmula. Anoche prometió que "la gente volverá a estar feliz", "que trabajarán por la educación pública" y que ya no habrá "grieta ni espíritu de venganza".

Su discurso fue conciliador, y eso es bueno.

Pero la experiencia reciente, que va desde el menemismo hasta el kirchnerismo, en procesos de los que Alberto Fernández fue funcionario en distintos cargos, no condice esas metas tan optimistas.

Estas PASO aparecen como una bisagra en nuestra historia.

Los próximos días mostrarán si existe una voluntad superadora en el consolidado candidato presidencial.

Fernández y Macri deben asumir que hoy comienza la transición. Están obligados a deponer ambos las estrategias del antagonismo absoluto, la descalificación del otro y las agorerías de inminentes catástrofes.

El escenario internacional y los cambios extraordinarios que hoy se proyectan requieren metas de largo plazo y definiciones estratégicas para terminar con la improvisación y el exitismo.

Macri y Fernández deben sentarse a consensuar los pasos que se van a dar a partir de ahora para evitar un desmadre de la economía que no beneficiará a ninguno.

El candidato kirchnerista ya dijo que el dólar está subvaluado; si es así, deberá acordar con Macri cómo evitar un nuevo sismo cambiario. Sus promesas de no pagar "intereses a los bancos" obliga a aventar desde ya los fantasmas de un nuevo default.

Es imprescindible, a partir de este lunes, saber cuál será el criterio para afrontar el enorme nivel de deterioro laboral, que se viene profundizando desde 2001. Y es imprescindible consensuar las medidas que sean necesarias para que el país se encamine hacia el aumento de la producción. La soja ya no alimenta la ilusión del crecimiento a "tasas chinas" de la década pasada y es imprescindible trabajar ya por un nuevo modelo industrial.

¿Argentina año verde? De ninguna manera. Si dos presidentes de distinto signo pueden llegar a sentirse compatriotas, aunque no sean amigos, y ponerse de acuerdo en honrar los valores y las normas que establece la Constitución nacional, es decir, pensar en la gente, el país puede empezar a esperar un futuro razonable.

 

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