Jorge Luis Borges, un hombre de coraje y sarcasmo inclaudicables

 

 


Marina Cavalletti
El Tribuno

Por su legado indiscutible será recordado en muchas partes del planeta.
Borges llegó a la vida un 24 de agosto de 1899. Amante de los libros, desde los 4 años sabía leer y escribir. Debido a que en su casa se hablaba tanto español como inglés, creció como bilingüe. Estudió en Inglaterra y Suiza, Obtuvo el premio Cervantes en 1979 y dirigió la Biblioteca Nacional.
A lo largo de su vida, tan prolífica como su obra, el autor de “Ficciones” y “El Aleph” demostró su maestría literaria. Sin embargo, él mismo afirmó: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”.
Para celebrar su genio creador, El Tribuno dialogó con la ensayista salteña Leonor Fleming: “Entiendo la obra de Borges como un corpus con múltiples méritos. De todos ellos destaco uno que me parece especial, que es concebir a la literatura como ejercicio del pensar, como si el pensamiento fuese un músculo, tal vez el más humano, que es imprescindible ejercitar. Leer a Borges es formar justamente ese músculo del pensamiento, discernir de sopesar, de preguntar de cuestionar. Por eso, su literatura es algo así como lo contrario de creer, de afirmar, de aceptar”.

El ejercicio de pensar
En ese sentido, la académica demuestra que “en uno de sus cuentos, un personaje abre un libro, ‘Las mil y una noches’, para tapar la realidad. Pero Borges justamente cuenta algo fantástico y presenta un argumento que no copia de la realidad sino que nos lleva a indagar, a preguntarnos sobre eso que llamamos realidad. No nos da algo hecho sino que nos obliga a averiguar. En todos sus cuentos, también en su poesía pero voy a centrarme en la narrativa, propicia este ejercicio de pensar”.
Por otra parte, según Fleming, el creador de “Luna de enfrente”, predijo algunos avances actuales: “En Funes el memorioso, escrito en la primera mitad del siglo pasado, ya él está vaticinando de alguna manera, de una forma fantástica y absurda -como a él le gustaba en su literatura-, lo que va a ser después la memoria artificial, la computadora y la revolución de la informática. A la vez que anuncia algo que viene, nos hace tomar recaudos. Porque ese Funes, ese personaje que ha quedado inmovilizado por un accidente, pero que tiene una memoria prodigiosa y es capaz de acordarse puntualmente de todo, de reconstruir un día entero. Esa cabeza prodigiosa que tiene todos los datos en la memoria, que efectivamente es una memoria artificial, es incapaz de pensar. Ese pensar que es profundamente humano. Por eso, él escribe ‘pensar es olvidar detalles’”. 
La catedrática se centra ahora en “Las ruinas circulares” y describe que “allí un mago quiere construir una persona a partir del sueño, soñar un joven e introducirlo en la realidad. En ese cuento fantástico, que tiene además un desenlace interesantísimo y sorpresivo, Borges está opinando minuciosamente sobre la creación -artística, literaria, humana-. El propósito de este mago es imponer un sueño a la realidad, pero no en tanto utopía sino un sueño de la voluntad, un sueño dirigido, trabajoso, humano.
Entonces Borges nos está hablando, y esto me interesa mucho de la literatura como un ejercicio de pensamiento. Pensar, no quedarte en el detalle sino cuestionar, ver y no tanto dar respuestas, sino hacerse preguntas. Esa es una de las tantas formas de acercarse a su obra. La lectura de Borges, a través de la fantasía, nos lleva al discernimiento, a separar, quitar todo lo accesorio y quedarnos con lo fundamental, que nunca es definitivo, siempre es un preguntar”, concluyó.

Recuerdo de juventud de Adolfo Ponti

“Una mañana soleada de octubre de 1982, un amigo y yo caminábamos por una calle de Buenos Aires rumbo a la casa de Jorge Luis Borges. No sabíamos si nos iba a recibir, pero íbamos tras la aventura de conocer al escritor mayor de Argentina. Una mezcla de adrenalina y ansiedad nos empujaba para no abdicar en el intento. Nosotros veníamos de Santiago del Estero con un puñado de poemas en las manos y la arrogancia de sentirnos importantes en el tremendo anonimato que significa transitar por Buenos Aires. Llegamos a la puerta del edificio donde vivía, llamamos, pero nadie nos respondió. Al ver la puerta abierta decidimos subir hasta el sexto piso, una pequeña placa de bronce con su nombre nos indicó cual era su departamento. Nos atendió Fany, su mucama correntina. Nos preguntó de dónde éramos y qué queríamos.
‘Ver a Borges’-le dijimos.
‘No sé si los recibirá’, nos respondió y nos cerró la puerta en la cara. A los cinco minutos la abrió y con voz fastidiosa nos animó: ‘Pasen. El señor los espera’.
Parado en el centro del living, Borges parecía un fuego antiquísimo a punto de apagarse. Estaba apoyado sobre un bastón irlandés. Yo sentí que había llegado al cielo. Nos recibió por 5 minutos y nos tuvo dos horas. Aquel hecho fue el más importante de toda mi vida. Después supe que recibía a todo el mundo, mucho más a los jóvenes. En ese entonces tenía 25 años y pensaba que Borges era una fantasía de Dios. Le recité el remordimiento, un soneto suyo, y me cortó en seco, me dijo que no le gustaba ese poema. Se lo había dedicado a su madre”.

El profesor Borges, siempre dispuesto a escuchar 


“Siempre hago lo posible para que mi interlocutor tenga razón. Además la idea de una discusión es errónea. Debería ser una colaboración, una investigación para dar con la verdad”.
“Esto le dijo Borges a un periodista y refleja lo que fue como profesor: muy respetuoso de las conclusiones y de las ideas que llevaba cada uno de sus alumnos”, apunta Cecilia Melis, psicoanalista y profesora en Letras, que asistió a las clases que Borges impartió en la UBA, en 1960.
A metros de la calle Corrientes, Melis despliega sus reminiscencias: “Los recuerdos tienen un aspecto similar al de los sueños: son difusos, nublados, grises, pero ciertos. Recuerdo sus clases de la ‘facu’, los martes y jueves a la mañana, de 8 a 10, en invierno, en el aula principal de Filosofía y Letras en la calle Viamonte 434. 
Borges entraba erguido, sostenido por un bastón. Ya era ciego, y lo primero que hacía era sacarse el reloj y colocarlo arriba del atril donde iba a hablar. Su voz era monótona, pero constante, casi sin vacilaciones. 
Entonces explicaba a poetas como Keats o Wordsworth, a escritores como Scott Fitzgerald, Mark Twain , Henry Miller, Charles Dickens, William Blake, Oscar Wilde y muchos otros”, detalla
Melis sonríe, como viajando en el tiempo, y añade: “Leía poesía con su voz siempre pareja y atinada. Daba claves para escribir y decía ‘esta es una buena idea para escribir un cuento’. Nos dio varias recomendaciones. Por ejemplo, afirmaba que había que leer lo que a uno le gustara por placer. Nos decía que leyéramos el Quijote, pero que si no nos gustaba, lo dejáramos. Y nosotros creíamos que eso lo decía como un chiste”. 
Los exámenes eran orales, porque Borges no veía y entonces no podíamos hacer un escrito. Se apoyaba en su bastón de caña, en una posición muy común en él, y con la palma sobre el puño de la mano que quedaba debajo del bastón, con los ojos entrecerrados, nos escuchaba atentamente , con una paciencia y un interés infinitos. Jamás nos interrumpió”, puntualiza su exestudiante.
Melis revela que “Una amiga lo encontró en España muchos años después y le dijo que había sido su alumna. En ese momento él le comentó que nunca había aplazado a nadie. Los alumnos no sabíamos de esa actitud. 
Él ya tenía esa intención de aprobarnos, pero pese a todo nosotros temblábamos como hojas cada vez que teníamos que rendir con él y con su adjunto, que era Jaime Rest, el profesor que daba la parte de literatura norteamericana. 
La docente recordó además una característica de su inolvidable profesor: “Borges, era muy despistado. Una vez se estaba haciendo algún tipo de reclamo en la facultad y, esto es muy gracioso, cuando los organizadores de la protesta universitaria llevaban sus pedidos por escrito entre alumnos y docentes, él firmó dos petitorios de diferentes agrupaciones políticas, que eran opositoras entre sí.
Era increíble, y su valoración del aprendizaje hizo que nunca aplazara a nadie ni nos criticara como estudiantes. Por el contrario, siempre nos escuchó con mucho interés y nos dejaba elegir el tema para empezar el examen.
Él amaba la literatura corta. No se animaba a meterse con la novela porque decía que eso era como estar en una habitación con cien personas. Y sus cuentos son geniales. En ese entonces Borges ya era Borges, por eso nos condicionábamos y sentíamos nerviosos cuando rendíamos examen. Era una época espectacular y realmente tuvimos mucha suerte”. 
 

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