Hugo Mujica: “El silencio no es una teoría, es el paisaje en el cual yo nací como poeta”

 

Marina Cavalletti
El Tribuno

“Somos seres hablados, pero yo no inventé el idioma, la sociedad me insertó en ella haciéndome hablar como ellos. Estamos formados en un lenguaje, pero no veo eso que algo hable en mí, es la vida que te toca, y reaccionás respondiendo”, dice el poeta y escritor Hugo Mujica para iniciar la conversación con El Tribuno. Con más de diez poemarios y diversos textos analíticos, es una de las figuras más relevantes de las letras argentinas.
El también sacerdote y ensayista, hacedor de “La palabra inicial. La mitología del poeta en la obra de Heidegger”, reeditada este año, participó en el movimiento de la psicodelia, y revisando su pasado, analizó: “La vida es la que te va poniendo cosas, a algunas les decís que sí y a otras que no, otras no te das cuenta. Se fue dando al final de los años ’60, la psicodelia ya era caricatura y terminabas en un pulmotor, como la mayoría de mis amigos, o volvías al sistema al cual yo no pertenecía. Entonces, es un poco por esa configuración, no es que uno decide (en la vida)”.
¿Se puede decir que improvisaste?
Sí, pensá que ni siquiera pediste nacer. De ahí en adelante todo lo demás está dado. Es salirse de la omnipotencia de creer que uno decide tanto. No todos nosotros nacimos, con el perdón de Freud, a través del amor, y nadie decide enamorarse pero de repente sentís y te pasa. Después podés elegir o no, según la billetera o la cara, pero nosotros somos más pasibles ser vividos que de estar eligiendo. Por eso nos asusta la muerte, porque no es poder poder”. Te creías que podías tanto y de repente aparece algo que puede sobre vos.
Pasaste por momentos complejos, como trabajar obligado desde muy niño por la ceguera de tu padre...
Yo en realidad quiero siempre correrme de ese dramatismo que aparece en Google. Yo como niño que era, la pasé maravillosamente y siempre digo que mi padre nos dio un libreto por encima del que hubiésemos vivido todos. Yo me sentía el héroe de la casa, para mí no fue una experiencia traumática, al contrario, fue un salto cualitativo por sobre el tiempo.
En un momento hiciste un voto de silencio que duró 7 años, y a los 3 años escribiste tu primer poemario. ¿Qué relación tiene el silencio con la poesía?
Creo que todo. El silencio no es algo que está ahí y que lo hace uno, es otra experiencia. Pero es una experiencia que llevada a la encarnación de uno, es volverse escucha. Lo que le acontece ya no como silencio, no es que en ese momento uno haga silencio, sino que de repente uno ve la expresividad de todo. Nosotros las restringimos al habla, pero esa no es toda la expresividad. Y te volvés silencio, no en el sentido del oído, sino en el sentido de la piel. Ahí es cuando empezás a ser afectado por las cosas, y esa afectación intentás decirla.
Para mí el silencio es fundante, no es una teoría, es el paisaje en el cual yo nací como poeta. Y al cual vuelvo para escribir cuando escribo.
Tus primeros poemas estaban más ligados a lo existencial y vinculados con la soledad. Después fueron tomando una cuestión más cósmica donde sí te sentiste más libre...
Hay un bloque grande de toda mi poesía hasta un momento, que soy yo debatiéndome ante la soledad, un “tu” al que nombro que no sé quién es, pero es un alter, y son problemas más de existencia humana y de ciudad. Y después viene un corte muy marcado, que es mi libro “Paraíso vacío”, que es el único libro que escribí en prosa poética y que tiene que ver con la niñez. Después me di cuenta de que todos los poemas tienen que ver con el niño casi como sacrificial.
Me acuerdo que hicimos una presentación muy linda, con Javier Margulis y Pedro Aznar escribió la música, y los poemas los leían niños. ¡Después me di cuenta de que era algo muy cruel y que a los chicos los estaban liquidando casi! Era un reclamo de los chicos porque los adultos los matan cada uno adentro de sí.
De esos poemas en adelante aparece totalmente otra voz, en la que ya no hay un sujeto que habla, es una serenidad que toma una voz distante de mi subjetividad y mis propios problemas, que siempre está como envuelta en un paisaje que, bien mirado, no es naturaleza, sino los elementos. Incluso los cuatro elementos han aparecido en los títulos de algunos libros.
En una entrevista, decías la metáfora del pájaro, que te gustaba pensar la poesía en ese sentido de libertad que dan las aves.
Sí. Fue para la presentación de un libro que nombraba a los pájaros. Se ve que los pájaros han sido un receptáculo de un deseo o una pertenencia que sentimos todos al imaginar la libertad como vuelo. Elevarse y tener abierto el cielo siempre ha configurado un deseo nuestro que no es real, pero sí deseable.
Recientemente incursionaste en la actuación con Alejandro Tantanian. ¿Podrías adelantar la idea de la obra?
Yo había hecho una performance de Sophie Calle, que había hecho en el CCK. Después me llama Tantanian para trabajar sobre un monólogo de Marilú Marini , que para mí fue algo maravilloso. Fueron cinco meses, y cuando pregunté qué tenía que hacer, y ellos me dijeron “nada, vos venís y nos hablás de lo que querés”. Se ve que hablé tanto que el monólogo terminó con 13 personajes.
Era para Marilú, para Tantanian, para la escenógrafa, y para el escritor Santiago Loza, que para ese entonces todavía no estaba escrita la obra.
Pasa el tiempo y Tantanian dice “quiero que en la obra estén Marilú y vos media hora, y que todas las noches improvisen”, y así fue. Me mandé y fue al maravilloso, fueron 52 funciones, algo fantástico.
¿Se repondrá en algún momento?
Sí, el 5 de Noviembre se estrena y va a ir 6 días a la semana, en el Teatro Cervantes, en Buenos Aires. 
Cuando yo tenía 13 años y vivía en Avellaneda, cuando era otro mundo, un hombre de la esquina de mi casa tenía una imprenta y me dice un día, “hice entradas para un teatro y me dejaron entrar, ¿querés ir?” y me mandé, era el Teatro Cervantes. Yo era un nene y me acuerdo que en esa época la gente se súper empilchaba, y era como una visión. Tomé coraje y me mandé. La obra era La casa de Bernarda Alba, con Margarita Xirgu. Yo no sabía quién era, aunque igual lo aprecié, pero después supe dónde había estado. En una nota dije que todavía cuando entro, a veces miro atrás a ver si está ese nene mirándome.
 

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