China: la paciencia estratégica

China prepara un imponente desfile militar para celebrar el 70´ aniversario del triunfo de la revolución que en 1949 entronizó en el poder a Mao Tse Tung e inició el reinado del Partido Comunista, artífice de una gigantesca transformación social que treinta años después, bajo el liderazgo de Deng Xiaoping, derivó en un drástico viraje hacia la economía de mercado que permitió al gigantesco coloso asiático, en sólo cuatro décadas, salir del subdesarrollo para erigirse en una superpotencia capaz de disputar el liderazgo global con EEUU. Los chinos tienen bastante para celebrar. Las estadísticas históricas son apabullantes. En 40 años, China protagonizó un milagro económico único en la historia. Después de la primera revolución industrial, los ingleses tardaron 60 años en duplicar su producto bruto por habitante. A mediados del siglo XIX, con la Segunda Revolución Industrial, EEUU alcanzó esa meta en 50 años. Casi contemporáneamente, los japoneses precisaron 35 años para duplicar su nivel de vida tras la revolución modernizadora de los samuráis. China, a partir de 1980, lo hizo en apenas nueve años.

En estos últimos 40 años, EEUU multiplicó por 6 su producto bruto interno y China lo hizo por 76. Ese salto monumental modificó la geografía económica mundial. EEUU tiene ahora el 23% del producto bruto mundial y China el 15%. Ya es la segunda potencia económica global y su ritmo de crecimiento, que aún en una fase de paulatina desaceleración duplica al norteamericano, le posibilitará alcanzar el primer lugar a fines de la próxima década. En ese lapso, China logró también otro récord histórico en el terreno social: sacar de la pobreza a centenares de millones de personas. Emergió también una pujante clase media, constituida ya por unas 400 millones de personas (bastante más que la población norteamericana), con un nivel de vida en continuo ascenso. En 1979 circulaban en China 77.000 automóviles y 5,6 millones de bicicletas. En 2018 había dos millones de bicicletas y nueve millones de automóviles, una cifra que tiende a multiplicarse en los próximos años. Este formidable aumento en los niveles de consumo ha generado el mercado interno más grande del mundo.

La ruta de la seda

Hace 200 años, Napoleón vaticinó: "Dejad que China duerma, porque cuando despierte el mundo temblará". Aquel pronóstico se ha cumplido. Así como durante la guerra fría se podía determinar la inserción internacional de un país según su tipo de relación con EEUU y con la Unión Soviética, hoy cabe clasificar ese posicionamiento en el escenario mundial de acuerdo a los vínculos que cada país tiene con EEUU y con China.

La mayor novedad geopolítica del siglo XXI es que una nación milenaria, que durante su larga historia cultivó un orgulloso encierro, simbolizado arquitectónicamente en la Gran Muralla, busca instalarse en el centro de la economía del mundo globalizado, una ambición alentada por su condición de primera potencia comercial mundial, tanto por su nivel de exportaciones como de importaciones, y como primera fuente de inversión extranjera directa, una posición de la que desplazó recientemente a Estados Unidos.

Esta pretensión estratégica tiene su expresión en la iniciativa denominada "Una franja, una ruta", que constituye el megaproyecto de infraestructura más importante de la historia mundial, cuyo nombre evoca a la antigua "ruta de la seda", que en la Edad Media era la principal vía de intercambio comercial entre Oriente y Occidente, especialmente entre Europa y el "Imperio del Centro", como en aquel entonces se autodenominaba China.

Las conexiones previstas en esta monumental iniciativa, que involucra también a América Latina, abarcan a 80 países e incluye a regiones que albergan al 70% de la población mundial, generan un 55% del producto bruto global y concentran un 75% de las reservas conocidas de energía. El experto británico Tom Miller, en un libro titulado "El sueño asiático de China: la construcción del imperio a través de la nueva ruta de la seda", sintetiza el espíritu del proyecto: "mediante una mejor conectividad, crear una red comercial que haga que todos los caminos lleven a China".

Pero el centro neurálgico de la proyección de poder mundial ensayada por China, y la raíz de su actual disputa con EEUU, una contienda que ambas partes disimulan bajo el eufemismo de "guerra comercial", es la rivalidad por el liderazgo tecnológico.

El plan “China 2025”, que incluyó la creación un fondo de inversión de 300.000 millones de dólares para la adquisición de empresas occidentales de alta tecnología, explicitó la decisión de Beijing de desafiar la superioridad tecnológica con EEUU, una pretensión inadmisible para los norteamericanos, quienes perciben que ese objetivo encubre la pelea por la supremacía militar y, por lo tanto, la hegemonía planetaria. El punto nodal de esa batalla es el dominio de la tecnología 5-G, en la que las grandes compañías tecnológicas chinas, encabezadas por Huawei, aventajan a sus competidores de Silicon Valley. Para lograrlo, esas empresas, estrechamente vinculadas con el Ejército y el Partido Comunista Chino, se aprovechan de la política industrial de Beijing, que irrita a Washington porque condiciona la apertura de su mercado interno a las corporaciones estadounidenses a la transferencia de sus tecnologías de avanzada. La estrategia de Beijing contempla la penetración de sus capitales en el sistema de empresas tecnológicas de EEUU. En un artículo publicado en la revista rusa “Sputnik Mundo”, el especialista Iliá Plejánov advirtió que “China ha invertido en startups de EEUU que desarrollan motores de cohetes, sensores de drones marinos, robots e inteligencia artificial. Esto produce gran inquietud para Washington, ya que tales tecnologías permiten acelerar el desarrollo tecnológico-militar chino”.
Esta amenaza estratégica colmó la escasa tolerancia de Donald Trump y desató las represalias comerciales que tanto alarman a los mercados financieros internacionales. Pero, a diferencia de Trump, a los chinos les sobra paciencia. Saben que el mandatario estadounidense pelea por su reelección el año próximo y que necesita anotarse una victoria en esa pulseada. Beijing está dispuesto a concedérsela, al menos en el cortísimo plazo. De allí que emita señales apaciguadoras y anuncie su predisposición a un acuerdo bilateral que aplaque las iras de la Casa Blanca. Un estudio del JP Morgan reveló que en los últimos 2.000 años China fue la primera potencia económica global hasta 1820. Los chinos bien pueden entonces     esperar una o dos décadas más para materializar una revancha     histórica que le permitirá recuperar ese centro perdido hace     doscientos años y regresar a lo que consideran una vuelta a la normalidad.
 

 

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