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Tintín Vizintin, sobreviente de la tragedia de los Andes: “Tuvimos un aprendizaje muy rápido, un curso intensivo de vida”

Hace 48 años caía en la cordillera de los Andes el avión que trasladaba al equipo de rugby Old Christians a Chile. Antonio "Tintín" Vizintín, uno de los 16 sobrevivientes, compartió con El Tribuno los detalles de aquellos 72 días en la nieve.
Martes, 13 de octubre de 2020 02:16
Tintín Vizintín (círculo) y a su lado Roberto Canessa. La foto la tomó Fernando Parrado. Fue durante su estadía en la cola del avión.

¿Cómo puede un ser humano sobrevivir a la caída de una avión, a un alud y a sentirse muerto en vida? La respuesta está lejos para quienes no pasaron por tales situaciones, pero no para quienes la vivieron como el caso del uruguayo Antonio “Tintín” Vizintín, uno de los sobrevivientes de la tragedia de los Andes. 
Un día como hoy, 13 de octubre, pero de 1972 caía en la cordillera de los Andes el vuelo de la Fuerza Aérea Uruguaya que transportaba a 40 pasajeros, miembros del equipo de rugby Old Christians de Montevideo, y 5 tripulantes. 
Fue una experiencia que les cambió la vida; la de algunos se apagó ese día trágico, la de otros en un alud que sobrevino después y solo 16 vivieron el milagro de regresar a sus hogares después de soportar 72 días de bajas temperaturas, con escasa comida, de una búsqueda suspendida que los daba por muertos y hasta de comer los restos de los compañeros que habían fallecido. 
Tintín Vizintín fue uno de los expedicionarios que integró la última salida, la que concluyó con el ansiado rescate. Los otros fueron Fernando Parrado y Roberto Canessa. A los tres días, Vizintín, agotado, regresó con sus compañeros, siendo el único que estuvo solo en la fría cordillera. A 48 años de ese accidente, Vizintín charló con El Tribuno sobre esa experiencia que transformó su vida. 

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¿Cómo puede un ser humano sobrevivir a la caída de una avión, a un alud y a sentirse muerto en vida? La respuesta está lejos para quienes no pasaron por tales situaciones, pero no para quienes la vivieron como el caso del uruguayo Antonio “Tintín” Vizintín, uno de los sobrevivientes de la tragedia de los Andes. 
Un día como hoy, 13 de octubre, pero de 1972 caía en la cordillera de los Andes el vuelo de la Fuerza Aérea Uruguaya que transportaba a 40 pasajeros, miembros del equipo de rugby Old Christians de Montevideo, y 5 tripulantes. 
Fue una experiencia que les cambió la vida; la de algunos se apagó ese día trágico, la de otros en un alud que sobrevino después y solo 16 vivieron el milagro de regresar a sus hogares después de soportar 72 días de bajas temperaturas, con escasa comida, de una búsqueda suspendida que los daba por muertos y hasta de comer los restos de los compañeros que habían fallecido. 
Tintín Vizintín fue uno de los expedicionarios que integró la última salida, la que concluyó con el ansiado rescate. Los otros fueron Fernando Parrado y Roberto Canessa. A los tres días, Vizintín, agotado, regresó con sus compañeros, siendo el único que estuvo solo en la fría cordillera. A 48 años de ese accidente, Vizintín charló con El Tribuno sobre esa experiencia que transformó su vida. 

¿Cuántas veces agradece estar vivo tras sobrevivir en la cordillera?
Eso lo agradeces toda la vida. Es como haber nacido una segunda vez, por todo el sacrificio que costó, siempre te estás acordando de las cosas que pasaron, de todo lo que viviste. En aquel momento tenía 19 años, hoy ya tengo 67. Es toda una vida vivida y el accidente es parte de mi vida. 

¿Estuvo siempre consciente después de que el avión cayera a tierra?
Estuve siempre consciente. Se produjo esos silencios que dicen se dan en las grandes tragedias; también se produjo cuando el avión se deslizó montaña abajo, en un momento paró y se vinieron todos los asientos encima. Ahí se produjo ese silencio brutal y de repente comenzamos a sentir gritos, pedidos de ayuda, todo ese tipo de cosas que resulta poco menos que algo bizarro, algo increíble, algo que nunca más en mi vida viví, por suerte. 

¿Que pasó después?
Después que caímos, al minuto se empezó a mover todo el mundo. Los que estaban vivos, los que estaban sanos, yo había quedado prendido del cinturón de seguridad del asiento y entonces me sacaron, salimos y me acuerdo que estaba todo nevado, no podías creer que te hubieras salvado. Había gente que venía de arriba, donde había chocado el avión, y quedaron perdidos en la montaña. Fui a ayudar a otros, así fuimos saliendo, viendo quienes estaban vivos, sacando a los que estaban muerto y ahí empezó a jugar una parte importante nuestro capitán Marcelo Pérez del Castillo, que comenzó a dar ordenes y el equipo empezó a responder. 

¿Piensa que hubiera sido más difícil sobrevivir si no habrían sido jugadores de rugby?
No tengo dudas que hubiera sido más difícil, porque vos jugando rugby estás acostumbrado a la disciplina, a cumplir ciertas órdenes, a la verticalidad de mando. Así es mucho más fácil que en otras circunstancias. Todos los que estabamos ahí éramos universitarios, cada uno podía tener su opinión de lo que se estaba haciendo, de lo que se iba a hacer. Sin embargo siempre se acató la orden del capitán, y posteriormente a la muerte del capitán en el alud se acató un poco las decisiones de los primos Strauch, que fueron los grandes líderes también. No sé si eso se lograba si no hubiera sido un equipo de rugby. Además, no solo estás acostumbrado a esa disciplina sino también al esfuerzo, al sacrificio que tenés que meter, a dar un poquito más. Son todas cosas que influyeron mucho en que pudiéramos salir del lugar. 

¿Hubo momentos en los que pensaron que no iban a salir vivos?
Sabes cuando te pasaba eso, en las noches. De noche estabas solo, contigo mismo, antes de dormir. Tenías un baño de realidad, que decías que era imposible, ‘de acá no me puedo ir, todo lleno de nieve, no nos vienen a buscar’. Nos tuvimos que alimentar de los cuerpos de nuestros compañeros, todo era un desastre, es espantoso. Y sin embargo al otro día, cuando te despertabas te ponías el uniforme de invencible y salías a lucharla de vuelta, pensando que había esperanza, que ibas a encontrar un camino.

Lo de ustedes fue una adversidad tras otra, porque no solo fue la caída del avión, sino también el alud y enterarse que no los buscaban más. 
Primero fue el choque, después fue la esperanza de que te fueran a buscar y fueron pasando los días, hasta que al séptimo se escucha en una radio que habían suspendido la búsqueda, y eso fue un mazazo brutal. Después de eso sabíamos que estabamos solos, que para el mundo estabamos muertos, los únicos que sabíamos que estabamos vivos éramos nosotros, y todo dependía de lo que pudiéramos hacer. Salía afuera y miraba un macizo montañoso impresionante, lleno de nieve, con una soledad brutal, y yo iba a Chile a conocer lo que era la nieve. Entonces decís que es esto, te das con esas cosas que no podés creer    las. 

¿Y cómo soportaron todo eso?
El ser humano soporta muchas cosas a medida que tiene una esperanza, siempre tuvimos la esperanza de poder salir de ahí, de poder volver a nuestras casas. Así como te desarmabas, te armabas al otro día y ahí el grupo tuvo mucho que ver, porque en los bajones anímicos te ayuda. El grupo fue importante en lo anímico.

¿Hubo alguna organización, se dividieron los roles? 
Sin dudas, siempre hubo roles que quedaron establecidos. Tenías que poner determinado orden, después hubo una distribución de tareas. Y eso es lo que nos permitió tener agua durante 72 días, alimentos, limpieza del avión, que los cubreasientos que eran nuestras frazadas estuvieran secas de noche. Hubo un click cuando nos dimos cuenta de que nos salvábamos todos o moríamos todos. En la medida en que todos se sacrifican y van hacia un mismo objetivo, así se consigue tener éxito. Por otro lado, muchas veces te dicen “hay que suerte que tuvieron”. No, no es suerte, fue un trabajo muy intenso durante muchos meses, fue una reiteración de fracasos, nos fue mal muchas veces. Tuvimos éxito en la última expedición, pero hubo una cantidad de fracasos previos. Entonces ahí tenés que el fracaso es previo al éxito. Tuvimos un aprendizaje muy rápido, un curso intensivo de vida, de trabajo en equipo, de solidaridad, de valor, de amistad.

¿Intentaban amenizar las largas horas del día de otra forma que no sea cumpliendo los roles determinado?
En algún momento se intentó contar cuentos, hacer chistes pero no había ambiente para eso. El ambiente era totalmente pesado, te estabas jugando la vida cada minuto, había gente que se podía morir en cualquier momento. Fue un ambiente pesado, aburrido, porque eran repetitivas las tareas. 

¿Cómo se tomó la decisión de alimentarse de los fallecidos?
Estuvimos diez días comiendo un pedacito de galletita, que era como una hostia, se te derretía en la boca. En un momento Adolfo Strauch y otros plantean que en esa situación no íbamos a poder seguir vivos y la única forma de mantenernos con vida era alimentádonos con los cuerpos de nuestros compañeros. Fue una decisión muy difícil obviamente, que a algunos les llevó mas tiempo y a otros menos, pero todo te indicaba que si querías seguir vivo era la única forma de poder salir adelante. 

¿Les recrimaron haber tomado esa decisión?
No, para nada. Para poder recriminar ese hecho tenías que haber estado allá arriba y los que tomamos las decisiones fuimos nosotros. No había recriminación posible. 

¿Como se gestó la última expedición? 
Llegó un momento en que el sobre de dormir estaba en condiciones, un elemento importante porque nos permitió dormir a la interperie. Salimos hacia el oeste, ahí cambiamos la estrategia porque siempre fuimos hacia el este. Estuvimos tres días para subir ese macizo, con una dificultad enorme. Yo llegué hasta arriba de la montaña y ahí le dejé la comida a mis compañeros, ellos siguieron, caminaron siete días más y llegaron a encontrar al famoso arriero. 

¿Por que no siguió?
Porque estaba agotado físicamente y había otras opciones. Volví solo, soy el único que estuvo solo en la montaña. No tenía miedo ni a la muerte, porque ya estabamos más muertos que vivos en ese momento. 

¿Cómo fue el rescate?
Siempre pensamos que ellos iban a caminar siete días más. Al décimo día escuchamos en la radio que habían encontrado a dos uruguayos, sabíamos que eran Parrado y Canessa y que estabamos prontos a ser rescatados. El rescate se produjo esa misma tarde. Llegaron tres helicópteros, uno quedó volando muy alto, el otro pasó rasante y nos tiraron unas cajas con alimentos, y después el otro se posó. El primer grupo salió, eran ocho, y como las condiciones meteorológicas no eran buenas para que bajara otro helicóptero nos quedamos otra     noche más ahí.
 

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