“Quiero hacer mosaiquismo hasta el último día de vida”

Marcela Viviana Bujad recibe a El Tribuno en la cocina, casi como una profecía autocumplida sobre lo que luego contará; sobre lo que fue, es y será su esencia de artista de las cosas más simples.
Hoy tiene 52 años y, si bien nadie sabe del porvenir, ella ya se muestra por un camino definido, segura de lo que quiere, sabe que quiere seguir por el camino del mosaiquismo.
Mientras habla mueve sus manos, como si ellas fueran moldeando las palabras y la expresión se siente en el aire. Como quien no halla justificación comienza hablar de su infancia en una casa alquilada en el centro de la ciudad de San Pedro, en la provincia de Jujuy. Los recuerdos la llevan a su papá Orlando, más conocido como “Tato” y su mamá Yola. A sus hermanas Paula y Daniela que son más chicas, luego a una casa social del Fonavi, en el barrio Güemes, también de San Pedro, como una infancia plena y feliz. 
Pero más fuerte es el recuerdo, y hasta los olores y sabores, de la cocina de su abuela Victoria en la típica postal de la transmisión de los saberes de la cocina a las nuevas generaciones. Es hecho mágico, de hace casi 50 años, despertó pasiones que aún no sabemos hasta dónde podrán llegar.
“Ella me sentaba en un banquito y me enseñaba todo lo que iba cocinando; me fascinaba lo que hacía. Entonces yo siendo muy niña, no podría decir de cuántos años, preparé un desayuno para mis familia en una bandeja, con los cafés, las tostadas los dulces, todo dispuesto de una manera artísticamente proporcional. Mi mamá estaba sorprendida. A ella no le gustaba tanto la cocina. Entonces me comenzó a dejar que yo prepare los alimentos. Me encantaba preparar cosas, probar nuevas combinaciones, sabores; ya me iba perfilando a la creatividad”, dijo con alegría.
En esa infancia feliz también es protagonista un personaje que la acompañará en su vida por siempre, aunque ya no esté más. El profesor Daniel Córdoba era su tío, pero por esa suerte de la vida, con muy pocos años de diferencia. Tan solo 5 años, a favor del profesor, hicieron que desde que tiene memoria la artista sea su protector.
Hablamos del docente creador del taller de Física al Alcance de Todos, que se dictaba en la UNSa y que fue la usina generadora de genios y que falleció a fines de año pasado.
La mirada y el relato se le vuelven venecitas transparentes, húmedas, rojas, que bajan con el recuerdo de ese tío que fue un hermano.
“Hemos jugado mucho, compartimos la infancia, los dolores, la vida. Nuestra familia vivía en San Pedro y luego terminamos en Salta. Nunca nos despegamos y se lo extraña mucho”, dijo y no pudo seguir.
Como una coartada se acordó de cuando siendo una quinceañera comenzó a hacer tortas infantiles para vender y tener plata. Ya comenzaba el camino de rebuscárselas sola.
“Siendo muy chica me metí en una escuela profesional de cocina, luego comencé a recibir las revistas de Utilísima Satelital y me metí de lleno con las artesanías. Hacía de todo lo decorativo que se pueda pensar: velas, bandejas, floreros, de todo. Mi abuela también me enseñó a tejer a crochet, aprendí por mí misma el telar. Luego estudié dos años en diseño de modas, así que me hacía mi propia ropa. De todo lo que podía hacía, aunque a la vez llevaba como una doble vida”, dijo riendo.

 

Para conocer más sobre su vida, sus obras y sus proyectos se puede visitar la página https://www.facebook.com/marcela.bujad

 

La doble vida

A lo que ella intenta calificar de su doble identidad fue el hecho de estudiar en el Magisterio de San Pedro en donde se recibió de maestra. Con 19 años ya había conseguido una suplencia en un grado de la escuela Belgrano de San Salvador de Jujuy. Duró unos pocos años y se fue a una escuela parroquial de El Carmen, localidad también jujeña. A los 25 años tuvo a su único hijo, Nicolás, quien se convirtió quizá en la única anomalía que no pudo predecir lógicamente el profe Daniel. 
Es digno de un punto aparte y un párrafo. “Efectivamente, Nico tenía todo para ser uno de los elegidos de Dani y no duró nada en el taller”, dijo a las carcajadas. “Sin embargo, por su cuenta se preparó para el ingreso a Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Cuando le contamos a Daniel no lo podía creer. Ahí sigue y le va muy bien”, contó.
Marcela crió a Nico con los ingresos que le proporcionaba su trabajo vinculado a la producción de seguros, siempre ordenado, mucha oficina, excesivo papeleo, extrema formalidad, cero creatividad. 
Es por eso que la artista escondida en la ropa formal dice que era su “doble vida”.
Al día de hoy, está administrando un hotel y ya piensa en lo que viene.
Sabe que ya se le viene la jubilación y tiene bien en claro que el trabajo de artista deberá ser ruta de escape, su plan B.
“Todo lo que hago ahora para ganarme los ingreso no tiene nada que ver con la creatividad. Y mi trabajo como artista del mosaiquismo no tiene techo, uno puede crecer hasta donde quiera y es además una tarea que la podré hacer hasta el último día que está viva”, dijo emocionada.
 

Usó el tiempo de la cuarentena para acelerar sus trabajos

“Hace siete años comencé a ver en las redes sociales sobre el tema del mosaiquismo. No le daba nada, simple curiosidad. Vi que daban un curso sobre cómo ornamentar un espejo. Y me metí”, dijo con las manos tranquilas, con sus palmas asentadas en la mesa.
“Nunca pensé que me iba a gustar tanto. Hice varios cursos, pero al poco tiempo me di cuenta de que no me completaba. Quería ir por más y en Salta ya no había nada. Me fui a Buenos Aires a buscar ese algo más y lo encontré a Fernando Bekir, que hace cuadros y que hace 6 años era el único que daba cursos on line sobre cuadros con mosaicos. Entré de cabeza y comencé con él a descubrir nuevos materiales, combinaciones, colores, las luces, las perspectivas, las técnicas. Me dio las herramientas para lo que yo quería, que es crear”, contó.


Su ámbito de trabajo es el lavadero de un departamento del centro. Es un lugar mágico y ordenado que espera el desorden para crea nuevos sentidos. En el resto de la vivienda hay rastros de arte, de cholas en una calle en la Puna, de espejos de mil reflejos, de rostros enmarcados, entre ellos hay un Einstein en blanco y negro, con las sombras en una complejidad que asombra tanto que cualquier observador se inquieta y se acerca a ver el detalle de la composición. “Fue hecho para mi tío Daniel”, dice y se corta nuevamente en el recuerdo del profe Córdoba que justo su muerte casi fue en paralelo con la cuarentena de una pandemia que la hizo acelerar su formación, su práctica y su producción.


“Antes era muy difícil que den cursos on line, ahora todos lo hacen y eso me favoreció muchísimo. Usé la cuarentena para trabajar más en el arte y la muerte de Dani me hizo darle toda la carga emotiva a la obra. No sé si fue descarga, transferencia o qué; pero en todas mis obras siempre está mi tío y el acompañamiento de mi pareja que son el soporte necesario para que despliegue toda mi creatividad”, aseguró.
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