Salud mental, la pandemia futura

La Organización Mundial de la Salud define a la salud mental como el “estado de bienestar en el que la persona realiza sus capacidades y es capaz de hacer frente al estrés normal de la vida, de trabajar de forma productiva y de contribuir a su comunidad”.

Para el año 2030 el costo de las enfermedades mentales llegará a los 16 billones de dólares, algo más del 10% del PBI mundial. Los trastornos mentales se han convertido en la enfermedad no contagiosa más extendida en el mundo e incrementan el riesgo de otras dolencias. Estos trastornos, frecuentemente menospreciados o incluso ignorados, tienen una incidencia del 28 % y han superado al cáncer en el ranking mundial de enfermedades no contagiosas. Además, son causa del 14 % de las dolencias que se registran en otras especialidades en el mundo. El 90 % de las 800.000 personas que cada año se suicidan en todo el mundo presenta algún trastorno neuropsiquiátrico. 

Los trastornos mentales no sólo están descuidados, sino profundamente estigmatizados en nuestra sociedad. Las instituciones mundiales han hecho muy poco, por no decir casi nada para combatir esta cultura y esta oportunidad perdida. Combatir los problemas de salud mental es uno de los desafíos a los que se enfrenta la sociedad del siglo XXI. La psiquiatría y la psicología son las cenicientas de la medicina y de la salud pública. Socialmente, los trastornos mentales todavía representan un estigma vergonzante y los pacientes lo asumen como una suerte de culpa personal. Basta con mirar las condiciones en que se mantienen los hospitales psiquiátricos. 

Una de cada cuatro personas sufre un problema de salud mental por año, se produce una muerte cada 40 segundos debido a un suicidio, se espera que en los próximos diez años la depresión sea la segunda causa de discapacidad en el mundo (superando a los accidentes de tránsito, los accidentes cerebrovasculares y la enfermedad pulmonar obstructiva crónica), y siete de las diez enfermedades que mayor incapacidad causan en el mundo son psiquiátricas. 

Los trastornos mentales son el subgrupo más discapacitante de todas las enfermedades no transmisibles que supera ampliamente al de las infectocontagiosas y materno-infantiles y al de los accidentes y lesiones no autoinfligidas.

Entre los problemas mentales se cuentan trastornos como depresión y trastornos del estado de ánimo; trastorno bipolar; trastornos de ansiedad; trastorno de ansiedad generalizada (TAG); ataque de pánico; fobias; fobia social; trastorno por estrés postraumático (TEPT); trastorno obsesivo-compulsivo (TOC); adicciones modernas con o sin drogas: dependencia de las nuevas tecnologías y de las redes sociales; el desafío de la longevidad y el miedo al envejecimiento; la excesiva dedicación al trabajo; la compulsión a tomarse las selfies (“selfitis”), relacionado muchas veces con un intento de aumentar la autoestima y llenar un vacío de intimidad; tratamientos estéticos de dudosa eficacia, incluyendo las cirugías; la obsesión por las dietas restrictivas que pueden inducir anorexia o bulimia; la adicción a la actividad física (vigorexia); la llamada “binge-watching” (maratón para ver series en ciertas plataformas); trastornos asociados a déficits cognitivos y a enfermedades demenciales como la de Alzheimer.

La Argentina entra dentro de esa estimación, ya que solo el 1% del presupuesto se destina a esta área. A ello se suma que el 80% de las personas con algún trastorno mental grave no accede a atención alguna. La solución no es solo contar con mayor presupuesto, sino asignarlo adecuadamente y cambiar el modelo imperante. Hoy tenemos una atención individual, lo que vuelve poco eficiente el sistema. Para mejorar la calidad del servicio es necesario desarrollar un sistema comunitario con agentes sanitarios periféricos para llegar a una mayor cantidad de pacientes. Repensar el sistema de salud mental lo haría más eficiente y mejoraría la calidad de vida de la sociedad en general.

Según datos de la OMS el 25 % de la población mundial padecerá de algún trastorno psiquiátrico a lo largo de su vida. Esto implicará un fuerte impacto en la economía cuyo costo dentro de una década será de 16 billones de dólares, algo más del 10% del PBI mundial. El deterioro psiquiátrico de la población mundial se perfila como “la pandemia del futuro”, cuya gravedad plantea nuevos desafíos a la ciencia; el consumo de antidepresivos y tranquilizantes aumenta año a año y los psicofármacos en general son los medicamentos de mayor consumo global y más de 9 millones de argentinos los consumen; el gasto sanitario supera al del cáncer, la diabetes y las enfermedades pulmonares. 
 

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