Niños de chocolate, inocencia y esperanza aun en la pobreza

 

 

Isra Cinman
Consultor Estratégico Organizacional

Imposible abarcar con la mirada el Gran Valle del Rift, esa gran fractura geológica de casi 5000 km en dirección norte-sur. 
Estoy delante de la gran cuna, donde nació la evolución humana. Me acerco un poco más y la historia milenaria parece chuparme, hasta puedo escuchar cómo el viento en voz muy baja me susurra “Isra al África no se viene, al África se vuelve”.
Y como si fuera poco, el cerco para no caerte al túnel de la historia está realizado con los descartes de caucho para ojotas. Aquí se mezcla lo magnánimo con lo bizarro, mostrando que todo sirve para quien sabe observar lo importante como lo accesorio.
Aquí donde todo empezó y con absoluta humildad se encontró al niño del lago Turkana, el impactante esqueleto que pone a la historia en blanco sobre negro o mejor dicho en negro sobre blanco.
El niño de 11 años que existió hace 1,6 millones de años , el encuentro más relevante que nos hace refrendar que por aquí la humanidad tiene antigüedad de verdad.
En el sarcófago de vidrio se muestra ufano muy cerca de la réplica de Lucy, la otra niña de 3 millones de años encontrada en el mismo valle. Mirar estos antecedentes me llena de asombro y retumba con más fuerza “Al África no se viene, al África se vuelve”.
Esta África, que se la denominó así en latín y que significa sin frío; esta que tiene 54 países, 9 desiertos, 1500 lenguas, con el cementerio de barcos de más de 300 moles herrumbradas, aquí están los 10 países más pobres del planeta, pero también la imponente Johannesburg literalmente edificada sobre el yacimiento de oro más grande jamás visto.
Mientras miro los restos del niño de Turkana pienso que un país escribe su futuro con la vida de sus niños e inmediatamente voy a visitar a Sister Consolata con sus niños de chocolate.
La sister tiene una sonrisa exclusiva que se escapa de una mandíbula heredada de aquellos tiempos, sus dientes son un manojo de inmensos granos blancos de maíz, sus pupilas reflejan niños aun cuando no están, sus manos negrísimas hacen palomas en el aire que revolotean anticipando abrazos, y con el permanente karibu de hospitalidad absoluta da la bienvenida como una larga alfombra que te lleva a los 90 niños que todos los días llegan a recibir una oportunidad de dignidad.
Están sentados sobre la alfombra que representa su sala, pues en la otra alfombra están los de la otra sala, pero todos están en la misma sala. La sister les cuenta de Argentina y con sus manos pintoras hace aviones mientras los niños de chocolate abren sus ojos asombrándose de los asombros de la monja.
Saludan con un estridente ¡¡¡Buenos días!!! y se abalanzan a jugar. Hoy hay visita y todo está totalmente permitido. Salimos al patio de la roja tierra gastada, me llevan, siento en cada uno de mis dedos una mano, ellos son los anfitriones y como buen huésped me entrego a sus invitaciones.
Alisa (la más bella, en suajili) no tiene uniforme, luce un deslucido vestido como de mamá Noel, me clava su mirada y con un gesto ajeno a mi entendimiento hace poses de televisión, mientras despeja a sus compañeros que quieren sacarle protagonismo. Me quedo con ella mientras sigue copiando con su diminuto cuerpito imágenes de televisión. Es toda una actriz buscando su minuto de fama y cumplir con el nombre predictivo que le pusieron, como a todos los niños, en el idioma milenario.
Imano (el líder) y Kabwe (el bendecido) tampoco tienen uniforme, me cautivan por eso, me arrastran hasta el tobogán. Imano se tira sin miedo y cada bajada es distinta, mientras me mira de reojo mostrándome su coraje. Su mirada es poderosa y sostenida, es el único que vuelve y vuelve a tirarse, escalando por el mismo tobogán evitando la escalera y volviéndome a mirar como diciéndome “voy a contramano y seguro que seré diferente”.
Kabwe, en cambio, tiene una mirada tímida, hasta miedosa, su ropita raída muestra el intenso uso. Por el agujero de la zapatilla su dedo juega a la escondida, quiere que lo sostenga, no sé si para contenerlo o para recibir contacto. Lo miro, lo abrazo y justo antes de propulsarlo, Imano se pone delante de él, hago que se tiren los dos, “el líder y el bendecido”... llegan al final, lo tomo a Kabwe y en un acto de absoluta dictadura lo subo y hago que se tire solo, ante la mirada de Imano, que me mira y se va a jugar a otra cosa, seguro preparando algo próximamente.
Nos abrazamos con Kabwe y le enseño a hacer la “V” de la victoria, nos reímos los dos mientras un enjambre de compañeritos empiezan a hacer la “V”.
Otra chocolatería humana. Me llevan a una ronda, la vamos haciendo cuando de repente, deliberadamente, hago un cambio de dirección y ellos se quedan por segundos quietos, pero con un coro de carcajadas aceptan el cambio, me alegra inmensamente.
En el suelo está Zanduri (la hermosa niña) con su vestimenta azul, acostada sobre los ladrillos. Me acerco y apenas se da cuenta que estoy por sacarle una foto. Inventa con sus piernitas cruces alegres con gestos únicos y una sonrisa haciendo gala de su nombre original. También Tendaji (la que hace que las cosas sucedan), enfundada en su traje tribal, acerca los regalos por visitarlos.
De repente siento que me choca una rueda, miro y era él, el intrépido Imanu que con su mirada rebelde, que me encanta, me desafía a jugar a las carreritas.
Nos ponemos en línea de largada y con otro montón de chocolates con patitas nos lanzamos en una carrera desaforada. Dejo que me ganen, pero siento en lo más profundo de mi que yo no perdí.
Los desafío a conectarse con la victoria, lo busco a Kabwe y con él enseñamos a los demás a celebrar con el símbolo mundial del logro, la “V” de la victoria. Les recuerdo también que es la “V” de su lago más importante, el Victoria. Se enganchan a hacer la “V”, algunos no pueden, les ayudó, acomodando sus pequeñísimos dedos. Algunos no podrán, lo sé, y me llena de angustia. Los saludo con la “V”, busco la mirada de Kabwe, le guiño el ojo, se ríe tímido, pero ya está a su lado, abrazándolo, Imanu... me voy tranquilo, hay futuro. Me ganaron con la rueda... pero yo no perdí.
Me voy a ver otros niños de chocolate en el orfanato de la villa más populosa del mundo. Más de un millón de almas que “viven” con menos de un dólar por día. 

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