Los ríos profundos de Julio Cortázar

A causa de una grave enfermedad, el 12 de febrero de 1984, moría en París el escritor que más había influido en los jóvenes de las décadas de los 60 y 70: Julio Florencio Cortázar, nacido en Bruselas, de padres argentinos, el 26 de agosto de 1914. Descansa en el cementerio de Montparnasse, cerca de Baudelaire y César Vallejo, otro hijo de nuestra América que murió también en París.

Una polémica determinante

En el número 45 de la revista Casa de las Américas, aparece una carta abierta de Julio Cortázar (1914-1984) al presidente de esa institución, el poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar (1930-2019), quien lo había invitado a escribir en la citada publicación. El texto trata el papel del intelectual latinoamericano en esa instancia crucial del continente. La visión de Cortázar transciende lo nacional y estrictamente latinoamericano desde una mirada cosmopolita y universal, despojada de telurismos y localismos. Esta carta, fechada el 10 de mayo de 1967, es rescatada también en Fervor de la Argentina de Fernández Retamar, editada por Editorial Colihue de Buenos Aires en 1993.

Desde el registro apelativo del texto epistolar, Cortázar se asume como latinoamericano y argentino desde un lugar amplio y cosmopolita. Esta posición produjo la reacción de los defensores de la identidad latinoamericana y de las corrientes de la literatura indigenista, encabezados por el peruano José María Arguedas. Se entabló entonces una gran disputa que duró un par de años (1967-1969) entre los dos escritores. Desgraciadamente, la aguda depresión y melancolía del autor de Los ríos profundos y Todas las sangres culminó con su suicidio en diciembre de 1969, lo que causó gran pesadumbre en Julio Cortázar. Si bien es cierto que la dialéctica de la historia de la literatura y la realidad social han superado (no totalmente) la problemática que enfrentó a ambos creadores, creemos que las raíces latinoamericanas de Julio Cortázar, tan profundas como las de Arguedas que pertenecía a viejas familias criollas del Perú, explicarían en gran medida el acercamiento del autor de Rayuela a la Revolución Cubana, a su compromiso con América Latina y con los movimientos libertarios del continente.

¿Y cuáles eran esas raíces hondamente latinoamericanas? Cortázar siempre destacó la identidad europea e inmigrante de su familia materna, pero poco dijo de sus ancestros paternos, enraizados en una de las familias más tradicionales y antiguas de la Argentina y América del Sur: la familia salteña Arias Rengel. Efectivamente, el padre de Julio había nacido en Salta, ciudad del noroeste argentino, escenario de las guerras de la Independencia, muy conservadora y tradicional, y era hijo del inmigrante vasco Pedro Valentín Cortázar Mendioroz y de doña Carmen Arias Rengel y Tejada, cuyos antepasados se remontan a tiempos de la conquista y del Virreinato del Perú.

El padre de Julio era hermano del padre del folklorólogo Augusto Raúl Cortazar (sin tilde pues este estudioso, profesor de la Universidad Nacional de Buenos Aires y distinguido filólogo rechazó la marca suprasegmental del acento por considerar que en la lengua vasca no corresponde). Este linaje fue notablemente negado por el escritor argentino por razones que tienen que ver con los recuerdos amargos de la infancia, ya que su padre los había abandonado, a su madre, a su hermana y a él. Julio tenía seis años y su hermana solamente cuatro, cuando Julio José Cortázar los dejó para irse con otra mujer. Sólo una o dos veces, Julio volvió a encontrarse con él.

Las raíces latinoamericanas de Cortázar tal vez expliquen algo de aquello reprimido que causara sus fobias y su angustia juvenil, y paradójicamente, su toma de conciencia y su decidida adhesión a los movimientos de izquierda en defensa de los oprimidos de América.

La novela familiar

Los hitos de la vida de Julio Cortázar son muy conocidos, su nacimiento, por razones circunstanciales, en Bélgica, el 26 de agosto de 1914, el retorno de la familia a la Argentina cuando él tenía sólo cuatro años, su temprana afición a la lectura y a la escritura, su vida en Banfield, junto a su madre y a su única hermana, Ofelia (Memé), que lo sobrevivieron, ya que María Herminia Descotte de Cortázar falleció en 1991 y Ofelia Cortázar en 2000. Se crió y se educó en el ámbito de una familia de clase media, con estrecheces económicas, mayormente sorteados por una madre culta, que hablaba varios idiomas y daba clases, y que de ese modo pudo superar el abandono de su marido, Julio José Cortázar*.

En su literatura y en sus declaraciones leemos: clase media, Colegio Nacional, (como él mismo alude en Un tal Lucas), una tía soltera, la abuela, la hermana, y una constante: tristeza y soledad, lo que tan bien se recrea en ese cuento magistral que es "Final del juego". Como casi todos los niños argentinos de la época, cursó los estudios primarios en una escuela pública de Banfield, el secundario en la Escuela de Profesores Mariano Acosta de Buenos Aires donde se recibió de Maestro Normal y Profesor en Letras.

Luego vino el ejercicio de la docencia primaria y secundaria en pueblos de la provincia, como Chascomús, y posteriormente en la Universidad de Cuyo donde dictó literatura francesa. Un primer libro de poemas con el pseudónimo Julio Denis, "Presencia" en 1938, anunciaba su elección definitiva por la literatura.

Los primeros cuentos: "Casa tomada" publicado por Jorge Luis Borges en la revista "Anales" en 1946, y que formará parte de "Bestiario" publicado en 1951. Su rechazo al peronismo, lo que lo llevó para siempre a Francia.

 Llegaron los éxitos de “Final de juego”, “Las armas secretas”, “Los premios”, “Historia de cronopios y de famas” y por fin de esa obra fundamental de la literatura del siglo XX, “Rayuela”.
Todos admirábamos a Cortázar. Adivinábamos a nuestros amigos en sus personajes, algunos eran la Maga, otros Horacio Oliveira (“Del lado de allá”) o Talita o Traveler (“Del lado de acá”), lloramos cuando él partió en su viaje final, luego de que su segunda esposa, la escritora, traductora y fotógrafa norteamericana Carol Dunlop, muriera dos años antes. Los dos descansan ahora en Montparnasse.
Pero antes de ese febrero de 1984, muchos años antes, en 1961, Julio Cortázar había viajado a Cuba.
Entonces abrazó los principios de la revolución. Viajó otras veces a la isla y fue jurado del Premio Casa de las Américas en 1963. Desde entonces sus libros fueron distintos: “Todos los fuegos el fuego”, “La vuelta al día en ochenta mundos”, “62/ Modelo para armar”, “Último round”, “El libro de Manuel”, “Deshoras”, “Queremos tanto a Glenda”, “Un tal Lucas”, “Octaedro”, “Nicaragua tan violentamente dulce”, “Los autonautas de la cosmopista”, escrito con Carol Dunlop. Sus viajes a Cuba y a Nicaragua lo situaron como a uno de los intelectuales más comprometidos por las causas emancipadoras.

Las fobias, lo siniestro

Puede decirse que luego de “Rayuela” (1963), hay una inflexión en la producción cortazariana.
En un primer momento, sus magníficos cuentos y novelas como “Los premios” y “El examen” (esta última publicada póstumamente por Aurora Bernárdez, albacea de su obra hasta su muerte en 2014), los cuentos de “Bestiario”, de “Final del juego”, “Las armas secretas” donde lo siniestro aparece mostrando el rostro de lo oculto y perturbador.
Los animales domésticos, los insectos, las bestezuelas de los cuentos infantiles, el hogar se cargan de eso que Freud llama en alemán “unheimlich”, antónimo de “heimlich” que es lo familiar. “Unheimlich” sería lo familiar que se torna (o retorna) como perturbador y extraño, no domesticado, en suma: lo siniestro. Desde la falta del padre, el deseo del hijo intenta saldar una cuenta pendiente y, para ocupar ese lugar vacante, construirá una novela familiar que será la novela literaria de Julio Cortázar: sus cuentos, sus poemas, sus novelas. A partir de su particular neurosis (fobias, hipocondría, etc.) Cortázar elaborará esa novela familiar y modelará sus fantasías en forma de textos literarios.
Unas pocas cartas muestran la relación de Julio Cortázar con su padre, el salteño Julio José Cortázar, una relación truncada y defectuosa que deja al descubierto muchos interrogantes. Su entramado familiar explicaría en gran medida la actividad diplomática de Julio José Cortázar en Europa, ya que en aquellos años gobernaba el país Roque Sáenz Peña (1910-1914) y su vicepresidente, el salteño Victorino de la Plaza, quien asumió la presidencia desde 1914 a 1916, a causa de la enfermedad y muerte de Sáenz Peña.
Eran épocas de un conservadorismo moderando que desembocaría, gracias a la Ley de Sufragio Universal o Ley Sáenz Peña, en el primer gobierno radical de Hipólito Yrigoyen. 
Si la primera etapa de la producción cortazariana tiene que ver con el síntoma (neurosis, fobias, enfermedades), la segunda etapa (luego de abrazar la causa de la revolución cubana y más tarde la nicaragüense) tiene que ver con la reflexión sobre el acto de escribir, el azar del texto literario, el juego vertiginoso y final, eso que ya no puede ser ordenado, “literatura de goce”, o sea lo que está más allá del placer, como señala Roland Barthes. 
Literatura de goce: un golpe sobre la literatura de placer. Cortázar ejercita la escritura del malestar, de la provocación al lector, dejándolo asombrado, incómodo, sin preconceptos ideológicos o estéticos, sacudido y desprotegido ante lo real.

Crónicas periodísticas

El texto compromete al lector en su armado, con fotografías, poemas, micro-relatos, micro- ensayos, noticias y crónicas periodísticas, capítulos que luego serán secuencias que los lectores deberán ordenar (“62/Modelo para armar”, “Último round”, “El libro de Manuel”), libros que, desde “Rayuela”, fueron cuidados en su traducción y distribución en Europa y los Estados Unidos por su pareja, la escritora lituana Ugné Karvelis, editora de Gallimard.
Dice la escritora cubana Fina García Marruz:
“¿Cuándo te conocimos? Fue por los primeros años de la Revolución. Tú tenías ya un nombre “sólidamente cimentado”, como dicen los que no oyeron a Keats, que escribió su nombre sobre el agua. Y lucías mucho más joven de lo que eras, y yo temía siempre que algún indiscreto fuera a recordar lo de “El retrato de Dorian Gray”, que era un joven disoluto y no un maduro juvenil como vos. (revista Casa de las Américas, julio-octubre, 1984).
.

Últimas Noticias

Últimas Noticias de opiniones

Sección Editorial

Comentá esta noticia

Importante ahora

cargando...