Desde mi paisaje, el lugar donde vive el yo interior, describo sus formas y sus secretas vivencias. Este cuerpo, formado por materia orgánica, tiene partes sólidas y una espesura importante de líquidos. Es compuesta esta anatomía, porque así me lo enseñó la anatomía, palabra que proviene del griego y significa disección o separación supuesta de las diferentes partes del cuerpo.

Porque la palabra entre los griegos dibujaba la verdad de la realidad. Al ser compuesto es porque puede descomponerse y esto se nota claramente cuando él deja de existir. Porque los tres estadios de un período único que abarca toda la actividad física, pasan por el nacer, el vivir, el morir o transformarse. Meditar sobre estos temas, es como entreabrir la puerta del laboratorio donde la naturaleza mezcla elementos, pero a pesar de todo, estamos lejos de conocer todos los cuerpos naturales y sus combinaciones.

Dentro de nuestro ser, hay una figura apagada, cubierta de polvo y de virutas. Allí están las herramientas: la bigornia, el martillo, las pinzas, las tijeras, las tenazas, moldes y los útiles rudos del poderoso metalúrgico o alquimista, que todo lo transforma.

Cuando nuestros ojos salen de la penumbra, nacen para nuestro entender las cosas del mundo circundante, porque es un sentido altamente vinculante. La sangre es un cauce que trabaja, circula por el sistema vascular con su fluido líquido fibroso que lleva tres clases de corpúsculos: los glóbulos, los leucocitos y las plaquetas.

Recorre todo el cuerpo por caminos venosos, entubados llevando los minerales, los alimentos y el oxígeno necesario a cada parte. Cada porción geográfica de esta anatomía recibe su beneficio, para que el hombre poseedor de ese cuerpo siga desplegando con su vida la energía permanente.

Cada porción de esta máquina humana tiene su paisaje y produce sus milagros. La garganta, por ejemplo, la parte anterior del cuello, trabaja con el paladar, la laringe y el esófago, para recibir la comida y la bebida que ingresa por la boca y también para nutrirse con el aire que los pulmones reclaman. Por allí también están las cuerdas vocales que administran los aires, el canto y la palabra.

Esa palabra que expresa realidades y se ha modificado en los siglos conformando los idiomas culturales. Desde ese íntimo rincón sin sombras, el hombre edifica su vida interior a la que alimenta con el bagaje que le llega del mundo exterior. La materia carnal mueve valores de laboratorio, y almacena saber, amor y fuerza.

El cerebro, el capitán de la vida, tiene lugar para gobernar el cuerpo y las emociones. Allí está la memoria, la voluntad, la inteligencia, la pasión, que se mueven por la carne en un laberinto de asombro donde se percibe, las acciones del alma y del cuerpo.

La persona fusiona las energías y la fuerza con el carácter que baja desde el cerebro por el sistema nervioso, por las fibras musculares, que se expresan por la escultura natural de la anatomía. El centro de uno mismo, rincón íntimo, donde se irradian las señales que asoman al balcón exterior.

Un mundo de fragancias se mezcla con los sentimientos que caracterizan a las personas. Los elementos periódicos de la química, están presentes con todos los valores y la alquimia de los sabores selecciona los brillos y las sombras, en un viaje tan solo, silencioso y profundo. En la mente surgen palabras, pensamientos, como un viento vienen hacia la luz por la expresión oral.

Los paisajes interiores salen con sonidos, vibraciones y cruzan por los aires para llegar a destino. Una música de fondo produce una danza constante en el sistema nervioso que mueve todo el andamiaje.

 

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