Una conspiración constitucional

“... Se trata de hombres de diversas estirpes, que profesan diversas religiones y que hablan en diversos idiomas. Han tomado la Extraña resolución de ser razonables. Han resuelto olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades”. (Los Conjurados, Jorge Luis Borges, 1985).

 Este 2020 va a ser recordado por todos. Después de las elecciones de 2019 y las transiciones de gobierno, tanto a nivel nacional, provincial y municipal, todos avizorábamos que el 2020 iba a ser un año difícil y pocos eran los optimistas. El COVID-19 vino lamentablemente a coronarse como protagonista fatal para la tormenta perfecta.
Pero es una obligación no perder las esperanzas. Tiempos de milagros y de primaveras, de renovaciones y florecimiento. En septiembre 2020 la fe y la naturaleza parecen complotarse para decirnos algo. Un mensaje, un llamado.
Jean-Luis Chrétien, filósofo y poeta canadiense, escribió “La llamada que nos llama, es promesa que nos sostiene. A las cosas podemos llamarlas bellas, porque nos llaman y nos vuelven a llamar. La llamada de lo bello nos llama a nosotros mismos hiriéndonos en el corazón” (La llamada y la respuesta, 1992).
Somos conscientes de que no es extraño para los salteños recurrir a la religiosidad, el amor, la familia, los amigos, la naturaleza y/o al arte para colmarnos de belleza, paz y así poder luego retomar con fuerzas nuestro camino en la vida, a veces tan duro y cuesta arriba, respondiendo a esa llamada que la vida nos hace.


Tampoco nos parece extraño que ya sean pocas o nulas las esperanzas del pueblo argentino en lo que haga su clase gobernante. La pandemia ha profundizado esta grieta, existe un abismo entre los ciudadanos y sus representantes. La palabra política parece haber perdido toda la belleza que encontrábamos cuando nos evocaba vocación, entrega y servicio por la cosa pública. Peleas, hechos de corrupción, discusiones, idas y venidas, chicanas, suposiciones, trascendidos, confrontaciones de gobiernos nacionales con provinciales, estos con sus municipios e incluso disputas entre provincias; intromisiones de un poder sobre otro, reclamos por reformas judiciales o advertencias de impunidad, inseguridad jurídica, estrategias para controlar la justicia o lawfare; amenazas, peleas con periodistas, acusaciones de persecución, y hasta anuncios de peligro por “posible” golpe de estado expresado por un expresidente de la Nación. Todos estos, y muchos más incluso, son ingredientes del amargo caldo político que se cocina todos los días a fuego lento.
Mientras tanto, los ciudadanos absortos observan aún sin poder creer cómo, las personas que encarnan nuestras instituciones, no se animan a transitar sin hacer trampas, el juego republicano de control y equilibrio de poderes reglamentado, tanto por la Constitución Nacional como provincial.
Borges escribió Los Conjurados inspirado en la historia del Pacto Federal (Bundesbrief, en alemán), origen de la Alianza eterna o la Liga de los tres cantones del bosque, considerado uno de los orígenes de la actual Suiza, una de las patrias del escritor argentino. Se lo define como un tratado de asistencia mutua entre los distintos poblados vecinos, e incluso también se esboza una suerte de código penal. También preveía que, en caso de surgir un conflicto entre comunidades, “los confederados más sabios deben intervenir como mediadores para solucionar las diferencias”. Quienes firmaron ese acuerdo recibieron el nombre de “conspirati o coniurati”, de ahí el título que recibió la última obra borgeana. Estimulado por la historia suiza, el relato encarna su deseo de paz y progreso para todo el mundo, especialmente para Argentina.
En tiempos difíciles, de conflictos y graves incertidumbres, solemos dudar de todo. Cada gobierno que empieza, encara similares crisis y problemas, probando distintas recetas o antídotos, pretendiendo cambiarlo todo, apoyándose más en sus intuiciones personales que en las instituciones, derechos y garantías constitucionales. Juan Bautista Alberdi, en su Sistema Económico y Rentístico de la Confederación Argentina, escrito en 1854, ya advertía que “la Constitución argentina, como todas las conocidas en este mundo, vio el escollo de las libertades, no tanto en el abuso de los particulares, como en el abuso del poder. Por eso fue que antes de crear los poderes públicos, trazó en su primera parte los principios que debían servir de límite de esos poderes. Primero construyó la medida y después el poder. En ello tuvo por objeto limitar, no uno sino los tres poderes y de ese modo el poder del legislador y de la ley quedaron tan limitados como el del Ejecutivo mismo”. La profusión de DNU, reglamentaciones, leyes de emergencia, resoluciones, acordadas, etc. es proverbial como forma de gobierno, tanto nacional como provincial, vulnerando a diario nuestro orden constitucional, postergando para nunca el cumplimiento del pacto social. Parece increíble incluso que, en medio de la desesperación por la que transitan tantas familias, se continúe instalando la necesidad de reformar la Constitución provincial, pero poco y nada se pregona para empezar a respetarla. Quizás septiembre sea el tiempo para quienes conforman la clase política escuchen el llamado de Alberdi, Borges y Chrétien, eviten los atajos y con valentía renueven el pacto de respeto a nuestras constituciones, de proteger nuestras instituciones, admitiendo el lugar y rol que ocupa cada una, reconociendo que los controles y contrapesos propios de la vida republicana, fueron ideados con la finalidad de auto limitarnos para poder ser razonables, justos y vivir en paz.
Como sentenció Borges en su genial obra: “Acaso lo que digo no es verdadero; ojalá sea profético”.-
 

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