Gustavo “Cuchi” Leguizamón, y el arte de enseñar con humor


Aquella mañana, nuestro profesor de Historia o Literatura, don Gustavo Leguizamón acariciaba el piano con una mezcla de pasión y ternura. Al ritmo de lo que interpretaba, inclinaba la cabeza mientras de tanto en tanto fijaba sus ojos en el techo del salón oval del Colegio Nacional. Sus alumnos escuchábamos en silencio las melodías que extraía del “cuero i’cebra” como a veces llamaba al teclado. Es que para esas circunstancias habíamos aprendido a guardar silencio, no por las amonestaciones o retos que nos podía dar, sino por temor a los apodos que solía poner en esas circunstancias, con un increíble acierto.
Y si cuando tocaba el piano, a su alrededor crecía el murmullo de los “badulaques”, de improviso se ponía de pie, miraba a su alrededor, ubicaba al parlanchín con admirable puntería y a voz de cuello le decía: “Caballo cansao, hacé silencio pué”. O “piola nueva”, “hormiga parada”, “perro criollo”, “cola i’perro”, “cuchillo hallao”, “cuchi con sueño”, “sombrero i’fierro”, “cara i’guagua”, “frente i’perro”, en fin, un sinnúmero de apodos que le salían como chispazos y que, no bien los lanzaba, causaba la consabida hilaridad de los presentes. Eso era lo peor que nos podía pasar: que nos emboque un mote y que, de golpe y porrazo, nos transformemos en el hazmerreír del curso. La mayoría de sus alias pasaban al olvido no bien trasponíamos la puerta del colegio, pero otros eran para siempre, como en mi caso.
Seguramente, no faltarán quienes quieran ajusticiar al “Cuchi” por lo que aquí cuento, pero tendrán que entender que eran otros tiempos y que los sobrenombres y apodos que ponía nunca fueron más allá de la broma y del sentido del humor de hace casi sesenta años. No conozco una sola “víctima” del profesor Gustavo Leguizamón que no le guarde un profundo y sincero afecto. Y así fue que cuando hace unos años, los egresados del Nacional de 1963 debimos elegir un profesor para que nos diera la clásica cátedra de las Bodas de Oro. La inmensa mayoría lamentamos no contar con la presencia del “Cuchi” Leguizamón. Algunos hasta llegamos a imaginarlo frente a la clase, escrutándonos manos en los bolsillos mientras hablaba de Historia, Literatura o de la conocida clasificación que hacía de los “opas” salteños, oriundos o exóticos. Y explicándonos con su incomparable gracejo, las diferencias entre el “oparrón” y el “opastro”, entre el “opopa” y el “opa ilustrado”. Diferenciando con nitidez admirable al “opa pícaro” del “malicioso”, y al criollo del importado. 
Y cómo olvidar su tesis sobre el “opístico” microclima del Valle de Lerma: “Aquí en Salta -decía- hasta el más pícaro de los recién llegados, a poco se pone opa. Les agarra por el folclore, por el perro pila, por andar a caballo moliéndose el traste y comprarse un bombo en Lorenzo Coro. Entonces sí, desorejados y todo, cantan, cantan y cantan como unos badulaques”.
Y, para rematar el tema, a muchos de sus alumnos nos hubiese gustado que el profesor Leguizamón se explayara sobre la vigencia en Salta del célebre “Estatuto del Opa” que, según decía, surgió cuando un célebre fiscal que, debiendo defender los intereses del Estado salteño, sacó a relucir un dictamen en contra de la provincia. Y cuando se le preguntó las razones de tamaño proceder, lo más ufano respondió: “No mi dau cuenta”. Ante esto, Leguizamón exclamó: “Listo el pollo, ya se ha acogió al Estatuto del Opa:‘no mi dau cuennnnta’”.
También nos hubiese gustado que hablara del duende del campanario de Cerrillos, pueblo donde pasaba sus vacaciones de niño. De ese “petiso sombrerudo y botudo” que les había enseñado a tocar las campanas a él y a su hermano “Zapallo”.
Nos hubiese gustado que nos volviera a contar sobre aquel concierto de campanas y silbos de locomotoras del año 1963, y que solo a él se le pudo haber ocurrido dirigir, reloj en mano y parando la oreja, desde una esquina de la plaza 9 de Julio. También del “caballo i’palo”; del orfeón de sapos que armó en Cafayate con seleccionados anuros calchaquíes y los llevados desde la finca del “Poncho” Marrupe. O sobre sus observaciones y diferencias entre los cantos de las aves del sur y las norteñas. “No canta igual -decía- un chalchalero de la quebrada de San Lorenzo que un pampeano. Tampoco el quitupí sureño, que allá en su canto dice “bicho feo”, es como el de aquí que engola una tonada más amable y guaranítica. Además, nuestro quitupí es meteorológico, pues siempre anuncia el fin de una terrible tormenta de verano. Y lo hace cantando y aleteando en lo alto de su nido”. 
En fin, a veinte años de la muerte de este eximio músico, compositor y profesor del Colegio Nacional, nos hubiese gustado poder preguntarle un montón de cosas: del carnaval de La Poma donde, junto a Manuel J. Castilla, conoció a Eulogia Tapia; y también del nacimiento de algunas de sus innumerables creaciones, como las zambas del Silbador, Aveloriado, Balderrama, Pañuelo, Carnaval, Juan del Monte (zorro), Carnavalito  del Duende, Chacarera del Expediente y tantas otras.  Como dice una trillada frase, Gustavo “El Cuchi”   Leguizamón no ha muerto. Vive cuando alguien entona o silba   una de sus zambas, cuando los viejos cuentan las hechurías de los duendes bajo las higueras o cuando de noche, en una acequia bajo los serenos, sapos y ranas inician el concierto nocturno del apareamiento. Ahí, seguro que está el “Cuchi” Leguizamón, sentadito, oreja parada, urdiendo su  penúltima zamba.

 

 
 

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