“Cuando volví de la Antártida me dije: ¿a qué lugar llegué?” 


Hace poco más de un mes terminó la campaña antártica 2019-2020 y con ella el primer salteño en ser jefe de la Base Marambio, el comandante Roberto Saravia, finalizó esa tarea. Estuvo al mando de esa base antártica en un tiempo en el que pasó de ser despedido por su familia y amigos compartiendo mates y abrazos, y regresó a un mundo de distancia social, barbijo, saludos sin besos ni abrazos, y temor a lo invisible: un virus. 
Ahora, instalado en Río Cuarto junto a su familia y a días de trasladarse a Córdoba donde asumirá como jefe del grupo de aspirantes de la Escuela de Suboficiales Córdoba, el comandante Saravia contó cómo la pandemia en el continente blanco fue algo doloroso pero lejano gracias a una burbuja que los países organizaron para que la enfermedad no llegara a ese continente. 

¿Cómo fue la cuarentena en la Base Marambio? 

Nosotros la veíamos por televisión porque allá, en el continente antártico, no hubo casos de coronavirus mientras estuvimos nosotros de campaña. Apenas apareció el tema de la pandemia recibimos instrucciones del Ministerio de Defensa y del Estado Mayor Conjunto para cuidar el estado sanitario del personal que estaba en la Antártida. Si llegaba a entrar el virus, por ahí la situación para evacuar a una persona se podía complicar por un tema meteorológico. Nosotros en diciembre tuvimos todo el abastecimiento a través del rompehielos Almirante Irízar, víveres, combustible, materiales de construcción, todo lo que se necesita para pasar el año, la campaña. No hubo inconveniente logístico en ese aspecto. Sí nos afectó la suspensión que dispuso el Ministerio de los vuelos de los aviones Hércules, que se hacen cada mes o cada 40 días. Son vuelos logísticos antárticos que llevan algún material que haga falta urgente. Tampoco durante tres meses se hicieron los vuelos que conectan Marambio con otras bases argentinas y extranjeras. Después, cuando se confirmó que no había ningún caso pudimos restablecer esos contactos. 

Y en lo personal ¿cómo vivió esta experiencia? 

Bueno, para mí esta fue la segunda campaña antártica, la anterior fue 2012-2013, y fui como segundo jefe de la base Marambio. Así que uno ya tiene experiencia no solo en conocer la parte climática y el terreno, sino también lo que es vivir en el aislamiento. Esta vez, a diferencia de la campaña anterior, con la tecnología, la comunicación con la familia fue mucho más fácil. Es más, recuerdo que en la campaña anterior había un teléfono público que ahora en esta campaña ya no estaba más. Hoy en día, los celulares modernos o internet con la computadora alivianan bastante. 

 

¿Le afectaba la lejanía con su familia ante la pandemia? 

Sí. Antes la preocupación era de la familia por nosotros que estábamos lejos. Que estuviéramos bien, que estuviéramos bien alimentados, se preocupaban mucho por el frío. Ahora se invirtió la ecuación y nosotros estábamos más preocupados por la gente que estaba en el continente. Yo hablaba con mi señora o con mis hijos y les decía: ‘Cuidensé, usen el barbijo, el alcohol en gel’. Por suerte en mi familia ninguno sufrió de coronavirus, pero si se contagiaba alguien del núcleo familiar y uno está lejos, no puede hacer nada, y esa era la principal preocupación de los que estábamos allá. 

¿Qué sensación es esa?, ¿preocupación, ansiedad, desesperación?
 

 No, no... preocupación, preocupación. Porque si a un familia le da coronavirus y uno está lejos, volver desde allá es complicado. Por eso es importante que cuando se selecciona la gente para ir a la Antártida, hacemos un psicofísico estricto no solamente en la parte física sino también psicológica para ver que el hombre o la mujer que vaya a la Antártida pueda soportar ese aislamiento. 

¿Le tocó contener a alguno de los efectivos porque tenía algún familiar contagiado? 

A uno de los oficiales que también es de Salta, el primer teniente que estaba a cargo de Abastecimiento, Nicolás Muñoz. La señora trabaja en el ámbito sanitario y tuvo coronavirus, pero por suerte nosotros le brindábamos el apoyo y no fue grave, no tuvo complicaciones. De Fuerza Aérea, que es donde él está habitualmente en la Séptima Brigada, en Moreno (Buenos Aires), le brindaron todo el apoyo al grupo familiar, los traslados para los controles, etc. Así que en ese sentido estuvo respaldado. 

¿Cómo hicieron con los vuelos de los Hércules? 

Se suspendieron. 

¿Completamente? 

Completamente. Nosotros no tuvimos vuelos. Recién en junio había que hacerle una inspección a la aeronave que tenemos en Marambio, y tuvo que venir un grupo de inspectores. Ellos hicieron cuarentena en Río Gallegos, se hicieron un hisopado y recién cruzaron. Cuando llegaron a la base Marambio no estuvieron con nosotros conviviendo, sino que les preparamos otro alojamiento, así que estuvieron alejados. Cuando fue el Hércules, la tripulación no bajó del avión, y la carga se desinfectó. Obviamente toda la gente que trabajaba con la atención del vuelo, estaba con la vestimenta necesaria: barbijos, guantes, unos cobertores que van arriba de la ropa y que son descartables. Todo para minimizar la entrada del virus. Una vez que se bajaba la carga, no disponíamos de forma inmediata de ella, sino que quedaba guardada una semana en Abastecimiento y recién podíamos acceder a ella. 

Usted fue ascendido a comodoro ¿Qué siente después de este año en la Antártida y este ascenso? 

Profesionalmente llegar al grado de comodoro es una satisfacción dentro de la carrera de cada uno. Es un cargo que tiene que ser aprobado de acuerdo a la Constitución Nacional, por el Congreso de la Nación. Uno ya entra en la etapa final de la carrera y empieza a hacer un balance de lo que fue la vida en el ámbito militar, no solamente en lo personal sino también en lo familiar, porque nosotros sin el apoyo de las familias, se hace muy duro. 

Y me imagino que su familia está orgullosa de usted... 

Tengo dos hijos, María Candelaria y Francisco. Ellos están orgullosos del padre como yo estoy orgulloso de ellos. 

¿Qué siente cuando mira para atrás y dice ‘2020’? 

Un año totalmente atípico, no solo a nivel personal, a nivel país, a nivel mundial. Nos modificó la vida a todo el mundo. Ahora todos estamos con la esperanza de la vacuna... Y sí, fue un año muy duro, como digo, para nosotros fue una situación muy particular porque todo lo veíamos a través de las noticias, de lejos, pero cuando volví de la Antártida y llegué a Buenos Aires, tener que usar el barbijo, la forma de saludar, tener que mantener la distancia, es como que a uno le choca y lo golpea y me dije: “¿a qué lugar llegué?”. Allá se compartía el mate, porque estábamos seguros, no había ningún caso, hacíamos la vida normal que se hace en todas las campañas. 

Fue un año, al menos, intenso, pero para usted cerró bien. 

Mire, una parte importante para el hombre que va a la Antártida es que la gente de nuestro país no conozca la Antártida a través de un mapa, sino que sepa que es un esfuerzo grande que hace la Argentina para tener bases en la Antártida. Es el país que más bases tiene, son 13 en total. Tenemos la única base con familias, con una escuela. De nuestra existencia como país independiente, la mitad de esa vida la Argentina la tiene con actividad antártica, y dentro del contexto de las naciones con actividad antártica, la Argentina pisa fuerte, tiene su propio peso específi co. Como será que la Secretaría Permanente del Tratado Antártico está ubicada en la ciudad de Buenos Aires. Eso es lo que queremos transmitir a todos los argentinos.  
 

 

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