Corriendo hacia la  oscuridad

Vivimos en un mundo híperconectado en el que impera una llamada "democratización de la información" y donde casi todo queda visible (transparente se dice ahora) en tiempo real.

No deja de ser paradójico que, mientras esa información fluye libre y sin restricción alguna, al mismo tiempo, seamos cada día más ignorantes y abracemos gozosos nuevas formas de oscurantismos. De dogmas más propios de la Edad Media que de una civilización que ha emergido fruto de la Iluminación.

Somos una sociedad que atesora el exceso de datos. El dato suelto, sin ilación, sin historia ni proyección. El dato aislado, fácilmente manipulable. El dato desgajado y reconfigurable. Un reflejo de nuestras propias vidas.

Hacemos de esta exuberancia de datos un hecho económico, le asignamos un valor y lo convertimos en un recurso valioso; una materia prima que es necesario conseguir como cualquier otro recurso natural que se extrae de la tierra. Aunque carecemos del tiempo, de la energía, de la curiosidad y de la paciencia que se necesitan para transformar todo ese exceso en alguna forma útil de conocimiento. En un saber. Sufrimos de pereza intelectual.

Inmersos en esta plétora de datos, vivimos en un estado de ignorancia progresiva. Umberto Eco, en su libro "De la estupidez a la locura", muestra cómo el 25% de la población inglesa piensa que Winston Churchill, Mahatma Gandhi y Charles Dickens son personajes de ficción, mientras que muchos de los encuestados incluyeron a Sherlock Holmes, Robin Hood y Eleanor Rigby entre las personas que sí existieron. Por supuesto que el fenómeno excede a Inglaterra. Y nos alcanza.

La nueva ignorancia

Esta nueva ignorancia no consiste ya en no saber leer, escribir o en desconocer elementales rudimentos matemáticos.

A pesar de las distintas realidades sociales - algunas de ellas muy crueles y desatendidas - y de una marcada decadencia educativa general a todo nivel, ciertos conocimientos mínimos están cubiertos.

Consiste, en cambio, en no estar al tanto de hechos recientes de la historia del país o del mundo, o en tener nociones sobre el pasado que son en extremo vagas o que han sido deliberadamente tergiversadas o manipuladas. Y el problema es que carecemos de las herramientas, de la curiosidad o del interés por constatar su veracidad. Estamos renunciando, a propósito, a la capacidad de extraer del pasado cualquier lección válida para el presente y, por supuesto, cualquier enseñanza para el futuro.

En cierta forma, estamos condenándonos a repetir nuestra historia en ciclos. Nuestra propia versión del mito de Sísifo. El síndrome de la Argentina circular.

La nueva ignorancia también consiste en creer que la historia -o cualquier forma de conocimiento-, se encuentra en Google, Wikipedia, Netflix, Twitter, Facebook o Instagram. Y en creer, con fervor militante, que esta democratización de la información favorece a una "deliberación democrática" en la que el "opinionismo" se erige con una voz tan importante y válida como el conocimiento académico. Se impone "la verdad de los hechos alternativos" sin importar cuan disparatados, falaces o aventurados puedan ser los argumentos esgrimidos. Peor. La recolección y validación rigurosa de hechos, la investigación exhaustiva, el proceso de revisión erudita y el escrutinio e intervención de pares se encuentran enfrentados a un nuevo fenómeno: la "posverdad".

Opinionismo y posverdad

Esta, según la Real Academia Española, es "la distorsión deliberada de una realidad, manipulando creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales".

Hechos demostrables versus opiniones, deseos o una manifiesta intencionalidad.

Así, proliferan en las redes defensores acérrimos de creencias singulares - los terraplanistas- por mencionar un ejemplo inofensivo. En el extremo, aparecen afirmaciones que sí son deleznables, peligrosas o al menos preocupantes como, por ejemplo, los negacionistas de distintos fenómenos como el Holocausto, el calentamiento global o la necesidad de la vacunación. Se podría aducir que es un porcentaje pequeño de la población y que son pensamientos marginales. Pero no es así. Se trata de un porcentaje creciente de personas que comienzan a abrazar esta u otras formas más sutiles de ignorancia y de dogmatismos, en alguna o en varias de sus muy distintas manifestaciones.

El negacionismo naturaliza y hace invisible todo aquello que está frente a nuestros ojos y el opinionismo puede anular a la academia solo con el hecho de etiquetarla de técnica, aburrida o inentendible; ergo "sospechosa". Así, se sientan las bases para que diversas afirmaciones promovidas a través de las redes sociales tengan en la opinión pública el mismo peso que una biblioteca llena de investigaciones científicas. A veces más.

 Liu Cixin en su libro “El problema de los tres cuerpos” afirma: “Cuando las ideas no científicas prevalezcan sobre el pensamiento científico, se abrirá la puerta que conduce al colapso de todo el sistema de pensamiento científico”. Es necesario detenernos a pensar que el pensamiento científico generó, solo en los últimos trescientos años, más progreso, desarrollo y bienestar social -a nivel global- que durante todo el resto de la historia de la humanidad.
Más. Cuando el revisionismo supera a la investigación dedicada y rigurosa de los hechos, abre la puerta a que políticos inescrupulosos cambien la historia y la reescriban acorde a sus necesidades o a sus deseos. Como afirma el historiador español Santos Juliá, “cuando la política se mete con el pasado, hay que prestar atención porque pretende manipular el presente”. No es casualidad que de la mano de esta nueva y bienvenida ignorancia comience a manifestarse, de manera expresa y explícita, un rechazo creciente a la preparación. Es fácil escuchar a líderes que se jactan de no leer nunca un libro o de no haber “necesitado” asistir a una universidad para ser políticos o funcionarios públicos. Bajo esta mirada, ¿por qué resultaría llamativo que en Argentina se instale la dicotomía entre “igualdad de oportunidades” y “mérito”?

 El otro, mi enemigo

La historia muestra que el paso que sigue suele ser el calificar a la educación superior como elitista y clasista, a los pensadores e investigadores serios tacharlos de opositores del pueblo y a cualquiera que busque establecer un verdadero debate de ideas presentarlo como un reaccionario reluctante. “Élite, palabra nefasta, tan odiada; solo media un paso y la palabra fascista está a la vuelta de la esquina”, afirma Pérez-Reverte. Casi como obedeciendo a esta premisa hoy se pronuncian palabras de fuerte odio. “La oligarquía ganadera. La oligarquía golpista. La oligarquía gorila, enemiga del pueblo peronista. La oligarquía terrateniente, blanca y clasista. La oligarquía maldita y vende patria, protagonista de piquetes de la abundancia, de cacerolazos, de incendios de pastizales y de intentos desestabilizadores (...)”, enumera el periodista Francisco Seminario en La Nación. ¿Acaso hay algo más fascista que alimentar el odio de clases o el odio al pensamiento distinto?
¿Acaso hay algo que sea más siniestro que el pensamiento único?
La convivencia armónica es la base de toda construcción social sólida. Y esta solo se logra a través del debate genuino y el intercambio correcto de conceptos e ideas. Así nos iremos acercando, como sociedad, de a poco y por aproximaciones sucesivas, a determinados consensos mínimos y a una correcta gestión de las diferencias que -inevitables- surgirán.
Solo que hemos perdido el arte del debate. Y estamos reduciendo todo a una discusión tribal ante la cual solo hay dos alternativas: o se está a favor de la tribu o se está en contra de ella. Estamos vaciando a las discusiones de contenido y las saturamos de ideología: un consignismo sin argumentos ni racionalidad. El centro, el acuerdo, la búsqueda de una posición que reconozca los méritos de todas las posturas -aquella que integre todo lo bueno y morigere lo incorrecto-, esa que busca soluciones de compromiso, queda sin posibilidades de participar. Es anulada.
El huevo de la serpiente de cualquier fundamentalismo en el que ya no importa la búsqueda de la verdad. Solo importa ganarle al otro. Vencerlo. Denostarlo. Arrastrarlo hacia abajo. Y si se lo pudiera aplastar, mejor. Donde ya no se trata solo de ganar sino de destruir también. “Los mediocres, los acomplejados, los bobos, necesitan que la vida descienda a su nivel para sentirse cómodos, y es destruyendo la inteligencia y ensalzando la mediocridad como están a gusto”, escribe con precisión Arturo Pérez-Reverte. La cultura, la intelectualidad, están en jaque mate. Es mejor y más seguro abrazar la ignorancia, el antiintelectualismo. La mediocridad. La idiotez. Un círculo vicioso donde perdemos y descendemos todos. Esta batalla tribal, de grieta y de antagonismos muestra una profunda polarización que es una senda temeraria. Como puntualizan Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en su libro “Como Mueren Las Democracias”: “(...) Si algo claro se infiere del estudio de las quiebras democráticas en el transcurso de la historia es que la polarización extrema puede acabar con la democracia”
Quizás nunca como hoy se haya hecho tan vívida la expresión “huir hacia adelante” que representa cómo, al encontrarnos en una situación difícil, insistimos en continuar avanzando haciendo caso omiso a las señales que nos invitan a detenernos, a replantearnos las cosas, a modificar el rumbo o a retirarnos, aplazando un inevitable desenlace fatal; persiguiendo la ilusión de que, de alguna forma mágica, las cosas se van a solucionar. Pero la magia no existe y a la ilusión carente de fundamento, al voluntarismo necio e injustificable y a las expresiones de deseos pueriles, irremediablemente le sobrevienen el desencanto y la desazón. Argentina conoce -a la perfección- todos estos estados de ánimos. Lo notable es que nunca atinemos a dejar de huir hacia delante dejando de correr hacia la oscuridad de una buena vez.

* El autor es Magister en Administración de Negocios
 

 

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