"Esperando a Godot", nuestro drama real

Hay analistas políticos que hablan de una aceleración en la transfiguración del poder. Otros que vaticinan un nuevo fin de ciclo. Uno en el que, esta vez, el ave Fénix no podría resurgir de sus cenizas. Hay quienes necesitan ver como ineludible un acuerdo entre la oposición y el oficialismo que garantice la gobernabilidad hasta el final del mandato. Hay quienes predicen, en cambio, que el oficialismo se verá obligado por la oposición a gobernar por decreto mientras vemos cómo personajes funestos claman por "veinte años más de peronismo" bajo el peligroso argumento de que el "sistema de la alternancia no camina". Otros necesitan esperanzarse con un "retorno a la racionalidad", una idea de la cual se habla con demasiada ligereza.

Es tan fuerte esta necesidad de creer en un futuro mejor que llevó a muchos a imaginar que Alberto Fernández podría ser algo que nunca fue y que nunca podrá ser. Un buen gobernante. Una persona ética. O, como mínimo, una persona de bien en vez de este Nerón que se enoja con los incendios que él mismo provoca sin soltar nunca la mano de una Agripina más diluida pero no por eso ni menos peligrosa ni menos dañina.

Y con esta misma necesidad, también nos mentimos a nosotros mismos y no reconocemos que, en Argentina, hablar de un "retorno a la racionalidad" es algo así como convertirnos en personajes de una novela de Tolkien, ser capaces de destruir el Anillo Único en los fuegos eternos de la Grieta del Destino y reconstruir la tierra yerma luego de tantas décadas de políticas sistemáticas de expoliación, de decadencia y de pobrismo llevadas adelante por políticos inescrupulosos que nunca buscaron construir bien común. Ni una sociedad. Ni un país. Todo lo contrario.

Pero tal vez sea por esta misma necesidad de esperanza que nos es tan importante intentar adivinar qué irá a suceder entre el 15N y las próximas elecciones generales. Pero es eso: adivinar. Practicar la quiromancia en un país enamorado de la incertidumbre, de la imprevisión y de los actos y los hechos impremeditados. Un país en el cual, como ya sabemos, no existen los eventos de probabilidad nula. En Argentina todo puede suceder. Absolutamente todo.

Un lugar donde todo es posible

No nos debería sorprender que, por ejemplo, pasara algo reñido con el más elemental sentido común. O que vaya en contra de las normas, las leyes o de la mismísima Constitución. O que obre contra la sociedad. O que resulte, incluso, contrario al más básico instinto de conservación de poder tanto de la coalición gobernante como de la oposición.

No podría sorprendernos nada porque todo esto ya sucedió. Varias veces. En varios momentos de nuestras vidas, o en las de nuestros padres. O en la de nuestros abuelos. Y, a lo largo de la historia, nunca hemos hecho mucho por evitar estos hechos. Tampoco por impedir que se vuelvan a repetir.

Todo puede pasar. Nos podrá indignar; nos podrá alterar o desesperanzar un poco más. Pero, pasada la conmoción inicial, lo vamos a naturalizar sin más.

Podríamos despertarnos, un día, todos convertidos en insectos como en ese relato mágico y fabuloso de Kafka. Quizás todavía no nos dimos cuenta y ya somos esos insectos. Si ese fuera el caso, ¿nos sorprendería despertarnos, un día, convertidos esta vez en ciudadanos normales, conscientes y republicanos? Tal vez no. Aunque nadie podría aseverarlo.

Pero estábamos hablando de la quiromancia y del arte de la adivinación. Y puestos a adivinar he aquí mi suposición: no va a pasar nada bueno. Nada mejor.

Solo seguiremos deslizándonos por esta pendiente resbaladiza y peligrosa que lleva a la anomia, a la desintegración social y al caos. Sin sorprendernos. Sin hacer nada por evitarlo. Y sin que nada cambie en lo fundamental.

Una inalterable, interminable y agónica implosión en cámara lenta.

Estragón y Vladimiro

Pueden cambiar los gobiernos. Pueden cambiar las coaliciones y las ideologías y, aún así, nada habrá de cambiar en lo esencial mientras nosotros sigamos siendo fieles a nosotros mismos; mientras nosotros sigamos siendo nosotros.

Somos Estragón y Vladimiro, esos dos personajes de la obra emblemática de Samuel Beckett que se pasan la vida esperando a Godot. Un Godot que nunca aparece. Como ellos también, somos incapaces de hacer algo significativo de nuestras vidas mientras matamos el tiempo literalmente esperando por un hombre una solución mágica que nunca habrá de emerger.

Pero hay un renunciamiento expreso a la vida al decidir esperar. Seguimos sin damos cuenta que la vida que tanto anhelamos y los objetivos por los cuales suspiramos, o los conseguimos nosotros o los desechamos nosotros también. Nadie más.

"Partamos;

¿Ya?;

Partamos;

Tenemos tiempo."

Como el propio Estragón me pregunto si no estaremos atados. ¿Atados?, preguntará algún Vladimiro jugando al incrédulo. Debemos estarlo si no podemos hacer otra cosa más que esperar. ¿Esperar qué? Esperar por un Godot que nunca vendrá.

Argentina fue el séptimo país más rico del mundo en 1880. Hoy nos hemos convertido en un desastre estructural cuyos síntomas más visibles son la pobreza, la inflación, la inequidad y una anomia que nos sigue aniquilando como sociedad.

“Vemos las expectativas de inflación desancladas”, advierte la economista jefe del FMI. ¿Tenemos tiempo?

“No hagamos nada. Es lo más prudente; Esperemos a ver qué nos dice; ¿Quién?; Godot”; Ah, sí; Esperemos primero para saber a qué atenernos”.

¿No sabemos a qué atenernos? 

El estadio de Nueva Chicago repleto. No hay aforo. No hubo protocolo. Nadie que controlara si la gente que estaba ahí se había aplicado al menos una vacuna de esas que debemos tener. No hay barbijos. Un predio preparado para 15.000 personas que recibe a 35.000 a quienes se les dice: “no es tiempo en el siglo XXI de que haya argentinos peleándola en soledad para sobrevivirá no hay que sobrevivir sino disfrutar de la vida‘. Disfrutar de la vida dice Nerón. Si no fuera tan trágico juro que me haría reír. Un Nerón que sigue cantando con su guitarra desde las ventanas de Olivos: “Si me pierdo, yo me encuentro / si me caigo, yo me levanto”. A la lejanía los incendios arrecian. 

A los empresarios les diría: “que no especulen e inviertan, que convoquen al trabajo, produzcan y hagan enriquecer a la patria”. A esos mismos empresarios a los que les impone un cepo que les impide importar los insumos necesarios para producir, un cepo que les prohibe exportar, un cepo de precios y aranceles, una amenaza de intervención en sus empresas y la revisión de las estructuras de costos y márgenes de ganancias.

“Estamos empezando a ver el amanecer de un tiempo distinto. Hoy empieza el tiempo en el que la Argentina va a recuperar la producción y el empleo”, se dice a sí mismo. Hoy empieza. Lástima que ya lleva dos años en la presidencia. Y que, él también como Estragón Y Vladimiro, habla de hacer, pero no hace. Habla de actuar, pero no actúa. Habla de dejar de esperar, pero sigue esperando. ¿Qué? A que llegue su Godot. El cual tampoco se habrá de presentar. Que manda a un recadero a anunciar que hoy no irá; pero que sí comparecerá mañana. ¿En qué momento el presidente de la

Nación se convirtió en el recadero de Godot, anunciando que mañana comenzará el mañana? Que mañana comenzará a ser presidente. No hoy. 

El estadio de Nueva Chicago es la foto de la fiesta de Olivos revivida otra vez. Un presidente que le dice al resto cómo hay que comportarse pero que, en la intimidad de su entorno y en su rol de apoderado legal de una casta impúdica hace exactamente lo contrario. Las leyes del vulgo no valen para ellos.

El gatopardismo

El gatopardismo del que habla Giuseppe Tomasi di Lampedusa en su estado más puro. Mientras el príncipe “contempla la ruina de la propia alcurnia y del propio patrimonio sin tener ninguna actividad y todavía menos ganas de ponerle remedio”; su sobrino Tancredi lo abraza emocionado y le dice: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.

Máximo es un Tancredi local reclamando por esa revolución que le asegure que nada vaya a cambiar. El mismo que, frustrado, enojado y haciendo berrinches infantiles después de haberse quedado sin quórum, le gritará a la oposición: “si son tan guapos, les tiramos el gobierno por la cabeza y gobiernen ustedes”. Destrozando, de paso, la necesidad de otra gente a la que le urgía ver en él a un estadista frío, práctico y calculador el Godot del mañana y no el rústico ignorante y caprichoso que es.

O Aníbal Fernández, ese mismo ministro que debe garantizar la seguridad de la sociedad pero que, desde ese lugar, imparte amenazas nada sutiles ni veladas. Un Aníbal Fernández que ensayaría una respuesta aún más oprobiosa y al cual el gobierno cubre con un silencio cómplice. 
Señores: ¡con los chicos no! Hasta la mafia tiene códigos mejores.

Podría mencionar mil nombres. Al fin y al cabo, vivimos en un país poblado por una multitud de Tancredis personajes llenos de sueños altisonantes y títulos nobiliarios, pero sin dotes intelectuales ni patrimonio propio legítimo alguno, y donde parece no haber ni una sola Angélica capaz de luchar contra la pereza, la falta de ideales y la inmoralidad.

Nada nos define de manera más precisa que la frase: “si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. Porque, ¿qué esperamos que cambie el 14N? ¿Qué esperamos que cambie en Octubre del 2023?

Cierto. Que llegue Godot. 

¿Y si no viene? 

Nada. Lo seguiremos esperando igual.

Pero quizás no venga. 

Tiene que venir. Va a venir; nos decimos con un optimismo y una esperanza rayana en la necedad.

No hay cambio posible si no cambiamos nosotros. Nuestra sociedad no va a cambiar a menos que cambiemos, antes, cada uno de nosotros. No hace falta seguir esperando. Nosotros somos Godot. Podemos elegir ser él.

“La gente es necia” dice Estragón. 

Yo no lo contradigo. 

“¿Vamos entonces?

Vamos

(No se mueven)”.

¿Seguiremos esperando a Godot?

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