El “Pastor de Nubes”, con sus 84 años, se va quedando solo en los cerros sonoros de Salta

Leopoldo Barboza es más conocido como El Chola y pocos, de los que pasan por Santa Rosa de Tastil, saben que en realidad él es “El Pastor de Nubes”.

El Chola hoy tiene 84 años y su caminar ya es lento. En enero del 2019 le dio un ACV (accidente cerebrovascular) que lo dejó medio ciego y con muchas dificultades motoras. Ya no sale a caminar llevando a pastorear a sus ovejas a los cerros. 

El campo donde trabajaba Barboza ha comenzado a quedarse triste sin el silbo del paisano.

En su casita de Santa Rosa pasa su tiempo esperando a los colectivos de turistas que ahora comenzaron a llegar nuevamente. 

Es que le gusta mucho conversar y contar historias. Relatos de duendes, de ovnis, del tío (diablo), de sus viajes, del Carnaval y, por supuesto, de la zamba que lo hizo conocido en el mundo entero. Porque el Chola Barboza es quizás tan conocido como doña Eulogia Tapia

 

 "Pastor de nubes", interpretado por el dúo salteño.

 

 

 

Quizás sea que, como tantas otras cuestiones, los salteños no le damos la importancia que se merece a una persona que nos representa en todos lados.

“Una vez fui a visitarla a Eulogia (Tapia) a La Poma”, dice y sonríe. El hombre es “chispita” para el doble sentido. 

Se acomoda el sombrero y dispara: “Copleamos lindo durante un carnaval”, dijo riendo.

El Chola es coplero y saca la caja como un mago, nadie sabe de dónde.

“Ya salen las nubes blancas/ 
reluciendo como lozas/ 
eso es señal de que está/ 
cantando el Chola Barboza”.

El viento que baja por el Qapac Ñan le brinda mística a los sonidos que se amalgaman con el paisaje y los silencios de la Quebrada del Río Toro se van transformando en letras divertidas y recurrentes.

“Ya se va el carnavalcito/
a los altos de Mesadilla/ 
con sus alforjitas llenas/ 
llenitas de picardía”.

Las tierras del Chola están ubicadas al oeste de Santa Rosa de Tastil, en un paraje que se llama La Quesera. 

Es una ladera semiempinada recostada sobre el cerro llamado El Chorro Malo; todo eso forma parte de la base del Nevado Acay. Este último bendice con sus aguas a todos esos campos de Tastil, San Antonio de los Cobres y La Poma.

La soledad

En La Quesera ya casi nadie trabaja la papa, la arveja, las habas. “Yo tengo 7 hijos, 4 mujeres y 3 varones, y todos se fueron a la ciudad. Ya no hay nadie que trabaje mis campos. Yo no me quiero ir a la ciudad porque es como que me pierdo y no me gusta. Después del ACV tenía que ir a fisioterapia, pero con la pandemia me quedé en Tastil. La mejor fisioterapia fue caminar por los campos, sentir el aire que viene de la montaña y hacer algo de agricultura”, dijo El Chola. 

El hombre tuvo a sus hijos con Teófila Zerpa, que hoy tiene 91 años, y que cuando era joven trabajaba en el Registro Civil de Santa Rosa. Él era el enfermero del lugar. En el primer Carnaval que Teófila estuvo en el pueblo se unieron y siguen casados.

El hombre tiene los ojos casi cerrados del ACV y tiene muchas dificultades para caminar. Sabe que es un peligro deambular por los cerros sin ver. Se sienta en las pircas, respira profundo y cuenta sus cientos de historias, de cuando se lo quiso llevar el tío, de cuando una noche vio un enorme plato volador, de un viaje en camión que lo persiguió la viuda, de los tapao, de los duendes, de todas esas historias que tienen los viejos de antes y que hay que rescatar antes de que todo se vuelva indefectiblemente en un pueblo fantasma.

“Cuando yo estudiaba tenía 66 compañeros en dos grados. Hoy son 4 los chicos en la escuela del pueblo. Todo está desapareciendo, solo los viejos seguimos resistiendo como las cortaderas al viento”, dijo El Chola.

Las Mesadas, Cortaderas, Tastil, Inti Huasi, Encrucijada y tantos otros parajes se están quedando con el paisaje sin gentes, sin niños en las escuelas, con los cerros sin los colores vivos de los lugareños, con un paisaje sin rastros de vida humana. 

Solo los viejos, como El Chola Barboza se resisten, persisten en su forma de vida, de producción y quieren llegar a confundirse en la eternidad con su Pachamama.

En primera persona

“Un año vino el Cuchi Leguizamón con un colectivo lleno de maestras jubiladas rosarinas. Les había dicho que me conocía y se coló en la delegación y en realidad nunca lo había visto. Sabía quién era, pero no lo conocía. Llegó con una damajuana dispuesto a macharme y que le cuente historias.

Seguro el Barbudo le recomendó eso. Se ponía la damajuana en el hombro y cargaba los dos vasos mano a mano. No le fue bien, el que se encurdó fue él. Las maestras lo tuvieron que subir al colectivo y se lo llevaron mamao”, contó.

Un relato que podría aparece en una novela de García Márquez

Sobre cómo se originó la historia de encuentro del pastor con el poeta.

Como si fuera un cuento de Macondo, Manuel José Castilla llegó hasta Santa Rosa de Tastil en tren para visitar al telegrafista del lugar. 

“Era uno de apellido Raspa, era su cuñado”, relata Leopoldo Barboza. “El poeta vino por dos días y una tormenta en Diego de Almagro provocó un derrumbe en el puente 20. Vinieron los del Ferrocarril y dictaminaron que el servicio se suspendía por un mes. Al final fueron 28 días, pero como eso era habitual, la gente ya estaba como acostumbrada a esos contratiempos, sobre todo en febrero”, explicó el Chola.

Ahora bien, la oficina del telegrafista estaba al frente de la Enfermería. Y ahí el Chola fue que se cruzó con el Barbudo. El tiempo le dio ese pretexto revolucionario “de solo estar” para crear. Uno hablaba (porque seguro el Chola siempre fue así) y el otro escuchaba. Castilla periodista y poeta seguro escuchó y mamó todo lo que el hombre tenía para contar. Es claro que las historias de Barboza endulzaron la pluma del escritor de zambas. No solo fueron las historias; había algo más.

“Comenzamos a charlar, estaba todo el día de vago”, recordó a las carcajadas. “Yo salía de trabajar de enfermero y me juntaba con el poeta. Primero se tomó todo el vino del pueblo, no duraron las provisiones de tinto. Un día llegó a la Enfermería a pedirme alcohol para hacer yerbeao”, y sigue riendo.

“También salíamos a caminar porque además yo tenía mis animales que debían comer. Acá veníamos mucho, al Chorro Malo. Él se quedaba abajo y yo subía a pastorear. Ese febrero fue muy lluvioso y de acá es cuando apenas se lo ve a uno cuando llovizna en el cerro. Acá le conté que los cardones viven mil años y el significado de la flor amarilla. También le conté de los ovnis, las almas y los diablos; pero no dijo nada de eso”, cuenta y en cada relato que parece va en serio lo remata con humor.

“Finalmente se fue Castilla y volvió al tiempo con la novedad de que la zamba había ganado. Me había traído una caja con todas cosas ricas para comer y con recuerdos. Volvimos a tomar vino, y festejamos. A partir de ahí vinieron muchos famosos”, recordó.

 


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