La estolidez política

En política más que tiempo hay instantes.

De allí que sea tan importante para un gobierno una carta de navegación; un plan, digamos, que evite que todo se reduzca a reacciones espasmódicas ante los problemas que arrecian, indefectiblemente y en todos los frentes. Ya pasaron casi dos años desde que asumió el actual gobierno, y diez días desde que el voto de la mayoría de los argentinos dejara un mensaje contundente en las elecciones de medio término.

Y no hay respuesta.

Todo se reduce a silencios, anatemas o astucias de la razón, que no dicen nada. Con una derrota anónima, seguimos sin lo más importante: un proyecto para el futuro de todos los argentinos. La estolidez es una forma de locura. Una anomalía de alguien que no evoluciona y convierte el error en obstinación; que quiere no querer y se limita a decir que no, contumaz y anárquicamente. Es el carácter distintivo de la política oficial de nuestro tiempo.

Respuestas agotadas para desafíos inéditos, y arrinconados en la impotencia del que no tiene salida ante la evidencia, recurre al chivo expiatorio. La culpa es de otro; Lope De Vega al palo: ¿quién lo hizo? Fuenteovejuna, que es lo mismo que nadie.

Es un dispendio de energía analizar lo poco y mal que se hizo en medio mandato; la lista es larga y cansa. Pero sí entender que esta pertinacia en el equívoco, esta envoltura de la mentira (no es más que eso), establece las pautas de la acción del Gobierno para lo que resta. Ya no se trata siquiera de cambios de figuras de gabinete, inservibles cuando no ausentes. La cuestión es cómo vamos a enfrentar los desafíos urgentes y sentar las bases para el mediano plazo.

En los próximos trece meses vencen 13 mil millones de dólares de deuda con el FMI. Es la siguiente encrucijada, tan básica como importante, porque marca el destino de toda la economía real del país. Por mal desempeño de algunos, repetidamente desaprovechamos condiciones inmejorables para renegociar, mientras los países que conforman el organismo internacional tenían una mirada comprensible por la pandemia.

Y, ­¿cuándo no?!, la estolidez impone la secuencia esperable: responsabilizar a otro desde el discurso maniqueo (sin astucia, como ya se hizo, al gobierno anterior y al Fondo, con quiénes tiene que negociar); creado un responsable, establecer la antinomia (desde "Braden o Perón", hasta hoy); defaultear (ya una costumbre, que no sorprende a nadie: 2001, 2006, 2008 y sigue); al tiempo, aprovechar la distracción para pagar, mal y más (Club de París, Repsol y sigue).

Afortunadamente, la terapéutica para la estolidez es el mismo sistema democrático. Se llama oposición y se llama Congreso de la Nación. Pretende presentarse como una trampa la deuda con el FMI, pero en rigor es una de las primeras grandes oportunidades de hacer pedagogía política y mostrar el camino.

Y también tiene cura, de allí la responsabilidad opositora: la alternancia, marcada por la ley que lo domina todo en política, la victoria en las urnas.

 

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