El fin del pasado,  coparticipando

Un país no se construye con palabras ni silencios, sino con diálogos sobre los asuntos importantes. Tal vez sea este uno de los problemas fundamentales de la política argentina, atravesada por lo que Shakespeare expresara como "an infinite deal of nothing" (una cantidad infinita de nada) en el Mercader de Venecia, un discurso político formado por palabras vacías y estruendosos silencios respecto de lo que importa. Tantos fracasos acumulados exigen pensar el día después de las elecciones, propuestas conducentes que permitan poner fin al pasado. Sí, porque eso es lo que empieza a tomar forma, la extinción por fuerza de los hechos y nuevas generaciones, de los paradigmas de siempre: pareciera que recurrir a la vieja ecuación liga de caciques pampas más sindicalistas que representan no mucho más que cajas de colección forzosa, no estaría siendo suficiente para despejar el nivel de desazón social y desafíos pendientes.

No es cuestión de fórmulas mágicas cuando todo está tergiversado, tan solo volver a las fuentes, a algo tan básico y olvidado como la Constitución Nacional. De sus tres ideas, fuerzas centrales (sistema representativo, republicano y federal), el federalismo (su falta, para ser más precisos) atraviesa la mayoría de nuestros problemas.

El primer paso estructural para empezar a resolver el entuerto es una ley de coparticipación federal, en suspenso desde el año 1994. Esta debería ser la gran propuesta de la oposición en una nueva conformación del Congreso. Claro que no conviene a muchos, especialmente a los que mandan. Desde hace 27 años que la indefinición ha permitido un sistema de centralización y sumisión tan impropio como improcedente. Uno que da y reparte como quiere; otros que se desligan de la responsabilidad de recaudar y controlar y se limitan a pedir. Gobernar bien, bajo este esquema, se limita a la habilidad y gracia de saber pedir, en un "quid pro quo" (algo por algo) pocas veces bien intencionado (como dan cuenta votos en el Congreso negociados a hurtadillas).

Con tan mala conformación, todo nace y se desarrolla malparido: desde la compra y distribución de vacunas, pasando por la deuda externa, la sedición de grupos terroristas en la Patagonia, el aumento irresponsable de impuestos (que incluye distorsiones al futuro del país, como las retenciones al agro) y ahoga la potencia privada, hasta llegar al retardatario control de precios por grupos paraestatales, que la destru ye.

Gran parte de todos esos desvíos se podrían corregir con una ley de coparticipación que asigne los recursos y, así, las responsabilidades. Que dé a cada uno lo suyo (definición básica de justicia) y permita de una vez por todas a cada uno hacerse cargo de lo que le corresponde.

Está claro que es un primer paso, pero ­qué primer gran paso sería una oposición que desde el Congreso ponga sobre la mesa uno de los grandes temas pendientes! Que se anime a delinear y darle dinámica al futuro. No desde la utopía ni los relatos vanos, que ya cansan a todos, sino con medidas oportunas y fe en las instituciones.

 

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