El miedo que  destruye a la  libertad

Sobre la mesa había un papel escrito a máquina, una lapicera y a un lado un funcionario de rostro gélido esperaba impaciente que la mujer firmara su sentencia de muerte. Ella tomó la pluma, le temblaban las manos, estaba débil y dolorida. No quería hacerlo, pero si no firmaba su hija sufriría las consecuencias.

Apoyó la pluma en la carta y una gota de sangre manchó el papel.

Recordaba sus años como abogada y parlamentaria, lo que había luchado para obtener leyes que igualaran el salario de las mujeres y la cantidad de perseguidos políticos que ayudaron clandestinamente desde el Consejo Nacional femenino, la organización de mujeres más grande del país.

Nítido y como un presagio, volvió el recuerdo de una mujer que tiempo atrás había cruzado en los pasillos del Parlamento y la sensación que ese diálogo le produjo: la de estar viviendo en dos países, dos realidades abismalmente opuestas: la suya, basada en datos de la realidad y la de aquella mujer y su relato producto de la propaganda incesante del régimen oficialista que se había instalado tras un golpe de estado.

"Somos afortunados que los soviéticos nos liberaran de los campos de concentración nazi", dijo la mujer del pasillo

"Los campos fueron liberados por soldados americanos, no soviéticos", contestó ella.

"Qué pena que los soldados americanos no llegaran a tiempo a Praga".

"En realidad tenían un acuerdo de llegar a Praga juntos, pero Stalin irrumpió unos días antes".

 

 

"­Entonces aplaudamos el ímpetu de los soviéticos, nuestros verdaderos libertadores!", contestó, irritada, aquella mujer y salió a la calle a festejar el Febrero Victorioso junto a un mar de gente y de estrellas coloradas.

La carta decía: "Confieso haber dirigido un movimiento de resistencia compuesto por traidores contra el régimen comunista democráticamente elegido, con la intención de ayudar a los imperialistas occidentales a socavar nuestra identidad nacional"

Milada Horáková firmó contra su voluntad y fue condenada a la horca.

"¿Lo ves? Al final te diste cuenta lo equivocada que estabas", dijo el funcionario mientras guardaba el papel en un sobre.

El presidente recibió centenares de cartas pidiéndole clemencia por Milada, entre ellas las de Albert Einstein, Eleanor Roosevelt, Jean Paul Sartre y Winston Churchill, pero nunca se apiadó.

Métodos pavlovianos

El régimen comunista soviético no podía desembarcar en Checoslovaquia sin un relato que justificara el golpe de estado. La sed de dominio necesitaba una sociedad mansa y sometida y utilizaron todos los recursos del poder para quebrantar las voluntades individuales, atacar a la prensa, prohibir la pluralidad de ideas, autoproclamarse salvadores, inducir al miedo y despersonalizar al individuo hasta hacerlo dudar de sí mismo y de sus ideas.

Una multitud lo suficientemente sugestionable, insegura, impotente y anónima, con un sólo ideal y un alma colectiva, bastaba para que el régimen gobernara sin sorpresas ni dificultades. Para ello generaron una sociedad de espías, haciendo de las diferencias una grieta de odio entre los que estaban a favor y los que estaban en contra del régimen, eliminaron los partidos políticos, declararon traidores a los disidentes y utilizaron la violencia y el miedo como medios de disuasión.

¿Por qué un gobierno necesitaría reducir una sociedad entera a su mínima expresión, cuando dispone de todos los recursos, instituciones y poderes que otorga una democracia republicana a los mandatarios legítimamente electos? ¿Qué debilidades personales, del sistema o de la ideología ocultan y por ello necesitan utilizar la fuerza, el odio, la violencia, la amenaza y las persecuciones? ¿A qué tanto le temen? ¿Cómo gobiernan aquellos que conciben el poder en términos de amos y de esclavos?

La democracia no es fácil ni es para cualquiera, no va con cualquier ideología ni para todas las personalidades ya que la democracia, la verdadera democracia es un trabajo extenuante que requiere una gran vocación por la verdad y el debate, una indeclinable capacidad para lograr consensos, tolerancia a la frustración y sobre todo requiere de un tipo de inteligencia capaz de gestionar los conflictos, de comprenderlos y de superarlos, generar ideas originales, utilizar la lógica y descomponer problemas en sus partes más sencillas.

Un gobierno sin esas cualidades terminará inevitablemente en el lugar del amo y del autoritarismo, que es el sitio preferido de los populistas, los dictadores y los tiranos, los que necesitan "amaestrar" a las sociedades y condicionarles el comportamiento. El mismo método que Pavlov utilizaba con los perros.

Todo autoritarismo no es más que un signo de debilidad y de impotencia, de la incapacidad para construir una opción democrática, es el miedo profundo a todo aquello que no sea dogma y obediencia.

"Miedo a la libertad", diría Erich Fromm.

La prepotencia y la debilidad

La paradoja de la omnipotencia y de la prepotencia es que revelan siempre la necesidad de tapar una debilidad, una insustancialidad y una precariedad, ya sea ideológica, racional o de recursos. Anida en esos comportamientos un miedo inmenso a ser esclavos y por ello la avidez constante por ocupar los lugares del amo.

Hay ciertas cualidades y rasgos personales más identificados con el mundo desarrollado.

 Las democracias y las instituciones, que alientan los debates de ideas, prefieren el consenso y la paz, promueven el respeto a las leyes, los derechos y garantías humanas económicas y morales. 
Y, por otro lado, personalidades identificadas con el autoritarismo y que hacen un culto de sí mismos, eligen el adoctrinamiento, la obediencia y el temor de la sociedad, promueven la idea de un territorio autosuficiente, cierran las puertas al mundo desarrollado y hacen del gobierno una pesadilla para los ciudadanos, mientras crean un paraíso para los jerarcas del poder.
El “Febrero Victorioso” parece un hecho lejano visto a casi 70 años de distancia en la Checoslovaquia del °48, pero la tentación totalitaria nunca dejará de reinar en el mundo con la misma intensidad, sólo irán cambiando los personajes y las formas de sembrarla.
Del siglo pasado a éstos tiempos, la revolución silente nacida en Cuba extiende sus tentáculos en América latina y una médica cubana nos advierte sobre los efectos del socialismo del siglo XXI: “(...) los cubanos tenemos pérdida de la autoestima, sentimos que no podemos lograr nada por nosotros mismos, que no tenemos derechos, sufrimos bloqueo, insuficiencia emocional, bloqueo del alma y de las neuronas que nos lleva a la tristeza, a la depresión, a la apatía, a la indiferencia y a la desconfianza. Algunos cubanos pueden parecer alegres, pero es una falsa alegría, se ponen una máscara para sobrevivir mientras sus corazones sangran. Carecemos de un proyecto vida propio y esto nos lleva al vacío existencial. Vivimos sometidos a un bombardeo gubernamental de mensajes promotores del odio y más aún del antivalor favorito de Fidel Castro y su régimen: el resentimiento. Nosotros los cubanos no tuvimos quien nos avisara. Ustedes sí”, advierte la doctora Hilda Molina desde el exilio.
Milada es el nombre de la película con la que Netflix rescata el legado ético de una mujer ejemplar que fue capaz de dar la vida por sus convicciones. En tiempos donde los argentinos vivimos tantas trabas al progreso, a la eficiencia y a la razón, en tiempos donde la banalización del mal desplaza y silencia a la soberanía del bien ¿cómo no pensar en Ayn Rand, en Hannah Arendt y en Iris Murdoch? 
¿Cómo no imaginar hoy en nuestras pantallas la vida y el legado de esas tres mujeres que han dejado su impronta, su ejemplo, su sensatez y su coraje en la mente de millones de lectores en todo el mundo?

 

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