Los falsificadores de  la realidad

Fue hace menos de un año, el 25 de marzo de 2020, -aunque parezcan diez años- cuando el presidente se dirigió a los argentinos declamando el fin de la viveza criolla. "A los idiotas les digo lo mismo que vengo diciendo desde hace mucho tiempo: la Argentina de los vivos que se zarpan y pasan sobre los bobos se terminó". Lo dijo parado sobre ese pedestal de autoridad moral inalcanzable para cualquier otro ser humano sobre el cual suele autoerigirse. Y desde el cual suele autoinmolarse también. En ese mismo discurso agregó: "Si lo entienden por las buenas, me encanta, pero si no, me dieron el poder para que lo entiendan por las malas. Y en la democracia entenderlo por las malas, es que terminen frente a un juez para que expliquen lo que hicieron".

El Presidente suele confundir su rol con el de un sofista que, desde el ágora, da lecciones de moral pública y privada. Parece no darse cuenta de que, en cambio, es justo allí donde suele decir las aberraciones legales, éticas o morales o las contradicciones al sentido común más grandes que se hayan escuchado en las últimas décadas.

Menos de un año más tarde, él mismo fue parte de esos "vivos" que pasaron por encima de los "bobos" - en un hecho escandaloso y vergonzoso para toda la sociedad argentina - y, él mismo debería estar sentado sin más dilación frente a un juez para explicar su responsabilidad en lo sucedido. En cambio, sin haberse disculpado jamás ni haber pedido perdón por la tropelía o la inmoralidad que su gobierno y sus funcionarios de todo nivel cometieron, habría de rematar el absurdo con el exabrupto: "Terminemos con la payasada". Buscó justificarse diciendo que ya había "sacrificado" a un ministro -el que, convengamos, jamás estuvo a la altura de ninguna de las circunstancias- y sentenció, desde el púlpito de profesor de derecho penal que él dice ser, que no constituía delito alguno "cortar la cola"; ser vivo y pasar por delante de los bobos.

 

Exactamente lo opuesto a lo que había declamado un año atrás y cuando profería la amenaza de sentar a todos los "vivos" en el banquillo de los acusados.

Peor. Agregaría, desencajado y balbuceante, que la Justicia sí debería investigar irregularidades supuestamente cometidas por la administración anterior en lugar de "perder el tiempo en estas payasadas" y, en un gesto canallesco como pocos, usaría la predecible tragedia del ARA San Juan y la muerte de sus 44 tripulantes como una manera de desviar la atención sobre su propia ignominia.

Negacionistas y neofascistas.

"Lo que están viendo y lo que están leyendo no es lo que está sucediendo" dijo, en 2018, Donald Trump, expresidente de los Estados Unidos. Para todo neofascista existen siempre tres realidades simultáneas pero disociadas y divergentes: lo que le sucede a la gente, lo que se dice sobre lo que le está sucediendo a esa misma gente y la interpretación "correcta" de ambas cosas. Por supuesto, la interpretación "correcta" es la que provee el gobierno -incuestionable e irrefutable- y ni a la gente le sucede las cosas que perciben que le están ocurriendo ni los medios cuentan la verdad sobre las cosas que la gente manifiesta que le ocurre.

La historia nos enseña que esta disociación y divergencia es un mecanismo clásico que ha llevado a la humanidad, siempre, a sus peores abismos. La negación de la realidad puede terminar a la larga cambiándola o generando tal sentimiento de confusión en la sociedad que ésta pierde el interés, la capacidad de discernimiento sobre qué es verdad y qué no o sobre quién tiene razón sobre algo o quiénes no. O todo eso junto. Para el caso da lo mismo. El mecanismo es exitoso para los falsificadores de la realidad.

El oficialismo convocó a apoyar a Alberto Fernández el día del inicio de sesiones ordinarias de un Congreso de la Nación devaluado y superficial (por elección propia) bajo el slogan: "Una Argentina sin privilegios". ¿De veras, se puede invocar a una movilización -que luego se diluyó- por "una Argentina sin privilegios" justo cuando un aluvión de denuncias aqueja al Gobierno por culpa de esos "vivos" que pretendía fustigar Alberto Fernández? Esos "vivos" por sobre los otros, los "bobos": los médicos, enfermeros, cirujanos, todo el personal médico del país expuesto en primera persona y en el frente de batalla, junto a todas las personas de edad avanzada más propensos a sufrir las consecuencias de la enfermedad.

No soy yo, sos vos

Paradójicamente, los autoritarios y neofascistas atribuyen sus características intrínsecas, sus carencias, sus responsabilidades y su propio totalitarismo sobre los otros. "No soy yo, sos vos; el otro, todos los otros", se convierte en el nuevo lema y bajo este modus operandi se construye toda una nueva estructura de poder y una forma de gobernar. Un gobierno de teflón. Nada lo moja. Nada se le pega. Todo le resbala.

 Los fascistas y los autoritarios son los otros. No son los que erigen a Formosa y a su gobernador, Gildo Insfrán, como el modelo de a seguir. Tampoco los que se resisten a cumplir fallos de la Corte Suprema de Justicia de la Nación o no permiten entrar dentro de sus límites provinciales a sus propios habitantes. Mucho menos a periodistas. No lo son los que insisten en hablar de fronteras cuando, dentro del país, hablar de cualquier forma de límite infranqueable es en absoluto inadmisible. No son los que se refieren a “payasadas” cuando se trata de investigar sus propias torpezas e inmoralidades. Cuando hacen gala de su impunidad y del más completo desprecio por la ley y el orden. Cuando hacen un uso amoral de la necesidad de una parte mayoritaria de la sociedad y de los recursos del Estado como si fueran bienes propios con el único fin de seguir construyendo más impunidad. 
No. Los autoritarios son los otros. El ataque a los medios, a los pensadores independientes y a todo aquel que no consienta con esta forma de gobernar y de mentir se convierte en un enemigo declarado del “modelo”. En un fascista autoritario, un blanco pasible del escarnio público y de la clausura social. Hecho que fascina y convoca a los policías del pensamiento que se multiplican por doquier. Pero para que haya esclavos tienen que haber quien se deje esclavizar. Por eso vuelven a ser oportunas las palabras de Edmund Burke: “Para que el mal triunfe, solo se necesita que los hombres buenos no hagan nada”. Y digámoslo claro y explícito una vez más: sigue triunfando el mal. La perversión y el atraso. La mentira y la falsedad ideológica. La construcción de este medioevo argentino cruel y feudal.

 Modus operandi marca K
 
Comienzan abrazando las causas “más nobles”. “Prefiero tener 10% más de pobres y no 100 mil muertos en la Argentina” dijo el presidente al inicio de la pandemia instalando una dicotomía “economía-salud” absurda y falaz. Los resultados: tenemos más de 51.000 fallecidos mientras hemos registrado la caída económica más alta desde el año 2002. Registramos el mismo PBI per cápita que en el año 1974 pero con diez veces más de pobreza, el 42%. Tenemos desempleo e inflación crecientes. Y niveles de desinversión inéditos. El nivel de inversión necesario para poder seguir manteniendo el sistema productivo nacional es de algo alrededor del 18-20% mientras que, con niveles de inversión cercanos al 28-30% el país está en condiciones de crecer. Hoy se registran niveles de inversión del orden del 10% o menos. Estamos consumiendo el capital de trabajo. Eso se llama desinversión. Y esto solo pueden anunciar hacia adelante mayores niveles de desempleo y de pobreza. Mayor exclusión e informalidad. Más asistencialismo. Mayor dependencia y esclavitud. Menor dignidad. Todo siempre amparado por la “consigna noble” de un distribucionismo que no es tal y en nombre de los pobres, los excluidos y los desfavorecidos que ellos mismos crean y que, paradójicamente, excluyen cada día más     y más.
 Mientras tanto siguen expoliando al Estado nacional. El “proyecto nacional y popular” requiere de esta expoliación porque, “sin plata no se puede hacer política”. Aberración instalada formalmente por Néstor Kirchner con total desparpajo y tras la cual se esconden hoy el lawfare y otros engaños jurídicos, económicos y morales que, con habilidad, estos falsificadores de la realidad han logrado implantar en las clases sociales más desfavorecidas y en los jóvenes cada vez más excluidos de la educación, del trabajo y de la sociedad. 
El kirchnerismo es un mito que se está quedando sin líder, sin héroe, sin epopeya y sin expectativas de futuro. Este cuarto experimento kirchnerista está demostrando quedarse vacío. Vacío de líderes, de ideología, de contenidos morales y de moralidad. Vacío de todo. El mayor peligro radica en que se está quedando vacío de poder. Y ya sabemos que, ante el vacío de poder, el kirchenrismo se radicaliza y el peronismo se autofagocita. Y este Titanic en el que estamos todos navegando juntos se sigue hundiendo cada día un poco más. 
No son ni vienen tiempos sencillos. 
Ya lo anticipó Karl Marx: “La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”. Ahora, en el cuarto experimento K, asistimos a la farsa de la farsa de la farsa.     
¿Qué otra cosa puede salir mal?
 

 

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