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“El nacionalismo de las vacunas, que se instaló en el mundo, es egoísta y miope”

Miércoles, 03 de marzo de 2021 01:58

El 2 de febrero, la prestigiosa revista médica The Lancet informó sobre la vacuna Sputnik V que “el análisis provisional del ensayo en fase 3 mostró una eficacia del 91,6% frente a la COVID 19 y fue bien tolerado en un amplio grupo”. Ocurrió casi cinco meses después de que el presidente ruso Vladimir Putin lanzara a esa vacuna con un nombre y una presentación demasiado politizados, sin aval científico. Ahora lo tiene. Y aunque Moscú continuó con su estrategia al interpretar el anuncio de The Lancet como la prueba de que “Sputnik V es la vacuna de la humanidad”, lo concreto es que ahora se abrió la puerta para que ingrese a la Comunidad Europea y a otros países que la rechazaban.
“La humanidad tiene un desafío muy fuerte por delante y es imprescindible sumar la mayor cantidad posible de vacunas, con aval científico”, dijo la filósofa especialista en Bioética, Florencia Luna, quien recalca que “el nacionalismo de las vacunas, que se ha instalado en el mundo, es egoísta y miope”.
Investigadora del Conicet y de Flacso, es asesora de la Organización Mundial de la Salud y en la actualidad dirige un proyecto a desarrollar con la universidad de Zurich y financiado por la OMS para evaluar “los desafíos y los logros y para fortalecer a Covax, un sistema -que creo único en su género- para alcanzar y optimizar la equidad en la vacunación”
Covax es la plataforma internacional que está apoyada por la OMS y fue creada por Gavi, que es la alianza global de vacunas, y CEPI, que es otra ONG que trata sobre temas de innovación en vacunas. “El organismo plantea un modelo basado en la proporcionalidad a la población de cada país. Se comienza con un 3%, esto después se eleva en una segunda fase a un 20% de la población hasta llegar en una tercera fase al 60% con lo cual se lograría la inmunidad de rebaño. Es a partir de la tercera etapa en donde se tienen en cuenta las diferentes necesidades y vulnerabilidades de los países”.
“Covax propone un mínimo del 20 % de la población vacunada en todos los países. Uno de los interrogantes consiste en saber si habría que intentar ir un poco más lejos... Lo importante es que Covax sea exitoso. Esta es la primer pandemia, pero no la última. No se trata de futurismo, sino de previsión. Hay que tener preparados todos los mecanismos preventivos”, dijo Florencia Luna en una entrevista con El Tribuno.

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El 2 de febrero, la prestigiosa revista médica The Lancet informó sobre la vacuna Sputnik V que “el análisis provisional del ensayo en fase 3 mostró una eficacia del 91,6% frente a la COVID 19 y fue bien tolerado en un amplio grupo”. Ocurrió casi cinco meses después de que el presidente ruso Vladimir Putin lanzara a esa vacuna con un nombre y una presentación demasiado politizados, sin aval científico. Ahora lo tiene. Y aunque Moscú continuó con su estrategia al interpretar el anuncio de The Lancet como la prueba de que “Sputnik V es la vacuna de la humanidad”, lo concreto es que ahora se abrió la puerta para que ingrese a la Comunidad Europea y a otros países que la rechazaban.
“La humanidad tiene un desafío muy fuerte por delante y es imprescindible sumar la mayor cantidad posible de vacunas, con aval científico”, dijo la filósofa especialista en Bioética, Florencia Luna, quien recalca que “el nacionalismo de las vacunas, que se ha instalado en el mundo, es egoísta y miope”.
Investigadora del Conicet y de Flacso, es asesora de la Organización Mundial de la Salud y en la actualidad dirige un proyecto a desarrollar con la universidad de Zurich y financiado por la OMS para evaluar “los desafíos y los logros y para fortalecer a Covax, un sistema -que creo único en su género- para alcanzar y optimizar la equidad en la vacunación”
Covax es la plataforma internacional que está apoyada por la OMS y fue creada por Gavi, que es la alianza global de vacunas, y CEPI, que es otra ONG que trata sobre temas de innovación en vacunas. “El organismo plantea un modelo basado en la proporcionalidad a la población de cada país. Se comienza con un 3%, esto después se eleva en una segunda fase a un 20% de la población hasta llegar en una tercera fase al 60% con lo cual se lograría la inmunidad de rebaño. Es a partir de la tercera etapa en donde se tienen en cuenta las diferentes necesidades y vulnerabilidades de los países”.
“Covax propone un mínimo del 20 % de la población vacunada en todos los países. Uno de los interrogantes consiste en saber si habría que intentar ir un poco más lejos... Lo importante es que Covax sea exitoso. Esta es la primer pandemia, pero no la última. No se trata de futurismo, sino de previsión. Hay que tener preparados todos los mecanismos preventivos”, dijo Florencia Luna en una entrevista con El Tribuno.

¿Esta pandemia cambió la forma de mirar al mundo?
No sé si tanto, pero lo cierto es que nos obligó a muchos a pensar en clave de discusión ética, con planteos que antes no estaban en la vida cotidiana. La reflexión teórica, de cómo priorizar una distribución equitativa de las vacunas en todos los países y también, un análisis práctico, acerca de cómo distribuirla entre la población con una escala de prioridades.

¿Y la comunidad internacional responde en esos términos?
Ante estos esfuerzos y exigencias éticas, aparece el “nacionalismo de las vacunas”. Los países están comprando como locos las pocas vacunas que hay. Esta semana, el director de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus, ha dicho que el 80 % de las vacunas van a diez países. Si se siguen aceptando los acuerdos bilaterales entre países con mayores ingresos y laboratorios, van a socavar la estrategia de equidad y proporcionalidad. Parece un “sálvese quien pueda”; es una visión egoísta, miope y contraproducente para todos los países, incluidos los que las están acaparando. El costo económico de ese nacionalismo de vacunas es alto. Tedros dijo también que la equidad no es solo un imperativo moral, es un imperativo estratégico y económico. Es una garantía para la seguridad de todos, porque el dinero que se gasta en el “nacionalismo de las vacunas”, si se distribuyera estratégicamente serviría para contener realmente la expansión. Inmunizar a unos pocos países no resuelve el problema, porque no frena a un virus que está en permanente mutación. Entonces, este nacionalismo termina siendo una conspiración contra todos. Un sabotaje autoinfligido, porque obstruye la campaña e impide alcanzar los objetivos. Encerrarse dentro de las fronteras no sirve frente a los problemas globales y la historia contemporánea nos lo confirma. La respuesta debe ser global.

“El panorama es desalentador y es imprescindible un plan serio de vacunación. Con el 27% se asegura la cobertura del personal de salud, mayores de 65 y gente con morbilidades”.
 

 

¿Una enseñanza de la pandemia en un mundo global?
La pandemia actual exige que quede claro no se salva nadie si no nos salvamos todos. Volver a encerrarse cada país sobre si mismo es imposible.

¿Considera politizada a la pandemia y a la vacunación?
 En el caso de la Argentina hay responsabilidades locales, pero la falta de vacunas es un problema internacional. Se necesita mucho más de un 10% de población vacunada, pero con el 27% asegura la cobertura del personal sanitario, los mayores de 65 años y los pacientes con morbilidades, es decir, los más expuestos y con más riesgo. Hay cuestiones geopolíticas que se juegan a nivel mundial. En Covax no están la vacuna rusa ni china, y deberían estar, porque una vacunación no se puede manejar con criterios políticos ni prejuicios. La publicación en The Lancet es un aval decisivo para la vacuna rusa y todo indica que la china también es eficaz. No hablemos de las posiciones de Donald Trump y Jair Bolsonaro, que directamente negaron el valor de la vacuna. Las consecuencias están a la vista: EEUU tiene medio millón de muertos.

En nuestro país, ¿falló la generación de confianza en la vacuna?
Al principio sí, y era bastante explicable, porque se trataba de algo nuevo, se daba por segura a la vacuna rusa y no había certificaciones. Pero es una etapa superada. Cuando comenzaron las vacunaciones de los distintos laboratorios y se acreditó la base científica de la Sputnik V se aventaron muchos miedos. Hoy se percibe que todos nos queremos vacunar, y eso es muy bueno. Es el camino para ir avanzando hacia la “inmunidad de rebaño”. Al principio, la confianza en la vacuna era un acto de fe; había urgencia por lograr algo que lleva tiempo; ahora la rusa es otra vacuna con aval científico.

¿Cuál es el principio rector de la salud pública?
La salud pública debe regirse por el bien común. En caso de la ética clínica, los dilemas giran en torno del paciente y el médico, pero la salud pública prevalece el bien colectivo, la necesidad de la población y hay que decidir cuestiones que pueden afectar el interés del individuo. Por eso, el aislamiento es necesario, desde el comienzo y en adelante, aunque estemos vacunados. Debemos hacernos a la idea de que debe cuidarse cada uno para cuidar a los demás.

Las polémicas y el escándalo por la vacunación de funcionarios y jóvenes, ¿puede dañar la credibilidad de la campaña?
Por lo pronto, necesariamente, es muy irritante para quienes realmente la necesitan y no están vacunados. Es inevitable. Los médicos y las enfermeras se exponen día a día al virus. ¿Cómo no va a haber enojo?

El sistema de salud pública, en general, ¿estaba preparado? ¿Genera confianza en la población?
Creo que con todas sus falencias, el sistema de salud en la Argentina es bueno, en primer lugar, porque existe. Hay hospitales, hay profesionales, hay trabajadores especializados y todavía, es prestigioso. De todos modos, la pandemia deja la enseñanza de contar con infraestructura de salud pública. Y yo creo es que incluso en Estados Unidos, el medio millón de víctimas fatales del COVID 19 se debe, en parte, a las falencias no resueltas del sistema de salud pública.

Además de la idea de bien común, la salud pública debe guiarse por criterios de prevención...
Uno de los pilares de la salud pública es la prevención. Es esencial.

Usted cuestionó a los medios que dieron crédito a la promoción de medicinas hogareñas y reclamó periodistas científicos. ¿No cree que el periodismo debe basarse siempre en datos sólidos?
El periodismo afronta una gran responsabilidad cuando aparecen emergencias de este tipo. El criterio científico esencial para no promover a supuestos investigadores de entrecasa o dando entidad a terapias muy dudosas y que pueden ser muy peligrosas. Un tratamiento fuera de indicación, como la hidroxicloroquina, ha sido aplicado a veces a enfermos hospitalizados por COVID-19 a pesar de que se carece de avales científicos. Cualquier tratamiento debe tener control médico y llevado a cabo con fundamentos científicos y no por creencias emocionales. Los periodistas científicos saben perfectamente cómo buscar la fuente para no distorsionar la información. Claro, hemos visto a líderes haciendo publicidad de compuestos domésticos. Hay que entender que una endemia causa angustia y las falsas ilusiones son nefastas. Quien no tiene conocimientos no debería opinar sobre la calidad de un medicamento.

¿Cómo percibe la evolución futura de la pandemia?
La futurología es difícil, pero el panorama no es alentador. Cuesta conseguir suficientes vacunas, y a los países de ingresos medios les cuesta más. Esperemos que se logre hacer un plan serio de vacunación transparente y que todo lo que hemos pasado hasta ahora sirva para eso. La vacuna no va a evitar el contagio, pero va a amortiguar sus efectos.
 

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