“Dejá que yo lavo”

 Son tiempos distintos, pero no tanto como quisiéramos todavía. Nuestras abuelas y madres pasaban horas y horas preparando el almuerzo, almidonando cuellos de camisas y lustrando los pisos. Los avances tecnológicos redujeron buena parte de esta carga. El lavarropas, el microondas y la batidora liberaron tiempo a las mujeres ¿Tiempo para qué? Y bueno, para seguir atendiendo otras tareas domésticas, ayudar a los chicos con los deberes, llevarlos al médico, a inglés, a fútbol y danzas.
Sabemos que las mujeres participan de los quehaceres domésticos más que los hombres. Para poner esto en números (y no perder la maña de economista), diré, a partir de una encuesta de uso del tiempo realizada por Indec en 2013, que en Salta el 83% de las mujeres realiza este tipo de tareas, versus 45% de los hombres.
Esta diferencia entre géneros se observa en cada etapa de la vida; en adolescentes, en personas adultas y entre las personas mayores. No solo eso, comparando hombres y mujeres que limpian la casa, cocinan alimentos, reparan y mantienen el hogar, resulta que estas dedican 3 veces más horas que aquellos (3 horas y 9 minutos por día las mujeres, versus 1,07 los hombres). 
¿Cuántos padres encuentran en los grupos de whatsapp “de padres”? ¿Cuántos padres vemos en la sala de espera del/de la pediatra? Con una pizca de optimismo podríamos decir que cada vez más, aunque no los suficientes. 
Otra vez en números, 59% de las mujeres que viven con niños participan en tareas de cuidado versus un 29% de los hombres. Si comparamos mujeres y hombres que realizan tareas de cuidado, ellas dedican 2.34 horas más (3.48 versus 1.14 horas por día en promedio).
Frente a esto, alguien podría decir: bueno, pero los hombres están trabajando en el mercado. Correcto, sí. Pero las mujeres también. Es aquí donde nace la idea de doble jornada de trabajo, una desarrollada por las mujeres en el mercado laboral y otra en el hogar. La mayoría de las mujeres económicamente activas no abandonan las tareas domésticas, y las brechas que mencioné persisten cuando se compara hombres y mujeres ocupados en el mercado de trabajo.
Las mujeres estamos subsidiando a la sociedad, realizando cada día, y de manera gratuita, tareas de reproducción fundamentales para el funcionamiento del sistema capitalista predominante. En un hogar donde el hombre es el único proveedor, su aporte económico al hogar permite comprar la mercadería que la mujer convierte en comida invirtiendo su tiempo. Esa mercadería es tan valiosa como las horas de trabajo de la mujer. Lo que hacen las mujeres también son actividades generadoras de valor económico, y por tanto tienen un costo. Se podría decir, un costo de por lo menos $171 por hora, siguiendo la escala salarial del servicio doméstico vigente desde febrero de 2021, más $183,5 por hora destinada al cuidado de niñas, niños o personas mayores. Un costo que nadie paga, un subsidio.
Los hombres deben abandonar sus privilegios y asumir sus responsabilidades en la crianza y en las tareas domésticas. De otro modo las mujeres no solo se hacen cargo de las personas dependientes (hijos, personas mayores y/o enfermas) sino también de los adultos autónomos que por las razones que fueran no limpian, cocinan ni ponen su ropa en condiciones. 
Los Estados y las empresas deben promover la igualdad en la distribución de tareas y diseñar e implementar acciones que permitan conciliar el rol de la mujer en el ámbito de la producción y la reproducción.
 
 

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