Hace 16 años la Mari, antes de ser la Mari, era un manojo de unos 500 gramos, tímido, apesadumbrado de orfandad. Unas manos la sacaron de la bolsa donde la habían encontrado -junto a sus hermanitos, en inmediaciones de la Escuela Agrícola- y la pusieron en el piso. La Mari miró hacia arriba y caviló en su suerte, que estaba siendo echada ahí mismo, entre María Ayelén Velarde Echenique, dueña de casa en el barrio Intersindical, y unas vecinas, adolescentes como ella, que la estaban convenciendo para que se la quedara. 
Ayelén iniciaba la carrera de Turismo y Hotelería y trabajaba de niñera para costear sus gastos. Una perra parecía una carga inconveniente para una joven que había escogido una profesión de carácter tan dinámico y cuyo cumplimiento podría llevarla bien lejos del pago. Pero a la joven ama ya la habían vencido los perrunos ojos, brillantes como estrellas. 
La Mari era una típica perra de barrio. Acompañaba a su dueña a tomar el colectivo, la veía subir en la unidad y volvía a casa. “Cuando llegaba del centro ella estaba en el jardín o quizá durmiendo en el cordón de la vereda. Su deporte por aquella época era correr bicicletas, autos y motos. Acostumbraba a cocinarle porque entonces era más barato comprar menudos de pollo o huesos carnudos y agregarles vegetales y arroz. Tres veces a la semana íbamos hasta el aeropuerto por la ciclovía, donde se disfruta de la naturaleza, los Andes y el olor a tabaco fresco. Mari siempre iba sin collar, solo respondiendo a mis órdenes de ‘quietita’ y ‘vamos’ más un silbido”, detalló Ayelén. 
Cuando se graduó ella quiso ir tras sus sueños “de conocer, vivir y disfrutar”. Su primer destino fue Río de Janeiro, el carnaval de 2014. ¿La Mari? “Quedó en casa, con unas compañeras que la aman mucho y una vecina de oro, Gloria Mom”, dijo Ayelén.

La Mari conoció en Brasil a su segundo amor: el mar. 
Hubo un antes y un después de esa poesía llamada carnaval de Río de Janeiro. Las luces, el multicolor, el baile y las carrozas la transportaron en un viaje artístico con raíces históricas. “Alegria rara, de repente nos envolve/ No enredo desse amor, rumo certeiro/ Desatina o coração, embriaga, absorve/ Diz que vai ser carnaval o ano inteiro”, cantaba alguien los versos de la poeta paulistana Glória Salles y Ayelén no quiso abandonar tan pronto ese conjuro. Sin un plan delineado, pero confiando en la providencia, echó mano de sus ahorros, armó la valija y desembarcó en Río. “Al principio estaba desesperada porque no encontraba trabajo hasta que tuve la oportunidad de ir a una entrevista y empecé a trabajar en la FIFA, en la Copa del Mundo 2014”, recordó. En el marco de ese evento Ayelén trabajó durante cinco meses para una empresa internacional. Se encargó de las relaciones públicas y las conferencias de prensa, las compras y el catering.
Luego estuvo dos meses desempleada hasta que a fuerza de insistencia le llegó la oportunidad de gerenciar un hostel en Santa Teresa. Después de concluir dos empleos importantes que le dieron una inusitada independencia económica se fue a conocer París (Francia), previa escala en Salta para ver a su perra, y al retornar a Río diseñó un plan para que la Mari se fuese a vivir con ella. 

La Mari tiene su cuenta de Instagram @mari.do.mar.
El corazón mestizo de la Mari habrá latido a mil por hora en los tramos Salta-Puerto Iguazú-Río de Janeiro. Durante el trayecto siguió las órdenes de Romina, una amiga de Ayelén, que la llevó diciéndole a cada rato: “¡Vamos a ver a tu mamá!”. 
“Le dije a Romina que le iba a dar un viaje ida y vuelta y hospedaje para que conozca Río, pero que me traiga a la perra. Y ella se movió para sacar los papeles obligatorios, con mucha responsabilidad se vino. Cuando la Mari me vio en el aeropuerto de Río no podía creerlo. Fue un momento hermoso”, rememoró Ayelén. 

“Mari do Mar”

La Mari pasó de vecina del Intersindical a residente en Tijuca, un barrio “de los más emblemáticos y encantadores de Río”, según Ayelén. La perrita debió reeducarse. Empezó a usar collar para salir, porque quería correr detrás de los vehículos. No fue el único cambio, para que se volviera un can carioca hubo que modificarle la estética. Para aguantar las altas temperaturas Ayelén le hizo cortar el pelo. “¡Me apareció una dálmata!”, bromeó. 
El Morro de San Pablo es uno de esos lugares peculiares, que, al describirlos, se nos agotan las posibilidades de expresión. Es una pequeña villa en la isla de Tinharé, ubicada 60 km en línea recta al sur de San Salvador, capital del estado de Bahía. En este paraíso de piscinas naturales, cocoteros, delfines, corales y aguas verdeazuladas se fueron a vivir Ayelén y la Mari. Y allí se produjo la mayor transformación del alma perruna. “Descubrí que le gustaba nadar, que no tenía inconveniente para saltar unas olas y entrar al mar para acompañarme. Podía estar hasta una hora solo nadando. Una vez en el Morro nadamos hasta el velero de un amigo italiano, aunque no fue fácil subirla”, relató. 

Otro destino

1 de agosto de 2017, la Mari en Lisboa. 

El Viejo Continente le dejó a Ayelén la nostalgia anidada en el pecho y pronto renacieron en ellas las ansias expedicionarias. Pero a contrapelo de los mensajes que abundan en los grupos mascoteros de Facebook, de gente que da a sus perros en adopción porque se muda de casa o de país de residencia, la joven pensó primero en su perra antes de diseñar cualquier plan. “Decidí que lo mejor para mí y la Mari era Portugal, por el fácil acceso en metro, tren, etcétera, y las muchas horas de sol y mar. Allá vivimos con algunos amigos, pudimos disfrutar de Lisboa, de Algarve y otras aguas, también de meses de lluvia e invierno. Luego de año y medio decidimos que era hora de cambiar. ‘Donde no hay amor no te detengas’”, sintetizó Ayelén. 

Y otro más 

Un paseo en bicicleta por Playa del Carmen, con su amiga Lorena.

Llegaron al Caribe, en pleno desastre ecológico. “Había algas muertas en las costas. Los humanos debemos reeducarnos, reducir y reciclar. Teníamos unas amigas desde el Morro de São Paulo que nos acogieron en Cancún y luego en Playa del Carmen, donde decidimos vivir por ser más pequeña que una gran ciudad. Estuvimos trabajando allí. La Mari tenía una amiga que la llevaba a pasear por playas que no estaban bloqueadas por la naturaleza. Luego de unos meses y de grandes experiencias decidimos volver a Salta y de ahí a Río”, contó Ayelén. Ahora que su perra tiene 16 años por recomendación de un veterinario debe viajar en la cabina de pasajeros. “Solo con fuerza de voluntad conseguí gambetear cada obstáculo para viajar con ella, lo que no fue fácil; pero ella hace su parte. Su carácter amable, sociable, y su educación y su sonrisa hicieron que nuestros viajes sean más leves entre mi bola de nervios”, destacó Ayelén. Ambas residen actualmente en Ipanema (Río de Janeiro), a la que reconocen como su segundo hogar. Allí atraviesan la pandemia, en quietud laboral. 

Pasajera de cabina entre Panamá y Buenos Aires.
“Estamos aguardando que esta realidad cambie. La humanidad necesita aprender a ser consciente y agradecida de lo que tiene. Tenemos el deber de respetar y retribuir, y entender que los tiempos del consumo disminuyeron y el amor es lo más importante”, reflexionó Ayelén. Ella está ahorrando para volver a Salta hasta que el mundo alcance ese horizonte esperanzador en que los casos de coronavirus disminuyan a cero y la gente pueda volverse turista otra vez. Regresará a su pago, con la Mari y más sabia. Como Parker Wilson, a quien su perro Hachiko le cambió le vida y que podemos escuchar decir en el filme “Siempre a tu lado”: “Tiendo a pensar que hay un elemento de la música que no puede ser capturado. La vida no puede ser capturada. El corazón humano no debe ser capturado. El momento de la creación misma es efímero”. 

 

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