María Irene Romero (*) 

El 6 de mayo de 1815 cuando Martín Miguel de Güemes asume la gobernación intendencia de Salta, esta comprendía las actuales provincias de Salta, Jujuy y el territorio de Tarija. Tuvo Güemes, desde su ascenso al cargo, el mando político y militar que le facilitaría la unificación del esfuerzo que debía realizar la provincia en los aciagos momentos que se avecinaban.
 
El escenario de 1815 

La gobernación salteña estaba en un espacio geográfico en el que se ofrecen tres tipos de paisajes: la selva de vegetación exuberante, los fértiles valles y la enhiesta montaña. Una red hidrográfica que comprende cientos de arroyos, decenas de ríos, muchos de los cuales son alimentados por los deshielos de las altas cumbres y que siguen el trazado dispuesto por valles y quebradas, contribuyó a forjar la fertilidad del suelo. En sus valles, una adecuada combinación de riego, clima y suelo posibilitaron el desarrollo de la agricultura y de la ganadería.

En los valles se cultivaba trigo, maíz, tabaco, caña de azúcar, vides, cebada, toda suerte de frutales y hortalizas. Proporcionaban, además, excelente forraje para invernar los vacunos, mulares y yeguarizos que luego de subastados seguirían camino al Alto Perú. La abundancia de ganado convertía a la Gobernación de Salta del Tucumán en abastecedora natural de los mineros del Altiplano. 

La conjunción de estos factores proporcionó a los salteños una situación de privilegio económico, y su ubicación estratégica entre Lima- Buenos Aires consolidó un activo tráfico mercantil. Salta fue un punto nodal que permitió el desarrollo de grandes fortunas y una expansión económica de relevancia.

Este próspero comercio, consolidado con los productos del agro y de la ganadería, que otorgaban a nuestra Salta una situación económica floreciente cedió bajo el peso de una guerra que había de prolongarse por más de una década.

Al transformarse la divisoria en línea de guerra y cerrarse los puertos del Perú, sus reses, sus cabalgaduras y sus cosechas estuvieron constantemente amenazados por un enemigo famélico que creía tener facilidad para adquirirla con audacia, hierro y fuego.

Las entradas del fisco descansaban, fundamentalmente, en las “alcabalas” (gravámenes sobre la introducción de mercancías), cuya percepción y monto se vieron profundamente afectados a partir de 1810. Salta vio reducida su actividad comercial, lo que incidió no solo en la recaudación de las alcabalas sino también en el impuesto municipal llamado “sisa”, el que en las postrimerías del período hispánico fue importante fuente de ingresos.

En el contexto tardo colonial de expansión económica, la eclosión de la gesta emancipadora colocó a nuestra provincia en centro neurálgico que habría de cercenar las aspiraciones realistas de dominación de los territorios del Río de la Plata. Empero, la consecución de la meta libertaria, redundó en detrimento de sus beneficios económicos y el bienestar particular. El desmembramiento de la Gobernación Intendencia de Salta del Tucumán por disposición del gobierno central en 1814, dejó a Salta y Jujuy con la responsabilidad de hacerse cargo de la defensa. Salta se integró con las jurisdicciones de Jujuy, Orán, Tarija y Santa María. En tanto, Tucumán, con sede en San Miguel de Tucumán, incluyó a Santiago del Estero y Catamarca.

Otra derivación colateral de esta decisión es que, al escindirse esas provincias, también se menguaban los recursos impositivos que provenían de esos territorios limitando aún más los ingresos de las arcas provinciales. El Cabildo salteño dio cuenta de “los incalculables quebrantos que ha padecido esta ciudad y su campaña para el desempeño de sus deberes” y de las dificultades para “levantar de la ruina y escombros a que ha quedado reducida Salta por los tiranos de Lima”.

Arcas exiguas 

Al asumir Güemes, los recursos del estado eran exiguos, en comparación a las necesidades para el sostén de los ejércitos. Todo el presupuesto estatal debió destinarse a los gastos que demandaba la emancipación. Compelido a montar la guardia en el norte contra las fuerzas del rey, quedó librado a sus propios recursos humanos y económicos para concretar la defensa. Del estado de miseria que soportaban las tropas patriotas da cuenta la correspondencia de nuestros gobernantes. En carta fechada en Jujuy el 16 de mayo de 1816, José Rondeau le expresa a Güemes: “Ayer ni hoy han tenido carne estas tropas a pesar de mil diligencias fiadas a los mismos hacendados. Son ahora las doce del día, y hago salir una partida a que traiga de las inmediaciones el ganado que encuentre, en sabiendo de quién es, veremos la conducta que se ha de     observar en orden al pago”. 

La guerra de recursos adoptada por la vanguardia demandó los mayores sacrificios y en especial a su jefe. 

En sucesivas epístolas Güemes expresa esta crítica situación financiera a Juan José Fernández Campero, Marqués de Tojo: “Ya no sé qué arbitrio tocar, para proporcionarte las vacas que me pides. Créeme por tu vida, que hoy mismo recibo cartas de Salta, las más tiernas y lastimosas reducidas a decirme que no hay un pedazo de carne para el corto resto de tropas que allí han quedado y que aún el pueblo toca esta sensible necesidad”.

De hecho, estos territorios devinieron en pobres y no podían por sí solos cubrir las necesidades de la guerra. Se precisaban recursos para afrontar una guerra extensa en un escenario vasto y con un enemigo hostilizando continuamente la región.

Es en este marco de un estado que lindaba en la insolvencia que deben interpretarse las disposiciones de la administración económica, y en cuya ejecutividad y pureza administrativa cifraba América su aspiración libertaria.

Especial atención merecen los esfuerzos económicos que realizó el gobernador Martín Güemes y los miembros del cuerpo municipal para cumplir con el objetivo de la emancipación y cubrir las necesidades básicas de la ciudadanía.

La expulsión en repetidas oportunidades a los invasores realistas le había costado a la Provincia aniquilar su comercio que antes de la revolución se extendía a setecientas leguas, ver extinguidos sus florecientes capitales y consumidos sus innumerables caballos. A tal punto quedó agotado el ejército que no le quedaba ganado, municiones y vestuario.

El estado económico de las demás provincias no les permitía acudir con el socorro necesario, por lo que el empréstito era la única forma de allegar fondos al exhausto erario.

La recaudación impositiva 

En tiempos de guerra, cuando el comercio disminuye, la actividad agropecuaria se paraliza, el cobro impositivo genera mora, rechazo en el pago de parte del contribuyente y se agudiza la picardía en el evasor.

En nuestra provincia, que se había constituido en antemural de las invasiones realistas, el esfuerzo estatal por conseguir el dinero hacía perentoria la recaudación fiscal. Al respecto Güemes en oficio dirigido al doctor Mariano de Gordaliza les requiere: “Las atenciones del Estado, cada día estrechan más al paso que es ninguna la entrada en la Caja. Procure V. cobrar cuantos dineros estén pendientes”. (Fechado en Jujuy 16 de febrero de 1816)

El 1 de enero de 1815, el Director Supremo impuso el cobro del Derecho Extraordinario de Guerra (nuevo impuesto) que gravaba a los vinos y aguardientes. Posteriormente, el 15 de febrero eleva el monto del impuesto sobre el Papel Sellado. Por auto del 28 de julio se grava con un 2% de Alcabala a los efectos de Castilla vendidos en la jurisdicción de Salta. Al día siguiente, el Director Supremo ordenó la incorporación del Ramo de Sisa, de orden municipal a las Cajas Nacionales. En septiembre, los comerciantes solicitan la nulidad de esta medida ante la Junta de Hacienda.

Retrato de la batalla de Sipe Sipe.

El Cabildo de Salta, también aplicó diferentes impuestos que tenían como destino contribuir a afrontar los gastos devenidos por la campaña emancipadora. A tal efecto en febrero de 1815 se grava con un peso a cada arroba de azúcar extranjera ingresada a la provincia. En julio, se fija en 50 pesos la apertura de comercios de traficantes de otras provincias y en 200 pesos si el comercio era de efectos ultramarinos.

En el ejercicio 1816, en enero se ordena a tres vecinos para solventar los gastos del hospital, el pago de 3.000 pesos a Pedro José de Ibazeta, 5.800 pesos a don Nicolás Severo de Isasmendi y 1.000 pesos a Andrés Castellanos, a quienes se fija el plazo de tres días para pagar esos importes ante la Tesorería del Estado. En febrero se impone una Contribución General a los ciudadanos con una base a los capitales de 10.000 pesos o más hasta los capitales de menos de 1.000 pesos, y cuyo monto fluctúa entre los 12 a los 2 pesos de impuesto. Más tarde, en julio la tasa aplicada a las pulperías se transforma de semestral a mensual. 

En julio de 1817, se impone un tributo de 10 pesos por cada mil vendido a los comerciantes de efectos ultramarinos. En septiembre de ese año, una imposición de un peso gravaba a cada cesto de coca internado. El acta fundamenta: “pues estando afectos a contribución otros géneros o especies útiles a la vida humana, con mayor razón debe imponerse sobre la coca que es perjudicial, no solamente al cuerpo sino también a la racionalidad del hombre”. 

En la administración güemesiana, los impuestos se establecían en base a la necesidad del momento, generalmente se aplicaron cuando se tenía la perspectiva real del avance de las tropas realistas, lo que ameritaba gravar diversos efectos para obtener en forma perentoria dinero con que hacer frente a la defensa. Estos tributos se suspendían en tiempos en que no había peligro de ataques, es decir, algunos tuvieron carácter transitorio. En todos los casos, responden a la necesidad de cubrir los gastos de guerra. Hay un rasgo dominante, y es que el cálculo se hace en base a la fortuna de los contribuyentes.

El comercio de mulas con el Alto Perú.

Cabe preguntarse si la administración güemesiana actuó siempre con tanta rigurosidad en la cobranza de los impuestos. De la consulta documental podemos inferir, que solo se procedió severamente en aquellas oportunidades en que el contribuyente realmente podía afrontar el gravamen y excusaba hacerlo. En las situaciones en que el giro del comercio era de poca monta y sostenido por personas que revendían artículos con el solo objeto de obtener una pequeña ganancia para cubrir su subsistencia, la sensibilidad social de Martin Güemes los eximió de la carga contributiva. En ocasiones se hizo canje del impuesto por la provisión de ganado destinado al ejército.

Los empréstitos forzosos

Los gastos de la Hacienda desde 1810, siempre crecientes, hizo insuficientes los recursos ordinarios de la Hacienda, lo que motivó la necesidad de acudir al empréstito. No era un tributo más, ya que las sumas que se prestaron lo fueron bajo promesa de devolución. 

A juzgar por la documentación consultada, los primeros empréstitos solicitados por Güemes estaban dirigidos al vecindario salteño en general.

Después de la acción de Puesto de Marqués la diferencia con respecto a la acción a seguir, determinó el retiro de Güemes y su elección como gobernador de Salta. El avance del Ejército Auxiliar hasta Cochabamba dejó a merced del enemigo a Potosí y Charcas, de particular importancia estratégica. La partida de Rondeau determinó a Güemes marchar en auxilio de los altoperuanos. Para ello, necesitaba equipar a la tropa.

La expedición prevista no llegó a realizarse, pero sirvió para hacer frente a la invasión de La Serna que debió repeler tiempo después. Más, no siempre el gobierno tuvo tiempo de observar la formalidad de solicitar el consentimiento de los prestamistas. 

José Rondeau, jefe del Ejército Auxiliar.

La recepción de los préstamos guardó las formalidades legales: a los vecinos prestamistas se les otorgó recibo por la cantidad de dinero facilitada al Estado. En ese documento constaba la finalidad a que se destinaría esa suma. En la medida de lo posible, se trató de que las contribuciones fueran voluntarias. El carácter de “forzoso” se aplicó desde los primeros años del gobierno de Güemes, cuando los préstamos voluntarios se agotaron, y fue acentuándose en los posteriores. El tenor de las peticiones de contribuciones forzosas se manifiesta en términos rigurosos y compulsivos: “notificar a los individuos de la presente lista que en el preciso y perentorio término de 48 horas que empiezan a correr desde las 12 de este día, entreguen en la Caja Nacional las cantidades expresadas sin réplica, súplica, excusa ni pretexto alguno bajo la pena de prisión de sus personas y expatriación que se ejecutará irremisiblemente en atención a que son destinadas dichas cantidades al sagrado objeto de aliviar a la Patria y en la inteligencia de que mejorado el estado de ésta, serán reintegrados oportunamente”.

Conclusión 

Cabe considerar que Güemes no podía esperar auxilio suficiente del gobierno central ni de las otras provincias. Consciente de la falta de recursos regulares, y de la imposibilidad de auxilios por parte del gobierno nacional, usó de su autoridad como gobernador para conseguirlos y recurrió al empréstito como recurso extraordinario. En este punto se ha de destacar la necesidad del estado güemesiano en recaudar impuestos y contratar empréstitos con los vecinos de Salta. Como la necesidad fue permanente en los seis años de gobierno, los empréstitos fueron frecuentes. Solo en ocasiones excepcionales recurrió a la orden inconsulta para su recaudación. Prefirió la vía de la legalidad convocando al Cabildo para que votara la contribución de los vecinos o de la Junta de Comerciantes cuando se les solicitaba a ellos. La energía con que se vio obligado a actuar para que se hicieran efectivos, se comprende en el contexto de la imperiosa necesidad de dinero que tenía el Estado provincial y el agotamiento de los contribuyentes. Aún, cuando estos tomaron en un determinado momento la calidad de “forzosos”, se tuvo en cuenta la magnitud de la fortuna de aquellos a quienes les fue requerido.

El empréstito fue un recurso económico al que recurrieron el gobierno central y todas las provincias en ese momento histórico, pero es evidente que en Salta adquirió características más acentuadas dado que la Provincia debió afrontar situaciones particularmente graves al convertirla el plan sanmartiniano en el antemural que debía rechazar las invasiones realistas. Güemes siempre buscó poner solución a la crítica situación económica en los sectores que componen la sociedad. No fue un tirano que desoía la opinión de los ciudadanos, sino que buscó el consenso de cuerpo capitular para cimentar su gestión. Su mirada no fue comprendida por el comercio local, quienes propiciaron una algarada denominada “Revolución del Comercio”, antesala del funesto destino final que tronchó su joven vida.

(*) Presidenta de la Asociación Güemesiana de Salta Autora de “Tiempos de Independencia. Apuntes para el estudio de Salta y el proceso de emancipación” y “Raíces de América”.
 

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