Exportar, importa

El golpe de estado de 1943. Perón, al participar en el golpe de 1930 y especialmente en el de 1943, se propuso, según contó y escribió profusamente, generar en la Argentina una "revolución" adhiriéndose a una corriente internacional que, muy extrañamente, proponía la preponderancia del nacionalismo, en oposición al "internacionalismo", enarbolado no solo por el marxismo sino también (supuestamente) por las democracias "decadentes" de Occidente que practicaban el comercio internacional, "verdadero estigma de las economías".

En su lugar, el nacionalismo volcaría los esfuerzos dentro de la propia economía, desalentando en todo lo posible la exportación para aplicar esos bienes a la población local. Como diría Guillermo Moreno, el ex secretario de Comercio, "hay que darle de comer a 3 millones de peronistas", curiosa frase que revelaría que los peronistas serían mucho menos de lo que habitualmente se considera, o bien que solamente 3 millones necesitan comer.

La contradicción

Es bastante extraño que no abunde en la literatura una reflexión sobre la curiosa paradoja de que los nacionalismos son mutuamente excluyentes entre sí, toda vez que si la idea es que "mi" país es el único importante, ningún otro podría aspirar a ese estatus y consecuentemente la única salida racional a esta paradoja tendría que ser la guerra entre todos los autoproclamados nacionalistas.

Sin embargo, por insólito que parezca, los países nacionalistas tendieron a coincidir entre ellos: Alemania con Italia y la Argentina golpista de 1943, con ambos y la España de Franco. Más extraño todavía, los países que se proclamaron "internacionalistas" por hipótesis, como la Rusia soviética, que al no encontrar acompañamientos en otras naciones pasó a desarrollar el "socialismo en un solo país", aunque el comunismo consiguió, en oportunidad de su colapso, el acompañamiento de todas las economías que lo practicaron: se "internacionalizó".

La economía "revolucionaria"

En otras notas se hizo mención al diseño económico del peronismo desde el golpe de 1943, el cual se propuso industrializar la Argentina, concentrando la nueva industria en la zona de Buenos Aires y atrayendo a la población del resto del país a su entorno, al mismo tiempo que, al ser supuestamente la industria creada "sustituta" de las importaciones, las que como consecuencia dejaban de ser necesarias, las exportaciones también eran, asimismo, prescindibles, con lo que el diseño de la política económica se orientó a transferir recursos del sector exportador a la "industria nacional", desalentando las ventas al exterior y particularmente las exportaciones vacunas, en el "espíritu morenista" (de Guillermo, se entiende) de "darle de comer a los peronistas", aunque en los años "revolucionarios" de los 40 del siglo pasado no se hacía referencia a cuántos sumaban por entonces.

El resultado de esa política fue objeto, como se decía, de comentarios en notas anteriores, habiéndose conseguido básicamente reemplazar los bienes de consumo que se importaban a precios internacionales, por los producidos localmente a precios muy superiores y con tecnologías que rápidamente quedaron obsoletas.

Sin embargo, lo que no pudo sustituirse por producción "nacional" fueron los insumos que esa nueva industria requería, lo mismo que las maquinarias, las que debieron ser por lo tanto importadas, pero con insuficientes divisas, ya que el "proveedor" de ellas (el campo agroexportador) era castigado y carecía por lo tanto de estímulos para abastecerlas en cantidad suficiente.

El resultado fue que, mal que les pese a los revolucionarios del fascismo y el comunismo, al estar presente una alta demanda de importaciones de insumos y maquinaria junto a una baja oferta de productos de exportación, como en cualquier mercado, el precio que en este caso es el tipo de cambio, tendía a aumentar, y en ausencia de un mercado de divisas libre el gobierno racionaba esas divisas, pero provocaba una crisis de balanza de pagos que más tarde o más temprano terminaba en una devaluación, como las que se perpetúan hasta el presente.

El secreto del asado

¿Por qué es popular la costilla entre los argentinos?

Para cualquier argentino un asado no es tal si no incluye las consabidas y altamente apreciadas "costillas", y tanto mejor si son "de la palomita", como les decimos en Salta. La explicación de esta inveterada tradición estaría dada porque, cuando comenzó el ciclo de las exportaciones de vacuno, el principal comprador era el Reino Unido, que por entonces tenía mayor población y de mucho más elevado poder de compra, a la vez que los británicos adquirían casi exclusivamente los cuartos traseros. Conforme esto, la carne con hueso y los cuartos delanteros debían venderse en el mercado local, que era menos numeroso y de menor poder adquisitivo.

Claramente el mercado solamente podía "vaciar" esta sobreabundancia relativa de carne vacuna con precios reducidos, y al ser particularmente la carne de las costillas "de la palomita" muy sabrosa y tierna, por estar ubicada al lado del lomo del animal (lo que en el sur llaman, inexactamente, "chorizo"), el asado de costilla se hizo, como se decía, muy popular por barato y apetitoso.

 ¿Exportar es bueno o malo?

La ortodoxia económica, en extraña sintonía con las izquierdas, proclama que los recursos son escasos y por lo tanto la producción tiene un límite, con lo que, ni se puede exportar, porque eso supone que queda menos producción para el mercado interno, ni se puede pagar la deuda externa, porque entonces quedan menos ingresos para los residentes de la economía.
    En realidad, como decía Paul Samuelson, Premio Nobel de Economía e icónico exégeta de Keynes, en tanto esté presente el Sol (que está brillando desde hace 5.000 millones de años y tiene otros tantos para proporcionar energía), sostener que los recursos son escasos en el sentido de que hay un límite infranqueable para la producción es un completo disparate. 
Sin duda, los recursos, para poder ser empleados en mayor medida, deben ser remunerados de forma tal de vencer la inercia que los mantiene en el nivel existente, pero eso no significa que “no hay más”, como lo evidencian todas las economías que crecen a buen ritmo, con la excepción de la “revolucionaria” Argentina, claro está. 
Por lo tanto, producir en general, y exportar en particular, no es malo sino muy bueno. Si la Argentina exporta más, desarrolla nuevas tecnologías y añade valor agregado a sus productos. 
Dispone, además, de la “moneda” para pagar sus importaciones, muy necesarias para adquirir bienes finales, intermedios, insumos y maquinarias para que la economía crezca y “todos” sus habitantes “coman”.
    Si bien se mira, la etapa de la exportación es la que alentó el ingreso de muchos de nuestros ancestros, quienes, junto a los criollos, hicieron alguna vez grande a nuestra Argentina, a la que amamos sin “nacionalismos” ni revoluciones: con patriotismo. 
Los “revolucionarios” lo único que generaron fue la inflación, el estancamiento, la pobreza, la delincuencia, el narcotráfico (y la cuenta sigue) que nos tienen estancados, y que venimos padeciendo desde largas décadas. 
Es hora, por lo tanto, de dejar atrás las “revoluciones” y simplemente atenernos a la Constitución, respetando la vigencia de sus contenidos que amparan la libertad de comercio y el derecho de propiedad.

 * Eduardo Antonelli desarrollo una extensa carrera docente en la UNSa y es diputado provincial (mc) por la UCR.
 

 

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