La causa de  todo el pueblo sudamericano

(*) Fragmento de la novela inédita "Guayaquil"

Invierno en Lima. Piensa San Martín: Hay que terminar esta guerra. Debo convencer a Bolívar de esta necesidad. La necesidad de ahorrar vidas. Detrás de este hombre disciplinado y marcial, hay un alma dolida por tanta sangre derramada, por tanta muerte y orfandad. No puedo olvidar los campos de batalla, cubiertos por cadáveres y heridos, por vidas jóvenes arrancadas a su amor, a sus padres, a sus hijos. Esta guerra debe terminar. Después de Bomboná y Pichincha, de Carabobo y Riobamba, Bolívar estaba ansioso de una reunión conmigo, para acordar algunas cuestiones. Me había pedido refuerzos para el ejército de la Gran Colombia para continuar lo que se llama, desde el gobierno de Quito, la Campaña del Sur. Le envié los refuerzos. Le envié el Regimiento de Granaderos con Juan Galo de Lavalle a la cabeza, quien con Sucre vencieron en Riobamba. Le pediré refuerzos para el Ejército del Perú, yo, que no debo ni he debido jamás nada a nadie, como retribución a la asistencia que hicieron mis tropas en Riobamba y Pichincha. Pero Bolívar también me señaló el peligro que representa para todo el continente Iturbide en México. Sin embargo, lo que más lo aflige es la independencia de la provincia de Guayaquil, que representa para él una peligrosa anarquía. Le dije que me mantendré al margen de ese problema y él alaba mi nobleza al respecto. Mi sable no se desenvainará jamás en guerras y entredichos entre americanos y él lo reconoció y aceptó.

Sé de su admiración por el Ejército Unido y por el Cuerpo de Granaderos, sé de su optimismo triunfante para la América Meridional, pero ahora su ánimo se ensombrece por una cuestión de límites, por la región del Guayas. Lo que más deseo es que ambos ejércitos puedan unirse para finalizar la guerra. Basta de muertos quemados en los campos de batalla, horror que algunos generales permiten, o cadáveres devorados por alimañas o aves de rapiña. Basta, basta de cementerios en las laderas y en los abismos de las montañas. Basta. Siempre le repite a Rosa que él no debe nada a nadie, que jamás debió nada a nadie, pero esta vez le pedirá ayuda a Bolívar, porque el auxilio es para la causa, no para él, no para el general José de San Martín, él puede partir, puede borrarse, pero la causa no, la causa es la de toda Sudamérica y del pueblo sudamericano.

A veces permanece taciturno, pide su tabaco y lo corta, arma sus cigarros y mientras el humo lo envuelve, se ve a sí mismo inclinado sobre los mapas trazando los itinerarios de las expediciones y los planes de las batallas. Tanta lucha, tantas vidas -se repite a sí mismo- Elegí ser soldado, estuve en Bailén, en el África, en Francia, en Los Pirineos, en San Lorenzo, en Chacabuco, en Maipú, esa batalla encarnizada, con tantos muertos. Estuve en medio de la sangre y la pólvora, del olor a pólvora y a sangre. Elegí esta vida, como mis hermanos y mi padre. No sé si eso es elegir. Me hirieron, casi morí, volvía a pelear, me volvieron a herir y vi a la muerte de frente. Pero acá estoy, la razón universal o el orden supremo que todo lo rige me han situado en este lugar. ¿Providencia? ¿Destino? No, decisión irrevocable por las ideas que echarán los cimientos de un mundo nuevo, el mundo que otras generaciones vivirán. Esto es el fin de la oscuridad de la Colonia, es el paso a las luces.

La duda no debe embargarme, no me embargará nunca, porque tengo la certeza de que esta lucha no es en vano, aunque a veces, el desaliento me carcome. No sé qué le ocurrirá Bolívar, no sé si él duda sobre los hechos, no sé si pregunta el para qué y el porqué. Un soldado no pregunta, un soldado obedece. Un general obedece a su empresa, a su creencia, a su absoluto, a su razón, a su proyecto, a su luz. Ya veré quién es Simón Bolívar finalmente, cuando nos encontremos frente a frente.

Sé de su valentía e inteligencia pero yo dejo las cuestiones personales a un lado. Hubo demasiada sangre en esta guerra, demasiado sacrificio para detenerse en apreciaciones particulares. Sin embargo, a veces pienso que para los dos será vernos como en un espejo, el libertador del norte y el libertador del sur, que al fin y al cabo es toda la América del Sud. Ese momento está próximo.

Cada vez estoy más seguro de que será un paso definitivo, el último. Esta guerra terminará cuando nos estrechemos las manos, porque el continente está ganado para la causa libertadora hace tiempo. Solamente resta la unión entre el ejército de Colombia y el del Perú y Chile, ese paso es el final. Veré el rostro de la verdad, luego de años de fragor y batallas. También en España habrá luz con los partidarios de una monarquía constitucional. Ay, España, qué pronto os abandoné para venir a esta tierra convulsionada, pero estaba escrito en el ideal revolucionario, el que juramos con Carlos de Alvear y Zapiola en Cádiz. La causa necesitaba soldados, gente que supiera hacer la guerra y me eligieron a mí. Ellos dijeron que era el militar indicado para llevar adelante un plan libertario.

Dejé todo, dejé al ejército, mi gradación de coronel en las filas del rey, dejé a España y a mi familia. Dejé todo, y aquí estoy preparando la última batalla, la definitiva y más decisiva de las batallas: el encuentro con Bolívar. Digo batalla o encuentro, que es lo mismo, porque no sé cómo será el otro, aunque ya me lo dijeron: es distinto Y yo pienso: tal vez sea parecido o semejante. Además ya está decidido -le confesó a Rosa- si el encuentro se convierte en desencuentro, me iré para siempre del Perú. Volveré a Chile y desde allí a Mendoza, a mi chacra de Los Barriales. Mendoza es un edén, el mejor lugar del mundo para vivir, con sus álamos dorados en el otoño y sus acequias.

Allá cultivo vides y olivares como en Las Geórgicas de Virgilio que leía en la juventud y puedo ver el lucero de la tarde sobre los picos de la cordillera.
En Mendoza nació mi hija Mercedes, la infanta, como le dicen mis enemigos, sobre todo los que son acólitos de Rivadavia, que no vacilará en hacerme apresar si regreso a Buenos Aires.
La llamé infanta a Mercedes en broma ya que algunas malas lenguas decían que yo iba a hacerme coronar rey.
Si él se marchaba, Rosa cuidaría de sus libros; ella se lo prometió. Como recuerdo, San Martín le regaló su leontina de oro.

 - Es para ti, la más hermosa y valiente de las mujeres -le dijo-, una mujer que merece los mejores diamantes del mundo.

 - Rosa le besó las manos y guardó la leontina en su pecho. Siempre la llevaría anudada al cuello, aun cuando muchos años después comenzó a sufrir ahogos mientras su hijo Alejandro la consolaba en el piso alto de la Biblioteca de Lima, donde vivía.

 - Jamás me sacaré esa joya del cuello -le decía Rosa Campusano Cornejo a Alejandro- Jamás.

. El 28 de julio de 1821, el general José de San Martín proclamaba la independencia del Perú. San Martín había declarado la Independencia de Chile en 1818 y llegó al puerto de Pisco, en Perú, en septiembre de 1820. El virrey español José de La Serna dejó Lima en junio de 1821. El 28 de julio, San Martín proclamó: “El Perú es desde este momento libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende. ¡Viva la patria! ¡Viva la libertad! ¡Viva la independencia”.
 La autora: Liliana Bellone es escritora salteña, graduada en la UNSa. Ganadora del VI Premio Internacional de Narrativa Novelas Ejemplares y Editorial Verbum con su novela “El libro de Letizia”, otorgado por la Facultad de Letras de la Universidad de Castilla-La Mancha, en España. Ha publicado dentro de los géneros de poesía, cuento, novela, crítica literaria, teatro y ensayo. Entre sus obras se destacan: “Augustus”, Premio Casa de las Américas de Cuba, 1993; “Fragmentos de siglo” (1999), “Las viñas del amor” (2008), “Eva Perón, alumna de Nervo” (2010), “En busca de Elena” (2017), “Dafne y el crimen de la montaña” (2019) y “Puccini”. La biografía americana, (2019), “Novela, mujeres y política en Jorge Luis Borges”, en coautoría con Antonio R. Gutiérrez (2021). Cuatro novelas suyas han sido traducidas y editadas en Italia.
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