Melconian: “Si queda menos de una docena de países con inflación, es porque hay solución” 

El economista Carlos Melconian anticipó, en diálogo con El Tribuno, el escenario económico y financiero que enfrenta el país en un año electoral en el que, además, se debe lidiar con las complicaciones que implica la segunda ola por COVID-19 que no termina de dejarle lugar a la pospandemia que, a su vez, traerá sus propios desafíos.

¿En qué situación económica se va a votar el 12 de septiembre?

Desde el punto de vista del nivel de actividad, del poder adquisitivo del salario, del nivel de pobreza, de la tasa de inflación y de la tasa de empleo, que son los cinco indicadores básicos, en condiciones peores que en las tres últimas elecciones del ‘15, ‘17 y ‘19. Porque aunque el crecimiento de la economía esté rebotando 7 puntos, antes tuvo una caída de 10; por eso en nivel, es peor. Lo mismo vale para los indicadores del poder adquisitivo del salario, que está en el tercer año de caída; el desempleo que está en dos dígitos pero tiene siete millones, o sea un tercio de la población económicamente activa, informal. La tasa de pobreza es solo superada por la crisis de 2002. Y la tasa de inflación, aunque baje de 4 a 3, es un 51% anual interanual en los últimos 12 meses.
Entonces, los indicadores de la calle son muy malos. Es una economía, desde el punto de vista económico, para perder. Pero después habrá que medir otros factores. Es un cóctel muy complicado y, al ser una elección de término medio con el sistema d‘hont, es complicado saber cómo concluye.

¿Qué economía quedará en 2022?

Vamos a tener un resultado electoral que puede ser local, empate o visitante, y no es lo mismo. Por impacto, en ambas alianzas mayoritarias siempre es un tema muy relevante, fundamentalmente para el que está gobernando. Segundo, va a tener un estado de situación, avance y eventualmente manejo o desmanejo adicional, la cuestión del virus y la COVID-19. Tercero, yo soy de los que he dicho que entre finales de noviembre y marzo hay que lograr un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, que no va a cambiar gigantescamente la percepción que hay sobre Argentina pero va a evitar la desprolijidad de un default. Y luego, recién ahí, está la economía propiamente dicha.
Así que lo que haya que discutir de economía a secas, en términos de cómo vino su pregunta, se va a discutir en todo ese contexto, no aisladamente.

Inestabilidad económica, dólar bajo presión y alta inflación. ¿Qué preocupaciones encierra el escenario en el corto y mediano plazo?

Usted lo acaba de mencionar: brecha, presión cambiaria, bajo nivel de reservas y tasa de inflación. Hay que buscar una política macroeconómica que tienda a atenuar esos conflictos. A evitar una espiralización de esos conflictos. 
Creo que con este Poder Ejecutivo, que no va a cambiar aunque haya cambio de Gabinete, se trata de un ejercicio de mantener estable la inestabilidad. No otra cosa. No veo a este Gobierno haciendo un programa integral y consistente, respaldado en credibilidad en el Gobierno. Entonces, ahí, en términos de lo que he definido como “berretalandia”, encontrar un piso a berretalandia, encontrar estabilidad en la inestabilidad y llegar al 2023 sin un proceso traumático para empezar a pensar la Argentina a partir de ahí, es negocio.

¿Qué significa la inflación para empresas, trabajadores, jubilados y qué para el Gobierno?

En términos de lo que significa, creo que las generaciones nuevas lo tienen que ir aprendiendo, porque las generaciones intermedias o viejas entienden que Argentina es un país que en 70 años de historia ha tenido un 80% de inflación promedio. Y sus consecuencias son siempre las mismas: en términos del trabajador de ingresos fijos, es pérdida de poder adquisitivo; en términos de mercado de capitales, es falta de crédito; en términos empresarios, es falta de crédito y de inversión. En general, es falta de horizonte y de cálculo... Incertidumbre. Es decir, no hay una nueva inflación que produce consecuencias diferentes a lo que ya sabemos. Mucho que aprender no hay, es más bien al revés: se trata de un conjunto de gobernantes en la Argentina, de todos los colores, que no han terminado de aprender la nocividad de la tasa de inflación, si no, evidentemente sería una política de Estado combatirla.

¿En qué niveles está el gasto público hoy en Argentina?

Lo importante del gasto público, que debe estar en el orden del cuarenta y pico por ciento, es que es un gasto público que está entre 13 y 15 puntos por arriba de lo que era antes del 2007 en Argentina. A partir de ahí tuvo una explosión, que fue acompañada por una presión fiscal sobre el sector privado, nuevos impuestos, también inusitada y que no alcanzó. 
O sea, la presión fiscal al sector privado aumentó inusitadamente pero el déficit fiscal también. Entonces, con independencia de la definición de gasto público que demos, lo que está claro es que la presión fiscal es insostenible y encima no alcanza. Por lo tanto, la conclusión es que es infinanciable, excepto acompañar con deuda, con emisión monetaria y con inflación. No hay peor ciego que el que no quiera ver ni peor sordo que el que no quiera oír. Es exactamente así.
Después vienen todas las teorías sobre si el gasto público produce o no inflación, para qué se usa o para qué no. Toda esa cuestión es intrascendente. Lo previo es esta definición que estamos dando.

Las políticas asistencialistas del Gobierno se apoyan en la idea de que un mayor gasto público asegura una mejor calidad de vida. Usted dejó claro qué opina de esto...
Es que eso no es una opinión. Es como si usted me preguntara, ¿cómo salieron Argentina y Brasil? Y yo le dijera que ganó Argentina 1 a 0. Y usted me dijera: “Bueno, esa es su opinión”. No, no es mi opinión. Miré el diario y vi cómo salieron. Entonces, lo que el Gobierno pueda decir no va contra mi opinión, ni mi opinión es contra lo que el Gobierno dice. Miro: el gasto público aumentó, es un hecho. No es un invento: a) Se agarra cualquier estadística del mundo, incluso las del Ministerio de Economía de Argentina; b) Se agarra la estadística de pobreza, que elabora también el Poder Ejecutivo y se coteja que el aumento del gasto público, insisto, que está verificado, no terminó en reducción de la pobreza. No son opiniones. Es la estadística oficial de la República Argentina.

Usted sostuvo que sin la “santa soja” la política económica del Gobierno habría volado por los aires a principios de año. ¿Tan endeble es el estado de las finanzas del país?

Por lo menos, no sé si definirlo como la economía Argentina, pero sí el nivel de reservas internacionales y el mercado cambiario. Porque prácticamente las reservas internacionales a fin de este año, pueden terminar igual o levemente superior a fines de 2020. Y en el interín, uno se sacó un billete de lotería llamado cosecha, que era la misma, multiplicada por precios que aumentaron explosivamente y que hay que hacer la cuenta, que da 10.000 millones de dólares de diferencia. Entonces, si me dieron 10.000 millones de dólares de “upa” y las reservas no aumentaron 10.000 millones de dólares, sino que prácticamente terminan igual, si no hubieran venido 10.000 millones de dólares sobre 50.000 millones de exportación, entonces habría volado por el aire. 
Es numerología contundente, no es que hay que torturar los números para que den lo que uno pretende. Es una cuenta de almacenero. 

¿Por qué el dólar y la inflación tienen en el país incidencias que asombran al resto del mundo?

Es larga la respuesta. Este Gobierno tiene la responsabilidad, como tantos otros, de no haberla arreglado. Pero yo he definido al problema de la Argentina como un proceso de temas acumulativos en el tiempo, de complicaciones, de crisis fiscales, bancarias, devaluatorias, financieras. Entonces, en el fondo, hay un repudio a la moneda, y como hay un repudio a la moneda, son excepcionales los momentos donde eso se pudo domar. Lo normal, es vivir como ahora. El compromiso que tiene la clase dirigente argentina, donde yo no pongo ni equipo ni color, es saber si en algún momento va a tomar la responsabilidad de un acuerdo para cerrar este capítulo de Argentina. 
Yo creo que tiene solución, porque si sobre 187 países en el mundo, queda menos de una docena con este problema, evidentemente solución hay. No es que se trata de una enfermedad incurable, se trata de una enfermedad curable. Hay vacuna. Está probado. 

¿Qué se necesita para evitar que aquello que usted define como “berretalandia” se transforme en una costumbre enraizada?

Un correcto diagnóstico, un correcto programa, la gestión de ese programa y, fundamentalmente, la implementación. Para esto hace falta, del lado de la política, acuerdo. Del lado de la dirigencia empresarial y sindical, acuerdo. Del lado intelectual y profesional, diagnóstico y programa. Y la gestión y la implementación. 
 

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