Inolvidable: qué implica este bronce olímpico para el vóley y argentino

Después de varios amagues, el vóleibol argentino dio un golpe. No un terremoto, pero sí un impacto, porque el bronce es un enorme premio, lo máximo que ha obtenido en su historia. Tokio 2020, que empezó torcido con una derrota contra Rusia y un doloroso 2-3 en el clásico sudamericano tras estar 2-0, terminó con gran alegría: el 3-2 sobre Brasil, el seleccionado más exitoso del siglo, le reportó un tercer puesto olímpico con sabor a metal más precioso.

Fue el tercer partido por una medalla de bronce para la Argentina en la historia de los Juegos. El primero, aquél de Seúl 1988 contra el propio Brasil, era hasta ahora el tótem, el encuentro histórico, la hazaña por repetir. Pues ya fue copiada, con este triunfo que quitó aquella espina de la derrota en el grupo frente al archirrival y que puso al vóleibol nuevamente alto en una producción argentina olímpica. En deportes de conjunto, ya había habido varios podios del año 2000 en adelante, en fútbol (oro en Atenas 2004 y Pekín 2008), hockey sobre césped (oro en Río de Janeiro 2016, plata en Sydney 2000, Londres 2012 y Tokio 2020, y bronce en 2004 y 2008), básquetbol (oro en 2004 y bronce en 2008) y rugby (bronce en 2020). Entre los más populares del país, faltaba la contribución de este deporte en el medallero.

El vóleibol es una de las disciplinas de equipo más practicas en la Argentina, que organizó un mundial en 2002, en el Luna Park, de Buenos Aires. El ambiente se sentía un poco relegado en los últimos años, más allá de tener varios jugadores en acción en Europa. La liga nacional afrontó algunos problemas y el seleccionado masculino tenía buenas actuaciones parciales pero le faltaba coronar un resonante resultado final en una competencia. El femenino, en tanto, venía creciendo, con clasificaciones para protagonizar los Juegos Olímpicos, pero en Tokio 2020 experimentó un retroceso respecto a Río de Janeiro 2016. Ahora el vóleibol nacional confía en que el logro de la medalla de bronce alimente las bases, genere más interés en chicos como para que quieran volcarse a practicarlo.

Y para la delegación celeste y blanca, en su participación olímpica menos exitosa posterior a Barcelona 1992, el tercer puesto del vóleibol cobra más relevancia. En Juegos recientes, entre algunas medallas doradas y plateadas, las de bronce quedaban relegadas en atención. En este contexto, el metal amarronado reluce especialmente, por más que le permite trepar solamente un puesto en la clasificación general de países de Tokio 2020.
Para el deporte de los remates y los bloques, sin embargo, es mucho más que eso. Es el bronce; es el triunfo sobre Brasil, el archirrival y tricampeón olímpico; es el desquite de ese partido por el tercer lugar perdido en Sydney 2000 a manos de Italia; es revivir su película más dulce, la de esa victoria de la generación de bronce de Seúl ’88 ante el gran vecino; es la esperanza de ocupar un espacio más grande en el concierto internacional. Y para su máximo referente, Facundo Conte, no es descolgar un póster, sino meterse por fin a esa foto familiar que tiene a su papá, Hugo, como poseedor de una medalla olímpica. Sin retoque digital, sino con absoluto mérito propio.

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