Orgullosamente docente

"Tenemos una escuela que ha perdido la vocación de enseñar": este es el título de una entrevista a la profesora Guillermina Tiramonti, publicada en el diario La Nación, provocativo por cierto para quienes ejercemos la profesión docente.

A la desazón inicial se sumó la inquietud de saber que la entrevistada considera que la Educación argentina se ha convertido en un simulacro: unos hacen que enseñan, otros hacen que aprenden y todos miran para otro lado mientras no se hace ninguna de las dos cosas.

No hace mucho tiempo, investigando cómo había sido la conmemoración del centenario de la Independencia en el departamento de Metán, descubrí en una copia del libro de actas del Concejo Municipal que el festejo consistió en entregar una cierta cantidad de dinero al hospital y a las escuelas. La medida pareciera mostrar cierta correspondencia con la actualidad: educación y salud fueron y son actividades prioritarias de las que se espera mucho y se convierten en objeto de atención más en las esferas de los discursos y las críticas y menos en la de las prácticas superadoras.

Posiblemente la escuela y la docencia han sabido reinventarse en cada coyuntura histórica; sin embargo pocas profesiones son objeto de juicios tan generalizados y lapidarios. Con o sin políticas educativas claras, con o sin recursos asume la tarea de convertir a hombres y mujeres en promotores del cambio. Para dialogar con la afirmación de Tiramonti recorro parte de la historia de la educación en el sudeste salteño, no pretendo mostrar su evolución, pues eso sería una verdad de Perogrullo, sino evidenciar la capacidad que tuvo y tiene de enfrentar circunstancias adversas.

La pandemia nos enfrentó a la dificultad de educar sin la presencia física del maestro a la par del alumno; la solución fue la virtualidad con todas las limitaciones, representadas en la escasa conectividad de algunos sectores sociales que no poseen los medios o el conocimiento del manejo de las herramientas y el lenguaje de las redes. Todavía no sabemos, y nos preocupa demasiado, como llegar a una juventud que sufre más la influencia de los medios que de instituciones tradicionales como la escuela. Los docentes estamos frente a un desafío y es el de aprender a utilizar los nuevos lengua jes.

Un trance similar enfrentaba el gobierno salteño hace 182 años al tener que educar una campaña sin maestros. La solución fue dada en 1829, José Ignacio de Gorriti estableció el método lancasteriano para instruir a los habitantes de la campaña y promovió la formación de preceptores figura equivalente a la del docente -. Tres años después el gobernador Pablo Alemán ordenaba la creación de escuelas de primeras letras en todos los departamentos de la provincia y junto a ellas se constituían las comisiones protectoras de la educación encargadas de ayudarlas.

En el bienio 1839 - 1840 se produjeron grandes avances; Manuel Solá a cargo del ejecutivo creó veintidós. Los mismos vecinos construyeron a sus expensas las habitaciones que hicieron las veces de escuelas y los sueldos de los preceptores se cubrieron, de manera bastante irregular, con lo re caudado en la campaña o lo aportado por la provincia.

La educación se convirtió en la herramienta para dotar a las personas de libertad y en ese proceso ella misma se emancipó de ciertas prácticas y prejuicios reñidos con la modernidad. En los inicios el primer cuestionamiento fue la instrucción de las mujeres; así el preceptor de la escuela de la Candela ria le pedía al Gobernador no las incluya porque "las muchachas mujeres son muy molestas y es doble trabajo al de los barones (sic)". Hoy la escuela integra a los jóvenes sin considerar las diferencias de género, creencias o capacidades; la inclusión de niños con discapacidad ha sido quizás uno de los más grandes avances.

Mariano Salas y Manuel Peñaloza en la Candelaria, José Xavier Maurín en Conchas, Gregorio Adelaide en Copo Quile o Tadeo Chávez en Anta ciertamente resultan desconocidos; fueron los primeros maestros en la campaña del sudeste salteño.

Hasta ahora he tomado contacto con unos pocos documentos que describen su tarea, sin embargo los resultados podrían apreciarse en las cifras del censo de 1869 realizado durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento. Sobre cuatro mil ciento cincuenta habitantes de la campaña, a treinta años de establecerse las primeras escuelas, trescientos ochenta y cinco sabían leer y escribir y de ellos el 36% correspondía a mujeres que declaraban mayoritariamente ejercer el oficio de costureras y en menor medida el de ser sirvientas, queseras, panaderas, cigarreras, hilanderas, chicheras, amasanderas, cocineras, tejedoras, bordadoras y criadoras. Mientras de los asistentes a las escuelas el 50% fueron niñas.

En nuestro tiempo la escuela es el centro de las críticas y el objeto de juicios lapidarios como la educación en Argentina se ha convertido en un simulacro (…) Una afirmación acorde a una práctica muy difundida, la de señalar las responsabilidades ajenas y no la de reflexionar sobre las propias; cabría preguntarse qué hacemos desde el lugar que ocupamos y de lo que somos.

Así 1859 no nos resultará muy lejano ni ajeno; en ese tiempo Manuel Solá instauró la educación pública gratuita- y obligatoria para los padres -, elevó al preceptorado al grado de profesión, considerándolo como una carrera profesional, honorífica y meritoria e involucró a la sociedad para su funcionamiento y mejora.

El pasado nos devuelve la imagen de educación como labor mancomunada, el presente la de un trabajo cuya responsabilidad recae al parecer sólo en la escuela y el docente; de ellos se espera una educación emancipadora con todo lo que supone: la mejora de la sociedad y de quienes pasan por las aulas, el diálogo y el reconocimiento de la alteridad.

Fines y valores muy loables pero que en los últimos tiempos, corren de manera unidireccional. Hago mía las palabras de Freire: "la educación no es la clave única para abrir la puerta de la transformación político social de la sociedad. Ésta no es la única pero sin ella no se hace nada […] Si ella no lo hace sola es porque necesita contar con otras dimensiones de la organización política del Estado y de la sociedad" (2008 p. 199) * Freire, P (2008) El grito manso. Buenos Aires. Siglo XX.

 

 

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