La depreciación de la moneda y la inflación no son tan temidas por los gobiernos, aunque perjudiquen seriamente al pueblo porque permiten repudiar una buena parte de las deudas de las naciones.

La idea de la seguridad y las certezas absolutas en casi todo son mezquinas; la incertidumbre nos rodea y acosa continuamente.

Es cierto, a medias, que pagar las deudas tiene una importancia moral, pero en general este principio es sostenido por los acreedores que suelen tener una cuota alta de poder y fuerza y que nos otorgan o nos quitan según las circunstancias la confianza, la seguridad jurídica y el nivel de riesgo país. Una "moneda estable" es la que tiene un poder adquisitivo constante en relación con el promedio de los productos.

El desiderátum es tener una moneda estable y seguridad en el crédito, pero los hombres deseamos hacernos ricos de cualquier modo y a costa de lo que sea; preferimos casi siempre tener mucho y al mismo tiempo dinero, poder y placer.

Pensamos que los competidores nos perjudican y los clientes nos benefician y hay una tendencia a pensar que las finanzas representan la riqueza y por eso se sigue la dirección indicada por los bancos que tienen intereses opuestos a los productores, los industriales y el público en general; por eso existe para evitar hegemonías y perversiones la intervención del Estado.

El ciudadano de a pie se queda perplejo, mudo de espanto, cuando le hablan machacona y apocalípticamente como en estos nuestros días de reservas altas o bajas, emisión monetaria, inflación, deflación, estanflación, recesión y todo el resto de la jerga.

Uno de los impedimentos para el éxito de la democracia en nuestra época es la complejidad del mundo moderno, que hace cada vez más difícil para el hombre y la mujer de a pie formarse una opinión sobre cuestiones políticas y aun decidir quién es la persona cuyo experto juicio merece el mayor respeto.

El dinero es un producto cultural y social que aumenta constantemente su influencia sobre las conductas humanas y que no da muestras de decadencia.

El dinero tiene una desmesurada influencia y la gente en general ha obliterado el concepto primigenio de instrumento destinado a facilitar los intercambios comerciales; el dinero ha tomado hace tiempo un valor en sí mismo y es admirado y codiciado por su capacidad de reproducción y crecimiento, es una especie de emancipación de su utilidad propia que se ha transformado en un fin.

Se pasa prácticamente de usar el dinero para comprar y vender en busca de beneficio a que el dinero se compre y se venda a sí mismo como fuente máxima de provecho independizado de las cosas para cuyo intercambio fue inventado.

El dinero carece de toda fuerza e importancia fuera de la compañía humana, pero la sociedad necesita para sobrevivir además del dinero mitos, ilusiones, esperanza, confianza en sí misma, proyectos compartidos, valores. Tener mucho dinero es alcanzar una felicidad abstracta. Cuando se impone en la relación humana el cálculo, la afectividad desaparece.

La codicia, la avaricia y la usura fueron sustituidas por una palabra más presentable: el interés (inter est: lo que está entre los hombres y los une) que sigue siendo ventaja económica pero que da una imagen socialmente adecuada de cordura y elegancia pragmática.

El dinero puede convertirse en poder, en poder político que influye sobre los demás con incalculable posibilidad abierta.

Aún en las mejores democracias, la globalización y la eliminación de las fronteras permite una gran movilidad de capitales importantes que pueden imponer sus condiciones para establecerse en un país determinado a los que se les conceden privilegios en detrimento de las leyes y condiciones que deberían ser igualitarias para todos los ciudadanos; los estados democráticos muchas veces se ven supeditados a un estado plutocrático interior.

El dinero por sí solo no basta como cimiento de una ciudadanía auténticamente democrática. (Fragmento).

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