Un "país" dentro del país, que decide por todos

Como en las finanzas, en política también hay lo que se conoce como "fundamentals". Son los puntos de apoyo ineludibles para el pensamiento y la acción. En línea con esa correspondencia, hay tiempos en los que la oferta ensaya creatividades que pretenden superarlos o dejarlos en el olvido, reinventando las reglas de la evidencia. Siempre terminan con un crash; en finanzas y en política.

La elección del 12/9 evidenció la reacción de dos "fundamentals" del sistema constitucional argentino: el federalismo y el liberalismo (clásico, como tolerancia y respeto a las libertades). Ambas fibras se anudan con el origen de nuestra historia profunda. Viejas banderas más actuales que nunca. Martínez Estrada decía que sin federalismo Argentina estaba condenada a "un cuerpo de David con una cabeza de Goliat". Uno de los mayores errores constitucionales ha sido la eliminación del colegio electoral (otro fundamental, nuestra democracia es representativa). Con su aparente arcaísmo, aseguraba muchas cosas, pero sobre todo una distribución demográfica que no favorecía la concentración.

Desde 1994 se creó un país dentro de un país, que toma las decisiones por el resto. Eso es el conurbano bonaerense: un acuerdo espurio que garantiza lo peor de la clase política prebendaria, asociada al analfabetismo y la pobreza. Igualando hacia abajo, con la paradoja de más concentración con más indigencia. A eso se sumó la ausencia de una ley de coparticipación federal, tal vez la mayor deuda institucional del país, status quo que garantiza gobernadores mendicantes y con pocas ideas.

El resultado electoral es un retomar el hilo de la historia de la verdad y dejar la del error; una respuesta federal a una propuesta unitaria de gobierno, contraria a nuestra Constitución, nuestros valores y nuestra historia.

De su lado, y contra la pretensión de muchos reformistas copiones de novedades pseudofilosóficas "avant garde", el intento por achicar el radio de las libertades individuales tiene un límite. Para ser más claros, sin libertad no hay ningún proyecto posible y en eso estábamos, en todos los planos: económico, político y social.

Desafiando leyes elementales como la emisión monetaria, el encierro y la suspensión de clases indefinidas. Creer que porque la libertad es un concepto inasible no existe y se puede reemplazar por un régimen de "estatolatría", es un sinsentido.

Más allá de las lecturas coyunturales hay un mensaje: no es tan fácil cortar cables tensores de nuestro orden institucional. No en vano pasamos una guerra fratricida de treinta años para llegar a nuestra Constitución Nacional. Pavón y Caseros son parte de nuestro ADN que no se borran ni con reinterpretaciones forzadas.

Ojalá estemos a la altura de nuestro largo plazo histórico, reinventándonos, pero sin olvidar quiénes somos. Porque para saber adónde vamos, tenemos que saber de dónde venimos. Sin libertad ni federalismo, seguro a ningún lado.

 

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