Salud mental y contención

El movimiento de desinstitucionalización de los enfermos mentales en manicomios comenzó lentamente en la década de 1960, se convirtió en una política desenfrenada en la década de 1980, cuando ya estaba claro que creaba tantos problemas como los que pretendía solucionar.

Entonces y hoy hay una enorme población de enfermos mentales indigentes en situación de calle en casi todas las ciudades y pueblos lo que prueba que no se posee una red adecuada de clínicas psiquiátricas, centros de reinserción social, ni la infraestructura necesaria para contener a miles de pacientes que abandonaron los hospitales psiquiátricos o manicomios que posibilitó parcialmente la introducción de la medicación antipsicótica y un movimiento anti -institucionalización desbordante que consiguió una legislación conveniente a sus propósitos.

Es cierto que la medicación es mucho menos milagrosa que lo esperado. Pueden mitigar los síntomas positivos de la enfermedad mental como las alucinaciones y los delirios, pero tiene escasos efectos en los síntomas negativos como la apatía, la pasividad, la falta de motivación y la capacidad de relacionarse con los demás. Los medicamentos antipsicóticos tienden a reducir la energía y la vitalidad produciendo una apatía propia y muchas veces tienen efectos adversos o secundarios intolerables como parkinsonismo, discinesia tardía que pueden persistir durante años aunque se interrumpa la medicación.

Muchos pacientes no desean abandonar sus psicosis pues éstas dan sentido a sus vivencias y los identifican en el mundo. Muchos pacientes a los que se los había dejado salir de las instituciones tuvieron que ser readmitidos semanas o meses después.

En 1990 quedó claro que este proceso de alta de las instituciones psiquiátricas se había acelerado y precipitado en demasía sin ofrecer a cambio ninguna alternativa real adecuada salvo en el plano teórico.

Tenemos una tendencia inveterada a considerar los hospitales mentales como pozos infernales de caos, sufrimiento, sordidez y brutalidad.

Muchos pacientes, sin embargo, se sienten profundamente aliviados cuando una institución los protege; pueden confiar en el orden y la predecibilidad.

En el siglo XIX en ausencia de tratamientos específicos para la enfermedad mental se utilizaba el tratamiento moral para dotar al enfermo de algunas herramientas para gozar de una apreciable salud física y mental dentro de un contexto humanitario. Aquellos primeros hospitales tenían buenos edificios, espaciosos jardines, abundante luz y aire fresco; los pacientes cultivaban casi toda su comida, hacían ejercicio, tenían una dieta variada, trabajaban, el trabajo se consideraba una forma básica de terapia y servía para mantener el hospital, se estimulaba el sentido comunitario y la camaradería y muchos pacientes reconocían y aceptaban su propia locura.

Estos hospitales proporcionaban control y protección de los síntomas de los pacientes y los protegían del ridículo, el aislamiento, la agresión o los insultos que tan frecuentemente eran objeto en el mundo exterior. Obviamente la vida en estas instituciones tenía limitaciones, era una vida simplificada y menguada dentro de una estructura protectora y protésica; se podía estar tan loco como que a uno le apeteciera y sobrevivir a las psicosis. Por lo general, los pacientes permanecían institucionalizados por mucho tiempo y no estaban preparados para regresar a la vida exterior, vivían en los hospitales durante décadas y morían en ellos (cada hospital tenía su propio cementerio). Así las cosas, era inevitable que la población de los hospitales para enfermos mentales creciera pareciéndose cada vez más a pequeñas ciudades; también era inevitable que dada la cantidad de internos y la insuficiente financiación estos hospitales fueran perdiendo sus ideales originales, se volvieran sórdidos, negligentes y gerenciados por burócratas ineptos, corruptos, hasta sádicos y con escaso personal situación que persistió hasta la primera mitad del siglo XX.

A partir de la década de 1950 que trajo los medicamentos antipsicóticos que parecían prometer alivio o supresión de los síntomas psicóticos o una cura se instaló la idea de que ya no había que custodiar y proteger a los internos ni mantenerlos por mucho tiempo en los hospitales; una breve estadía como interno podía estabilizar la psicosis y permitir que el paciente regresara a su comunidad donde se le podría mantener a base de medicación y supervisión.

Los hospitales psiquiátricos son lugares en los que uno puede estar loco y a salvo, con la certeza de encontrar si no una cura al menos reconocimiento y respeto, compañerismo y comunidad.

Actualmente los hospitales para enfermos mentales cobijan pacientes crónicos que no responden a la medicación o son incorregiblemente violentos y suponen una amenaza para la seguridad pública. La inmensa mayoría de los enfermos viven fuera de los hospitales, viven solos o con sus familias, visitan los centros de asistencia ambulatoria y otros residen en centros de rehabilitación.

Cuando las cosas se ponen difíciles para la familia el paciente puede reingresar a un hospital para tratamiento médico reforzado por la asistencia de psiquiatras, enfermeros, asistentes sociales y terapeutas que proporcionan ayuda al paciente y a su familia.

El 99% de los enfermos mentales que no poseen recursos propios no reciben tratamiento adecuado. Este grupo de enfermos es el menos apoyado, más marginado y excluido de la sociedad actual como las personas con capacidades diferentes. Aún las personas más enfermas a los que se considera con pronóstico sin esperanza podrían con buenos tratamientos y soportes llevar una vida satisfactoria y productiva.

 

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