Juli Ortega, la influencer salteña, eterna e inolvidable 

“Hijita, te fuiste a un lugar muy especial donde descansas en paz. Vuela alto mi ángel, el cielo está de fiesta. Estamos agradecidos de todo corazón por habernos acompañado en este momento tan difícil que nos tocó vivir. Gracias a Dios, Julieta Celina Ortega Flores ya está descansando en paz, donde no hay dolor ni sufrimiento. Ella es una estrellita que nos iluminará a cada uno de nosotros”, escribió su mamá, Quintina Flores, quien dedicó cada día de su vida a acompañar a Julieta en este camino duro que le planteó la progeria, pero también lleno de aprendizajes y desopilantes sorpresas sobre lo que se cree imposible. Es que Julieta hizo de la resiliencia una bandera, su aspecto de niña anciana lejos de acobardarla, la posicionó en otra esfera donde lo inimaginable se hace posible. Fue popular, sabia, sincera, abierta, la mejor amiga. Le sacó el jugo a sus 19 años en este mundo bailando, actuando y siendo una verdadera influencer en las redes sociales, aun con una enfermedad que promedia en 13 años la expectativa de vida. 

 

Hay desconsuelo en TikTok por su partida. Tenía 2,3 millones de seguidores en la red social más popular del momento, donde la despiden recordando sus videos y sus frases como: “Tengo la autoestima alta porque aprendí a aceptarme, me amo como soy”. 

En 2013 El Tribuno publicó en sus páginas la impactante historia de vida de Julieta, quien nació el 15 de septiembre de 2002, el día del Milagro para Salta. Pesó 3,1 kilos. “Solo le costaba succionar el pecho, le dolía la pancita como a cualquier bebé y nada más. Pero a los pocos meses se le comenzó a caer el pelo y la piel se le hizo arrugadita y dura y los médicos no sabían qué hacer, qué decirme, estaban desconcertados. La bebé se la pasaba en observación. Me hablaban de esclerodermia, de síndrome de Werner y otras cosas que no entendíamos”, contó entonces Quintina, la mamá de Julieta.

La niña tenía siete meses de vida y los Ortega Flores naufragaban en un mar de incertidumbre. “Justo en esos días vino al hospital un reumatólogo infantil de Buenos Aires y yo la llevé a Juli creyendo que tenía un problema de huesos. Ahí me encontré con Mateo y su familia que había ido a ver al traumatólogo con las mismas dudas que yo; querían una respuesta al problema del chiquito. Recuerdo que lo miré y me asombró el parecido de Mateo con mi nena y dije: no quiero perder contacto con esta familia porque los dos chicos tienen lo mismo”, contó.

 

En su frenética búsqueda de una señal que le marcara el camino a seguir, Quintina no cesó. “Poco después de este encuentro, la tía de Mateo se contactó con Estados Unidos y mandamos muestras de los dos chiquitos”. Los resultados de los análisis sentenciaron: Progeria (del griego pro, “hacia, a favor de” y geron, “viejo”), envejecimiento prematuro.

La enfermedad es también conocida como síndrome de Hutchinson-Gilford. Este síndrome afecta a menos de 500 niños en todo el mundo y quienes lo padecen suelen llevar una vida normal durante los primeros meses, pero después su envejecimiento se acelera y suelen tener una esperanza de vida de 13 años. Desde el diagnóstico, los Ortega no midieron esfuerzos para ayudar a su hija a tener una mejor calidad de vida. Viajaron dos veces a Boston, Massachusetts, para recibir un tratamiento experimental que intentó detener el envejecimiento. 
Julieta soñaba con ser veterinaria. Amaba a los perritos. Tenía tres: Cliford, Chispita y Loqui, todos hijos de la calle. 

 

En diálogo con El Tribuno, allá por 2013, Quintina expresó: “Le cuestioné a Dios al principio esta enfermedad que le tocó a mi hija porque no lo podía entender, pero después terminé aceptando y tomé la actitud de dar batalla y acompañar a Juli con toda la alegría posible”. Ojalá logre consuelo por la pérdida de la inolvidable Julieta. Descanse en paz. 
 

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