En las Malvinas se peleó y con honor

Este año 2022, con la variante del COVID-19 Ómicron asolando nuestro país, se cumplen 40 años del desembarco argentino en las Malvinas. Mientras se siguen escribiendo versiones sobre los combates terrestres, el país en su mayoría acepta el valor de la gesta y de los que combatieron. De una manera solo posible entre nosotros, exorcizando propios demonios y fantasmas, se soslaya que la guerra se dio bajo un gobierno de facto.

Desmalvinización

El ex jefe del Ejército Martín Balza ya publicó sendos libros y artículos sobre la temática y todos, en general, siguen un mismo patrón argumental, como el publicado hace un año atrás: "¿Peleamos en Malvinas? Cómo se borraron los altos mandos que visitaron las islas cuando comenzó el combate" y constituye un ejemplo de "mensaje" ("nosotros, los valientes que combatimos versus los odiados y cobardes jerarcas de la dictadura y que encima, "desmalvinizaron").

Como "las aguas normalmente buscan su nivel, podrían existir otras versiones para demostrar que se peleó, sin segundas intenciones. Para ello comparemos lo expresado por otro jefe táctico, que dio muestras de virtudes guerreras de excepción y que en opinión del propio Balza fue una de las organizaciones que se "salvó" de las críticas en el Informe Rattembach.

Me refiero al Batallón de Infantería de Marina 5 y su jefe, el contralmirante Horacio Robacio, que en su libro "Desde el Frente" (Solaris, Bs. As. 1996), entrega otra mirada ya desde su prólogo: "De esa lucha, como también lo ha hecho este relato, se han escrito muchas historias sueltas, de uno y de otro lado. Lamento que, del nuestro, quienes ejercieran el gobierno en su momento y quienes lo ejercen no hayan reunido a los actores responsables para escribir una única y legitima historia".

Robacio no elude las responsabilidades de los superiores de ese entonces cuando afirma que "hicimos la guerra de 1914 en 1982". O sobre "el autoengaño" por el incorrecto asesoramiento. Pero no denuesta a sus superiores, pares o subalternos.

Balza afirma que los comandantes de entonces "iniciaron el proceso de desmalvinización". El autor intelectual fue un foráneo, el sociólogo francés Alain Rouquié, quien abogó por la deslegitimación de la guerra, quitándole la posibilidad de rehabilitación a las Fuerzas Armadas ante la sociedad. Esta negación de Malvinas, instaurada como mecanismo de defensa del colectivo, fue la tendencia a evadirse de los hechos dolorosos de la derrota.

Desde el punto de vista de la psicología social, toda negación se paga con vulnerabilidad, ya que el dolor podría continuar ininterrumpidamente. Recién tras 30 años de la guerra del 82 se renovó el reclamo argentino de soberanía sobre el archipiélago.

Pero gracias a los centros de veteranos y familiares de caídos, tanto de cuadros como de soldados, se recuperó el sentido de la gesta. El discurso "malvinizador" no fue impulsado por los que conducían el país, sino que fue "de abajo" hacia "arriba", y por otros actores anidados en las Fuerzas Armadas "profundas". Promediando los años 80, en las cuadras-dormitorios se leía con admiración a los conscriptos, antes de acostarse los hechos heroicos de la gesta, mientras que la sociedad seguía negando "Malvinas" y veía como "bichos raros" a aquellos excombatientes que desfilaban en los actos públicos.

Recuerdos de la guerra

En el año 2003, mientras cumplía una misión exterior de "imposición de la paz" en la ex-Yugoslavia, tuve la oportunidad de invitar a un comandante británico a mi base en Kosovo. Mi compañía de soldados era de las tres Fuerzas Armadas, quienes tuvieron un alto rendimiento en la misión, habiendo recibido muchas y variadas distinciones y condecoraciones por parte de tropas y gobiernos extranjeros. En la época en que aún existía la "desmalvinización", decidí marchar a la capital kosovar donde se encontraba la Fuerza de Empleo Inmediato, la Brigada Multinacional "Centro", liderada por los británicos, para invitar a nuestra base a los excombatientes de Malvinas a la conmemoración de un nuevo aniversario del conflicto.

Para mi sorpresa, cuando supieron que era argentino, la base militar más vigilada y de difícil acceso por parte de cualquier integrante de KFOR (Kosovo Force) se abrió para mí y llegué casi de inmediato al puesto comando del comandante británico, quien no se encontraba pero sus ayudantes tomaron nota.

Habiendo regresado a mi base, días después recibo una comunicación de este comandante, quien aceptó la invitación; concurriría con sus veteranos de guerra señalándome, para mi sorpresa, que él mismo había peleado en Malvinas con el grado de teniente.

Una semana después oímos en nuestra base los rotores de los helicópteros británicos que se aproximaban. Yo esperaba a la comitiva extranjera en el medio de un helipuerto de campaña al que le estaba dando seguridad un grupo de soldados alemanes, adelantados para custodiar al brigadier general Jonathan Shaw, el comandante británico de la brigada más potente del teatro de operaciones.

Ya en el suelo los helicópteros, el comandante británico bajó de la aeronave; me acerco para presentarme y saludarlo y casi sin mediar palabra, me estrecha la mano:

"It's a dream" , balbucea, visiblemente emocionado de ese encuentro.

Desarrollo la visita de los británicos, iniciando con una formación de toda mi subunidad en aquella montaña boscosa nevada tan extraña para los sudamericanos y con mi bandera de guerra desplegada. Brindo un discurso de bienvenida nombrando a algunas bajas de ambos bandos en la guerra. Guío a la comitiva en una recorrida por las instalaciones.

Allí les muestro los viejos FAL que nosotros aún utilizábamos pero que todos sabíamos que eran de los mismos modelos de los empleados en Malvinas y, por supuesto, luego nos reunimos para comer con mis cocineros, haciendo un asado con una carne de dudosa procedencia.

Por supuesto le hicimos probar a Shaw el mate con bombilla, quien lo bebió con desconfianza (pensaba que era una especie de droga). En ese contexto, me dijo entre otras cosas que la guerra de Malvinas fue una guerra “limpia”, no como las actua les.

Le mostré las fotos de mi familia; este hecho intrascendente tuvo su efecto posterior más adelante.

Organicé a mis hombres para que se sentaran intercalados en la mesa y a mi veterano de guerra, un suboficial superior de infantería, junto al brigadier general Shaw.

El asado transcurría de manera distendida, cuando observo al comandante británico garabateando algo en una servilleta junto a mi suboficial malvinero: ¡Estaban tratando de ubicarse en el papel donde se habían posicionado en junio de 1982, porque paradójicamenteà ambos habían luchado uno contra el otro, enfrentándose en la misma acción!

Efectivamente, el general Shaw, como joven oficial, tuvo la misión de atacar desde el flanco meridional con su tercera sección de paracaidistas a la posición argentina en Monte Longdon. Finalizado el asado, ofrezco un brindis y doy el discurso de despedida. Pero lejos de hacer una réplica o contestarme al menos “diplomáticamente” ante todos los comensales, el comandante británico no dijo palabra: su semblante estaba grave; toda la escena contrastaba lo que minutos antes había sido solo camaradería entre él, sus soldados británicos y mis hombres. 

Terminada la visita desandamos el recorrido de inicio acompañándole nuevamente al helicóptero. En la marcha hacia la aeronave Shaw tampoco articuló una palabra. A esa altura yo ya tenía serias dudas sobre mis procederes o si se había cometido alguna equivocación u ofensa ‘diplomática’. Antes de subir al helicóptero se dio vuelta y me dijo: “Sir Major, it’s a dream”, afirmó, una vez más. 

El silencio y la emoción

Una semana después recibí la siguiente carta: “Al mayor Mariano Castelli, comandante de la Fuerza Argentina en la KFOR”. “Nunca agradeceré lo suficiente el honor que me dispensó a mí y a los demás invitados británicos al convocarnos a su cuartel para compartir la conmemoración del 21º aniversario del Conflicto del Atlántico Sur en el que celebran el Día del Veterano de Guerra. Fue un momento conmovedor en su sencillez y sinceridad”.

“Deseo que agradezca muy especialmente en mi nombre a todos los que hicieron posible esa cena en la que nos sentimos verdaderamente bienvenidos.”

“El punto más saliente de la noche para mí fue cuando recreamos el combate de Monte Longdon sobre servilletas de papel y volvimos a ‘combatir’ recordando aquella noche desde los respectivos puntos de vista míos y de su bravo veterano. Debo decir que sospecho que en realidad nunca estuvimos ambos en posición de dispararnos mutuamente y además me alegro de que uno y otro bando erraran sus tiros sobre nosotros para que ahora pudiéramos compartir nuestros recuerdos como amigos.”

“El suboficial veterano comentó que nuestro fuego de artillería era terrible en volumen y poderío; por mi parte, concuerdo que fue terrible, pero mal dirigida, al menos desde mi punto de vista, ya que las primeras andanadas de la artillería naval británica pasaron por encima de sus supuestos blancos, ¡y cayeron entre mis hombres haciéndonos pelota! ¡Así que una vez más estuvimos de acuerdo acerca de los mismos horrores de esa guerra!”.

“Un bajón de anoche fue para mí recordar el momento cuando encontré junto a uno de los caídos argentinos las fotos de su novia y su familia. Creo que la única posibilidad que los combatientes tenemos para superar mentalmente los horrores de una guerra es hacer abstractos a los hombres y desvincularlos de su contexto humano y familiar. Ver aquellas fotos de su familia, Mayor, me devolvieron de golpe a la realidad. Estas imágenes me volvieron a vincular al soldado muerto que tenía ante mí con el mundo exterior y con ellas se me presentó el absoluto e inhumano horror de la guerra.”

“Por eso el ver sus encantadoras fotos familiares me recordó la esquizofrenia que todos debemos adoptar para sobrevivir en nuestra profesión. Y siento ahora todo esto más fuerte porque también tengo una esposa y sobre todo hijos. Pido disculpas si eso ensombreció mi estado de ánimo anoche y, por cierto, me sentí incapaz de ofrecer una respuesta adecuada a su excelente discurso”.

“Gracias una vez más y espero que nos volvamos a encontrar pronto”. Jonathan Shaw. El teniente Shaw en su ataque a Monte Longdon tuvo un 30% de bajas en su sección de paracaidistas por efecto del fuego enemigo, que obligó al mando británico a retirarlos del combate por no poder continuarlo. 

Efectivamente, esta carta rescatada para la historia y con otra versión de los hechos, demuestra que sí se peleó con honor en Malvinas.

 

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