“Es injusto evaluar a seres humanos de otras épocas con patrones actuales”

La solapa de la tapa de “Los días de la revolución. Una historia de Argentina cuando no era Argentina (1806-1820)” refiere brevemente la trayectoria de Eduardo Sacheri. Enuncia que nació en Buenos Aires en 1967. También que es profesor y licenciado en Historia y que integró claustros universitarios durante dos décadas, pero que por elección continúa transitando las aulas solo en el nivel secundario.

Asimismo, que como autor ha publicado en Alfaguara los libros de relatos “Esperando a Tito”, “Te conozco, Mendizábal”, “Lo raro empezó después”, “Un viejo que se pone de pie”, “Los dueños del mundo” y la antología “La vida que pensamos”, dos volúmenes que reúnen las columnas que había escrito para la revista El Gráfico -“Las llaves del reino” y “El fútbol, de la mano”- y las novelas “La pregunta de sus ojos”, “Aráoz y la verdad”, “Papeles en el viento”, “Ser feliz era esto”, “La noche de la usina”, “Lo mucho que te amé” y “El funcionamiento general del mundo”.

Por último, que entre sus ficciones, “Aráoz y la verdad” fue adaptada al teatro y fueron llevadas al cine “La pregunta de sus ojos”, “Papeles en el viento” y “La noche de la usina”.

También guionista y colaborador en diarios y revistas nacionales e internacionales, Sacheri acaba de editar su primer libro de historia. En un camino inverso a lo esperable por su profesión inicial, su “desvío” a la no ficción lo explica él de esta manera: “Hoy tengo la posibilidad, cada año, de enseñarles Historia a setenta u ochenta adolescentes. Este libro me da la oportunidad de compartir algunos conocimientos con muchas personas más. Y creo que eso es muy bueno. Cuanta más gente pueda tomar contacto con el conocimiento histórico, mejor”. Y en una extensa charla que bordeó la hora, él se disculpará en un par de ocasiones diciendo que “aburro, porque soy profesor de Historia”, pero no imagina que aunque hayamos borrado las marcas discursivas del vocativo en la entrevista a continuación, el placer de su afición por la historia y de sentirnos interpelados por cada palabra que fue empleando para dirigirse a quienes lo estaban entrevistando de forma explícita, nos ha transportado a un aula, a un aula comandada por algún profesor memorable, que en pos de aportar a una duda tolera alguna que otra digresión.

 

Me interesó en tu libro el abordaje de la historia dejando de lado el anacronismo y con ello el pensamiento moral para juzgarla, mientras que siempre -quizá para volverla más atrapante- nos han enseñado una historia de héroes y villanos, de vencedores y vencidos. Me gustaría preguntarte sobre esta visión que tenés.

A mí me parece que uno estudia historia para entender el pasado y entender tiene más que ver con nuestra razón que con nuestros sentimientos. Ya entender a seres humanos que vivieron hace mucho tiempo es difícil y la tentación del anacronismo es fuerte, porque a lo mejor uno en primera instancia tiende a pensar que la cabeza del ser humano operaba igual 100 o 200 años atrás y eso no es así. Entonces, es muy injusto evaluar a los seres humanos de otras épocas según los patrones de la nuestra. Y además entender no pasa por jugar, justamente. Cualquiera tiene el derecho de que le caiga mejor tal personaje histórico que tal otro, pero -aunque no estaría bueno que yo juzgara a los que juzgan- me parece que para entender el pasado y en el objetivo de que mis alumnos lo entiendan, no es necesario que militen tal o cual aproximación al pasado y me parece que en los últimos años se ha trabajado muy bien en las universidades argentinas en un enfoque múltiple, diverso, de muchos planos; pero esa manera de estudiar no ha salido de las universidades o no ha salido lo suficiente y me parece que los profesores tenemos ahí una linda tarea: la de tratar de reproducir esa manera más compleja y más completa de estudiar historia por fuera de los ámbitos más académicos.

Exacto, porque la primera vez que escuché sobre historia renovada, sobre la Escuela de los Annales por ejemplo, fue en la universidad. Y durante la enseñanza media predominó una escala de blancos y negros a partir de ideas y prejuicios ya instalados. ¿Por qué se da esto cuando los profesores se forman en la universidad?

Yo creo que no está mal que donde se crea el conocimiento haya un circuito bastante cerrado de especialistas que hablen de determinada manera y planteen los problemas con determinada complejidad.

A lo mejor es hasta inevitable que eso suceda en el ámbito de la historia, o de la economía, o de la infectología. Me parece muy razonable que cada pequeña comunidad científica se tenga que manejar como un mundo bastante cerrado. Donde siento que falla la cosa es en la divulgación, que de hecho hay divulgación de historia, pero está divorciada justamente de ese conocimiento universitario en general. Y cuando digo divorciada me refiero a que siguen con esas mismas preguntas y las mismas respuestas de hace cincuenta o sesenta años. En aquel momento tenías una historiografía liberal y otra revisionista, que se peleaban entre ellas, y la divulgación tendía a reproducir esa discusión. Pero hoy la divulgación parece presa de esas mismas preguntas y de esas mismas aproximaciones que se han quedado bastante atrás. Pienso que hay cosas mucho más interesantes de las que hablar. Digamos que de acuerdo con los docentes que hayamos tenido en la universidad capaz que los profesores estamos más o menos atentos a esas novedades. No en todos los profesorados, lamentablemente, están tan abiertos a esas miradas más nuevas y me parece que tal vez precisamente ver que eso falta fue lo que a mí me condujo a juntar dos profesiones que yo hasta ahora traía separadas, la docencia y la escritura. Por un lado, estaba la ficción: las novelas los guiones de cine y por otro mi trabajo docente. Sí trataba de hacer esto de llevar la historia de la complejidad de la academia a la cercanía del aula, pero, claro, solo en el aula. Bueno, yo ya estoy cerca de jubilarme y tengo un puñadito de alumnos por año y a lo mejor uno con los libros puede llegar, sobre todo, a que se te despierte el interés, más que nada como lector digo, porque simplemente algunos libros abarcarán un cierto periodo de tiempo y nada más, pero a lo mejor alguien diga: “¡Ah, mirá! Historia no es solo tales y cuales próceres divididos en buenos y malos de manera maniquea, sino mirá la economía, la sociedad, las mentalidades, la demografía, la geografía, los circuitos económicos y las economías regionales”. Ya creo que solo con eso después puede seguir estudiando historia. Ya lo metés en esos casilleros más ricos, el asunto es cómo le abras los casilleros.

 

Una de las grandes virtudes del libro es situarse en un peldaño intermedio entre la circulación académica y la circulación social del conocimiento. ¿Por qué, si salió tan bien, llegó después de la ficción?

Me dediqué muy fuerte a la docencia tanto en la universidad como en escuelas secundarias y no pude desarrollar una carrera académica como investigador por cuestiones típicas: necesitaba juntar más plata para mi casa y mi mujer y mis hijos no podían estar supeditados al sistema de becas del Conicet, por decir. Empecé con la literatura casi como una cosa amateur. Nunca pensé que el asunto fuera a escalar como para convertirse en una profesión, pero sucedió de manera accidental y a tal punto, que tuve que empezar a reducir mi trabajo docente. Lo abandoné en la universidad y me quedé con unas horas de secundaria. Yo creo que por que me sigue pareciendo que es importante llegar a la mayor cantidad de gente posible o a la gente que más lejos está del asunto y por eso me quedé con darles clases a adolescentes en la escuela secundaria. Estoy cerca de jubilarme y seguramente digo: “Pucha, capaz que es el momento de aprovechar la plataforma que me da la difusión de lo otro que tengo”, porque, ojo, si yo me hubiera puesto a escribir historia veinte años atrás, no me engaño, mi chance de llegar a mucha gente sería mucho menor, aunque no sé cómo le irá a este libro; pero si le llega a ir bien va a tener mucho que ver con que estoy muy visible en este momento, pero no por mi trabajo como profesor.

¿A qué se debe el recorte entre 1806 y 1820?

Siento que qué es la Argentina, cuándo nació la Argentina y quiénes somos los argentinos son preguntas muy complejas, tanto que siguen ahí dándonos vueltas todavía hoy. Y esto me lleva al siglo XIX y al periodo revolucionario, pero con la certeza de que ahí arranca la cosa, pero de ningún modo se completa: 1806 porque con las invasiones inglesas el imperio empieza a derrumbarse y 1820 como final, porque lo veo más como un gran derrumbe que como una construcción. De hecho, Buenos Aires intenta comandar una nueva estructura y un montón de ciudades le dicen: “Un momento, por qué el comando es de Buenos Aires”, que es algo que los protagonistas de 1810 ni siquiera imaginan que eso va a ser un problema. Los porteños del cabildo abierto de 1810 no se imaginan que va a ser un problema el reparto territorial del poder. Como no se imaginan que la guerra va a ser un problemón. Y las dos cosas: la disputa por quién va a ejercer la autoridad y la guerra se los lleva puestos a ellos, a Artigas y a La liga de los pueblos libres. Toda autoridad superior se derrumba en 1820, pero quedan 13 protagonistas -que con Jujuy una década después serán 14- durante 30 o 40 años de lo que sigue, no una República Argentina, que no es tal. Y cuándo va a aparecer la Argentina pues no en un solo momento, en la economía cuando tenga un mercado más o menos organizado; a nivel mentalidad, cuando haya un sentimiento de nacionalidad y cuando tenga un Estado central y se nos va el siglo XIX en eso de que confluyan todos los procesos.

 

El 25 de Mayo de 1810 y el 9 de Julio de 1816 son dos fechas próximas, sobre todo en el calendario escolar que las conmemora en actos, pero con enormes diferencias. ¿Por qué no las tenemos tan en claro?

Me sorprende lo que me contás porque hubiera supuesto que la complejidad de lo que le tocó vivir al norte durante todos esos años harían más visibles todas esas vicisitudes, esas idas y vueltas, los avances y los retrocesos que hay en la idea de cortar-no cortar, cortar-no cortar y claramente 1810 no es 1816. Es verdaderamente un quemar las naves cortar con esas ambigüedades muy entendibles por otro lado de 1810; pero no es casual declarar la independencia, hacerlo en Tucumán y no en Buenos Aires lanzar prácticamente de inmediato al Ejército de los Andes hacia Chile. Esto implica dejarlo al pobre Güemes en una en una cosa de “arreglate como puedas” que es un “por acá no vamos a insistir”; pero hay un cambio de estrategia, pero de una definición de una estrategia, ahora sí de una revolución decidida hacia la independencia. Y eso es de 1816 no es anterior. En 1815 todavía lo tenemos al director supremo Alvear izando la bandera de España en el Fuerte de Buenos Aires; pero no por cobarde o traidor, si no porque si no está nada seguros de dar el paso definitivo, porque temen las consecuencias.
¿Esto en qué sentido lo digo? En que está mal andar diciendo: “Ah, fulano fue un patriota y mengano fue un traidor y no. No estaba nada claro y 1816 es extremadamente importante en esto de seguir avanzando definitivamente en lo que pueden, porque también fracasan en otra cosa.

El Congreso de 1816 su otra función es la de dictar una Constitución y cuando la dicte estará ya reunido en Buenos Aires en 1819 y ninguna provincia le va a dar pelota a esa Constitución. Entonces me parece que bueno para dimensionar también el tamaño de los fracasos, o sea, cada éxito, vos lo lo ves rodeado antecedido y seguido después por unos cuantos fracasos en otras de las intenciones que tiene esa sociedad que se está emancipando de a poco.

 

Desde el norte siempre nos hemos preguntado por qué tardó tantos años la recuperación de la figura del General Martín Miguel de Güemes como héroe nacional...

En la segunda mitad del siglo XIX, Bartolomé Mitre, que es el primer gran historiador argentino, se pone a investigar y encuentra un par de figuras clave: Manuel Belgrano, muy vinculado con la revolución de Buenos Aires; y José de San Martín, vinculado con el proyecto continental, pero con la ruta mendocina no con la ruta altoperuana. Entonces me da la sensación de que también a Mitre lo traiciona su propio lugar en el mundo, que es Buenos Aires. Y además me parece que hay una mirada en Mitre de todos los hombres del interior como caudillos locales y me parece que hay una homologación de Güemes a otras figuras como Facundo Quiroga, Estanislao López, Francisco Ramírez, Juan Bautista Bustos, y Mitre los baja un poquito porque considera que conspiran contra una supuesta unidad nacional que Mitre ve que en 1810 ya está. Y volvemos a lo que a lo que hablábamos antes: hoy en día en distintas universidades hay un montón de laburos superinteresantes sobre lo que fue pasando en cada región; pero que tampoco llegan al conocimiento general.

Yo intenté con las economías regionales hacer ver que el núcleo del virreinato es el Norte y no Buenos Aires. En todo caso en el siglo XVIII empieza a cambiar eso, pero en la mirada tradicional Buenos Aires siempre es el centro y cuando la fundaron era un rancherío que no tiene nada que ver con Córdoba o con Salta, que son lugares muchísimo más ricos, muchísimo más importantes. Parece que está visto como una periferia cuando en realidad la periferia es el litoral del río de la Plata.

 

Hablar de interpretaciones que deben ser revisadas me recuerda la polémica que se creó en torno de incluir la figura de María Remedios del Valle al lado de Manuel Belgrano en el billete de 500 pesos, contra lo cual se alzaron voces cuestionando que no existen pruebas documentales de su trayectoria y que por ello estaríamos ante un abuso ideológico de la historia...

Creo que es complicado eso de hacerle decir al pasado lo que necesitamos que diga y por eso vuelvo a esto de no juzgar, sino de entender, porque si no, confundimos el pasado. El pasado no necesita ser como el presente y no es malo por ser distinto. En todo caso, si nosotros con nuestra cultura actual y nuestros principios y valores actuales queremos revisar cómo nos manejamos en el presente está perfecto, discutamos el presente y tratemos de acomodar lo que sucede a los valores que tenemos ahora, pero hacer ese ejercicio en retrospectiva es inútilmente engañoso y confuso, porque la sociedad de hace 200 años era muy diferente, el lugar de cada quien era diferente y lo que merece ese pasado es que lo entendamos, que lo estudiemos y que lo comprendamos, no que lo tergiversemos. Entonces, hacerle decir al pasado lo que el pasado no tiene para decir es achatarlo, es simplificarlo para usarlo como un palo para pegarle a otro en el presente y no tiene sentido.

¿El lugar de la mujer hoy es como era en 1810? No, no tiene nada que ver, no inventemos lustres y preeminencias que no necesariamente existieron porque no eran registradas por los contemporáneos, así lamentablemente el lugar de la mujer de 1800 era recontrasubordinada. Entonces no inventemos que ahora sí y no inventemos próceres feministas, que a veces se escucha que fulano era feminista, cuando no podía ser feminista no existe el feminismo 1800 en el Río de la Plata entonces. Uno puede lamentar que las mujeres durante siglos hayan sufrido discriminaciones, abusos y servidumbre de todo tipo, por supuesto, pero al decir lo contrario parece que uno negara lo malo que pasó. “La pongo a fulana en un lugar de autoridad, de prestigio” y parece como que la mujer hubiera estado y no, no estaba en un lugar así lamentablemente. Tratemos de estudiar cómo estaba y felicitémonos de que en el presente nos manejemos de otro modo, pero no inventemos una igualdad de género que no existía.

Eso ocurre con la puja entre la responsabilidad social en la existencia de una riqueza plural y la veracidad histórica que se ve en la ficción actual y que hace confundir a la gran audiencia. Estaba pensando en la serie de Netflix Los Bridgerton, que al verla el espectador tal vez se quedará con la idea de que en la Inglaterra de principios del siglo XIX había una aristocracia negra, o en la próxima adaptación de Entrevista con el vampiro, en la que un actor negro interpretará a Louis de Pointe du Lac, el joven señor de una plantación al sur de Luisiana en 1791… ¿Se están soslayando los lugares que cada quien tenía en la historia y con ello las conquistas de las minorías históricamente sometidas?

Creo que hay un peligro y coincido con vos, porque suponete si yo me encuentro viendo una serie con que la gente de raza negra en la Inglaterra del XIX podía tener tantos privilegios... Ahora vos fijate podían tener privilegios, pero había servidumbre también. Entonces la cuestión étnica la difuminamos. Disolvemos ese conflicto, pero no el conflicto social suponente de ricos, nobles y servidumbre que vive para ellos. Me parece que en este aluvión de corrección política hay una cosa tan culposa que parece que quisiéramos lavar las culpas del pasado y no. Me parece que no se trata de eso. ¿Tenemos todo el derecho a construir un presente y un futuro distinto? Seguro. Ahora manipular el pasado para que sea más amable me parece que es un ejercicio que no le hace justicia ni a la época ni a quienes vivieron y eventualmente padecieron la época. Y esto que vos decís sobre el modo en que la ficción también construye un relato y construye un sentido común... Andá a saber si dentro de treinta años no es dificilísimo entender el fenómeno de la esclavitud en los Estados Unidos por ejemplo. ¿Y quiénes eran los esclavos? Los negros y los blancos usufructuaban cruelmente esa diferencia de color, pero si no somos capaces de recrearlo en la ficción bueno y recrearlo en la divulgación creo que corremos el riesgo de entender cada vez menos y si no entendés el pasado tu posibilidad de comprender el presente es mucho menor.

Quería entender la Argentina de las grietas, la Argentina dicotómica que no se reconcilia ni se termina de unificar. ¿Esta es una herencia de unitarios y federales que sigue dando sus coletazos hoy?
A mí me da la sensación de que hay momentos y momentos. Hay oleadas en las que proyectos muy antitéticos tienen fuerzas tan equilibradas que se empastan recíprocamente, se empantanan recíprocamente y momentos en los que no. Creo que este momento es así. Me parece que el momento que estamos atravesando es de parálisis recíproca. Hay fuerzas, pero no fuerzas políticas, me parece que hay dos visiones en la sociedad que electoralmente tienden a estar bastante parejas a fin de cuentas. Entonces, tienden a empantanarse; pero no siempre fue así y otro momento en que pasó esto también, por decirte, es probablemente en 1814 y 1815, entre los que quieren la independencia y los que no la quieren. Entonces la cosa estaba bastante empantanada; pero después de 1816 queda clara la independencia. Después tenés a los unitarios y federales, que en algún momento está recontraempantanada la cosa; pero después de 1830 queda clarísimo que la cosa va a ser federal: los unitarios no quedan ni dibujados, en todo caso hay diferentes federalismos. No es lo mismo el federalismo del interior, que el federalismo del litoral, o que el federalismo de Buenos Aires, que es muy particular. Y a fines del siglo XIX casi todos estaban de acuerdo con que nos conviene abrirnos al mundo, el modelo agroexportador, la inmigración, los ferrocarriles. Más allá de que haya ganadores y perdedores hay un consenso, por eso te digo que en algunos momentos opera una grieta paralizante y otros momentos en lo que no. Te doy otro ejemplo para venirnos más acá y no quedarme tanto en el siglo XIX, en los primeros años de la restauración democrática la enorme mayoría de la población argentina tenía ciertos valores e ideas bastante compartidos y después se empastó de nuevo en todo caso. Pero me parece que el peligro de pensar la historia de manera cíclica o fatal exonera mucho de responsabilidad pensando en el futuro: “No, esto fue siempre así, entonces bueno, si fue siempre así tengo menos responsabilidad en que ahora se hace así”. Yo prefiero pensar, aunque sea más intranquilizador, que más de una vez cosa se destrabó. Hay que ver cómo, pero claro destrabar implica mucha más responsabilidad que dejarlo siempre igual a sí mismo.

 

 

¿Cuál viene siendo el trayecto de “Los días de la revolución”?

Salió hace una semana y creo que le está yendo muy bien en cuanto a sus ventas. Digo “creo”, porque a mí no me gusta mucho parar la oreja con eso, porque me presiono. Me encantaría poder acompañar al libro en distintas provincias y que tuviera un recorrido escolar, como un profesorado. Si bien el público del libro es un lector común, un adolescente y también un profe que se quedó medio desactualizado o que no tuvo un buen profesorado, que pasa a veces. Eso creo que podría estar bueno y eso es lo que trato de hacer al final del libro, que no armo una bibliografía, sino que tiro quince o veinte libros, así medio al voleo. La intención del libro fue tratar de mirar el conjunto y no mirar Buenos Aires. Está lleno de mapas también, precisamente como una manera de ver un territorio que se fragmenta y eso me parece que estaría piola poder verlo en distintos lugares.

 

Tiene que ganar las aulas el libro...

No sé si las aulas, pero que gane algunas aulas de profesorado creo que puede estar bueno, pero no por el libro, sino por la gente a la que cito. Vuelvo al objetivo del libro: “Asomate que esto está bueno, es complejo, pero está bueno”.


¿Cuánto tiempo demoraste en escribir este libro?

Más o menos un año escribiendo. Primero fue revisar mis lecturas de la universidad y mis lecturas de cuando daba clases en la universidad. Después sumale que yo dejé de dar clase en la universidad hace más de diez años. Entonces decimos: “Bueno, a ver qué hubo en estos diez años que yo ni me enteré porque estaba con los guiones, con las novelas”. Y después reunir todo eso y escribir lo que a mí me resulta -y supongo que a cualquiera- difícil: esto de ser al mismo tiempo cercano en el registro, cercano en el discurso y riguroso en el concepto. A mí me dio mucho trabajo, sentí todo el tiempo que era como una parecita finita para caminar y que si me bandeaba para un lado me volvía hermético, o sea, terminaba escribiendo para mis colegas, y si quería evitar eso, corría el riesgo de simplificar demasiado y no atender la complejidad de lo que quería transmitir. Entonces me dio mucho laburo cada vez que me caía y decir: “Bueno, un momento, volvamos para atrás” y ahora estoy haciendo lo mismo con un segundo volumen de 1820 a 1852. De la época de unitarios y federales y toda la época rosista y la conquista de Juan Manuel de Rosas del interior, una cosa terrible la de 1841 que va Manuel Oribe y se lleva puesto todo... y hasta 1852. Ahí pararía de nuevo, pero también llevo seis meses con eso y ¡lo que me falta!

Esto puede ser una saga…
En Alfaguara están entusiasmados. Yo tengo mis dudas de que me siga el público, porque sé que hay un par de comodines que no quiero usar. Esta cosa de: “Te voy a contar la verdad”, “Te vivieron engañando”, “La verdadera historia que el poder quiere silenciar”, que son eslogans muy atrayentes y muy vendedores. Y yo no hago nada para darle ese enfoque. Yo te estoy invitando así: “Mirá que es complejo, te voy a mezclar un montón de planos y no sé si vas a salir con mucha certezas”. Eso de invitarte a la incertidumbre no es tan hospitalario. En el mejor de los mundos me encantaría que los lectores vengan y digan: “Lo vamos a seguir por el siglo XIX”, que ese es un poco el plan con la editorial y mi idea sería terminar un cuarto libro en 1916, que ya estamos en el siglo XX y ya miramos para atrás y decimos: “Sí, claramente es un país la Argentina que va desde acá hasta allá. Estos son los límites, este es el mercado, esta es más o menos la sociedad y todos los que viven acá adentro se sienten argentinos, más allá de que también se sienten salteños o bonaerenses; pero está bien claro que esto es argentino: la bandera, el himno, y yo siento que en 1916 es cuando hay otro fenómeno político, el radicalismo, y uno puede decir que esta pregunta de cómo se formó la Argentina queda más o menos respondida.


¿La historia qué respuesta nos puede dar a la percepción actual de que solamente hay peronismo y formas de peronismo y los otros partidos están invisibilizados, desorganizados o extintos?
Se me va un poco de tema y se me va para el siglo XX, pero yo tiendo a buscar las respuestas, tanto para los días de la revolución como para los días actuales, en una sociedad que elige hacer las cosas de determinado modo. Para mí, el peronismo es la consecuencia, no la causa. No la existencia, sino hay un fenómeno muy claro en los últimos setenta años que es la casi infalibilidad del peronismo para ejercer el poder. Sobre todo los últimos cuarenta años de la restauración democrática para acá se ha mostrado enormemente efectivo a la hora de ganar las elecciones y ejercer el poder. Pero evidentemente toca determinadas fibras de una sociedad, dice ciertas cosas, convoca ciertas emociones o ciertas ilusiones que le permiten que el electorado renueve su compromiso. No sé, yo me preguntaría más: ¿Por qué será que la sociedad renueva esa lealtad, más allá de que evidentemente o le parece suficiente lo que va logrando o le parece que las otras opciones serían peores? Pero se ve que que ha logrado una fidelidad emocional como para que, salvo algunas excepciones como Alfonsín, De la Rúa y Macri, a nivel nacional siempre gobernó el peronismo. Y a nivel provincial muchas provincias desde 1983 en adelante han tenido permanentemente en el gobierno alguna forma de peronismo.
 

¿Se puede vivir de la escritura?

Es recontra difícil. Yo te puedo decir que yo sí, en este momento sí, pero es superraro lo que me pasa a mí. Debemos de ser repoquitos los que podemos y no me gustaría decir nombres porque calculo que a los que están en la misma condición no sé si les gustaría que los nombrara.

Te diría que yo tengo la enorme ventaja de que hubo películas de mis libros, de que trabajo en la radio y en la televisión. Entonces son un montón de factores extraliterarios que apuntalan mis libros. Sé que tengo mucha fortuna viste, cuando lo normal es que publiques... ya que puedas publicar tus libros es mucho y que se vendan es muchísimo más difícil y que puedas vivir de publicar tus libros es más difícil aún. Cuando me preguntan esto les digo que hay que separar las dos cosas, porque si no te vas a frustrar. Si te imaginás ser ese tipo de las películas que está en una cabaña frente al mar o en medio de la montaña escribiendo sus libros y viviendo de eso, eso es redifícil que te pase. Muy, muy difícil, pero no solo en Argentina. Capaz que en algún país muy desarrollado no sean cinco quienes puedan vivir de la escritura, sino cincuenta; pero tampoco es tan habitual. Es un mundo muy chiquito el de los libros en cuanto a al mercado que mueve.

 

¿En qué otros proyectos estás en este momento?

Ahora tengo que sacarme de encima el segundo tomo de historia, que va a salir el año que viene; pero calculo sacar una novela para mayo más o menos del año que viene, porque mi idea sería intercalar estos libros de historia con mis novelas, porque tampoco quiero descuidar ese otro costado que me gusta mucho ejercer.

 

¿Podés anticipar de qué tratará tu próxima novela?

Va a estar ambientada en la Argentina de la década del 70, en un año extremadamente conflictivo como 1975. Me parece que hay mucha literatura, mucho cine a partir del golpe del 76 y que 1975 es un año muy interesante del que se ha trabajado poco y tengo ganas de hacerlo, pero siempre con esa mirada mía sobre la ficción que es muy al ras del piso: ambientado acá en el Gran Buenos Aires, de donde soy yo, con personajes de por acá, no la gran política o la gran violencia de 1975, sino algo así muy al ras del suelo, que es lo que a mí me gusta escribir.

 

El dato

La saga "Una historia de Argentina", de Eduardo Sacheri, estará compuesta por: Cuando no era Argentina: "Los días de la revolución (1806-11820)", Cuando empieza a ser Argentina "Los días de la violencia (1820-1852)", Cuando por fin se convierte en Argentina "Los días de la constitución (1852-1880)" y Cuando se cree destinada a la grandeza "Los días del progreso (1880-1916)". 

 

 

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