El mesianismo criminal

El intento de asesinato del escritor Salman Rushdie muestra las consecuencias que puede acarrear el fundamentalismo, una distorsión de la religión aplicada a la política.

Rushdie es un escritor nacido en Bombay, en una familia musulmana no practicante, cuando India era todavía una colonia británica. Se formó en Inglaterra y cultivó un estilo asemejable al "realismo mágico". Cuando en 1988 escribió "Los versos satánicos", un libro donde caricaturiza en una alegoría literaria al profeta Mahoma y a sus esposas, el líder de los chiitas iraníes dictó una "fatwa", un edicto religioso que ordenaba a cualquier creyente a ejecutar al escritor en nombre de Dios. El entonces ayatolá de Irán, Ruhollah Khomeini, fue inequívoco: En el nombre de Dios anunció "a todos los valientes musulmanes del mundo que el autor de "Versos satánicos', un texto escrito, editado y publicado contra el Islam, el Profeta del Islam y el Corán, junto con todos los editores y editoriales conscientes de su contenido, están condenados a muerte".

La pena de muerte existe en ese país y se aplica por motivos políticos, como este, disfrazado de "voluntad divina". En diciembre de 2020, el periodista Ruhollah Zam secuestrado en Irak por la Guardia Revolucionaria del régimen fundamentalista, fue ahorcado en Teherán "por fomentar la violencia y sembrar la corrupción". Pero Khomeini había ido más lejos: exigió a los "musulmanes valientes, dondequiera que se encuentren en el mundo, para que lo maten sin demora... Quien muera por esta causa será mártir..."

Esta visión del mundo, mesiánica, brutal y anacrónica, es además un instrumento de guerra. La sacralizada sentencia de muerte se produjo hace 33 años, mucho antes de que naciera en EE UU Hadi Matar, el hijo de inmigrantes y formado religiosamente en Líbano que el viernes apuñaló al escritor, quien recibió gravísimas heridas.

La respuesta oficial de Teheran fue que su régimen no tuvo nada que ver: "No consideramos que nadie merezca reproche, culpa o incluso condena, salvo Rushdie mismo y sus simpatizantes", declaró Nasser Kanaani, vocero del Ministerio de Relaciones Exteriores. "Nadie puede culpar a la República Islámica de Irán; los insultos realizados y el apoyo que él (si, la víctima) recibió fueron un insulto contra los seguidores de todas las religiones".

El discurso mesiánico y fundamentalista siempre cree representar a la totalidad de los seres humanos. Y en este caso, ni siquiera representa al Islam. En nuestro país, el imán Marwan Sarwar Gill sostuvo -en un artículo publicado en La Nación- que "una fatwa, como la erigida en el caso de Rushdie contradice a las propias fuentes islámicas, carece de autenticidad y debe ser repudiada por los fieles... No hay un solo versículo del Corán, ni un solo incidente en toda la vida del Profeta Mahoma donde él haya mostrado alguna reacción violenta o un castigo a alguien debido a sus actos blasfemos. Al contrario, el profeta era un modelo a la hora de garantizar la libertad religiosa y de respetar la libertad de opinión". Los ocho siglos de presencia islámica en España le dan la razón a Marwan Sarwar Gill.

La sentencia dictada por Khomeini no solo llegó a Hadi Matar, un hombre de 24 años que dice haber actuado sin conciencia de sus actos. El fanatismo religioso, es cierto, obnubila las conciencias, eso vale para cualquier credo.

En los 33 años transcurridos, Salman Rushdie debió vivir con protección militar, pero sus traductores y editores sufrieron ataques sangrientos. En esas tres décadas, el terrorismo islámico apareció en escena como un actor político de la post Guerra Fría. En la Argentina produjo los atentados contra la embajada de Israel, en 1992, y contra la AMIA, en 1994. En ambos aparecen Irán, Hezbollah y la Guardia Revolucionaria. La mutual judía fue destruida por un explosivo que colocó un terrorista suicida de origen libanés, que también quería convertirse en mártir. La Argentina denunció sistemáticamente al régimen iraní ante los organismos internacionales, hasta 2011 cuando el kirchnerismo aprobó un turbio acuerdo. Luego, la nunca esclarecida muerte violenta del fiscal Alberto Nisman se incorpora a esa saga sangrienta.

De ese modo, la agresión contra Salman Rushdie trasciende al hecho en sí mismo y se integra a la historia reciente y a las turbulencias propias de un mundo a la deriva.

 

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