¿Alharaca o guerra?

Mientras el secretario de Estado norteamericano, Antony Blinken, manifiestó días atrás en Camboya que espera que "China no fabrique una crisis o busque un pretexto para incrementar su agresiva actividad militar" a raíz de la visita de Nancy Pelosi a Taiwán, el G-7 y la Unión Europea ha condenado las acciones de China Popular asegurando que "no hay justificación alguna en usar una visita como pretexto para una actividad militar agresiva".

Como se ve, el mundo se apresura a condenar la dimensión y el aspaviento con que China comunista pone en escena su reacción, desplegando sus ejercicios militares alrededor de la isla de Taiwán, cercándola, cancelando el tránsito de barcos y aviones, obligando al ejército taiwanés a declararse en estado de alerta ante un conflicto que no busca y a reprogramar todo el tráfico evitando las zonas de exclusión.

Mientras la portavoz de la Cancillería de China Popular, Hua Chunying, repite cada vez que puede ante medios internaciones que "en el actual conflicto por la visita de Pelosi a Taiwán, Estados Unidos es el provocador y China la víctima", sigue sin responder por qué arremete contra Taiwán (la verdadera víctima de esta trifulca) en vez de hacerlo contra el "provocador Estados Unidos", agregando a la desmesura de la reacción china un matiz de cobardía al cargar tintas contra el país que no los "ofendió". ¿También en Asia el hilo se corta por lo más débil?

Pelosi no podía hacer otra cosa que la que hizo. No en vano es figura relevante del líder del mundo libre. Esa condición no le permite ni doblegarse ante extorsiones ni ceder a las bravuconadas y amenazas de Beijing y, mucho menos, obedecerle sin razón para permitir a los chinos ufanarse de ser el mandamás del mundo además del temperamento, la valentía y la consecuencia de palabras y acciones que ha mantenido y mantiene a sus 82 años y en sus más de 40 de carrera política, en los que ha recalcado una y otra vez que EEUU debe honrar sus compromisos y jamás abandonar a sus aliados.

Por su parte, Xi Jinping el más autócrata, duro e intransigente de los sucesores de Mao Zedong, está a punto de lograr su tercer mandato como presidente de China Popular, ambición que acaricia en medio de complicaciones internas tales como la desaceleración de la economía, la crisis inmobiliaria, el aumento del desempleo y los rebrotes con variantes del COVID (problema en el que Taiwan es líder reconocido en el mundo) que no le otorgan mucho margen para emprender una guerra.

Para colmo, misiles balísticos de las maniobras militares de China Popular cayeron en la zona económica exclusiva de Japón, por lo que Japón ha presentado una protesta formal ante China a través de canales diplomáticos y el primer ministro japonés, Nobuo Kishi, se reunió con Pelosi.

Como en una obra de Shakespeare, una situación delicada cuya escalada y consecuencias sería mejor evitar porque "Como en el viejo cuento, mi Lord, ni es así ni así fue; pero, en verdad, no permita Dios que así fuese".

 

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