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El fatal e inesperado final de una historia de amor surgida en la década del 50

El suceso ocurrió en pleno centro de la ciudad de Salta e involucró a un policía.
Domingo, 29 de enero de 2023 02:39

A mediados de los años de 1950, un conocido médico de nuestro medio pasaba habitualmente los fines de semana en su casa de un pueblito del Valle de Lerma. Así es que todos los viernes por la tarde partía rumbo al campo con toda la prole a cuesta, con su poderoso Chevrolet 1936. Mientras tanto Marta, la fiel empleada que hacía años que trabajaba con ellos cama adentro, se quedaba cuidando la casa de la ciudad. Al parecer, la empleada había perdido hacía un tiempo interés por los fines de semana en el campo pese a que allá casi no tenía obligación laboral. Para eso estaba la señora del casero.
Así es que el hábito del médico y su familia continuó su curso hasta que una vez esa rutina se vio seriamente alterada cuando un domingo regresaron del campo. No bien ingresaron a la casa notaron que Marta estaba cambiada, con sus facultades mentales sumamente alteradas. Ante semejante situación, el dueño de casa resolvió examinar a su empleada y así fue que comprobó que la mujer estaba bajo un shock nervioso de gravedad, según su diagnóstico. Alarmado por la sorpresiva situación, se comunicó con un colega especialista en enfermedades mentales para ponerlo al tanto de lo que ocurría. Así fue que consiguió que al día siguiente Marta fuese atendida por el especialista amigo. Esa noche la empleada mostró signos muy preocupantes, estaba aterrorizada a punto tal que pidió a sus patrones que le permitan pasar la noche en un sofá pues no quería estar en el departamentito de servicio que habitaba, al fondo de la casa.
Al día siguiente, el matrimonio y Marta se presentaron en la casa del médico amigo tal cual lo convenido. El psiquiatra lo primero que hizo fue aclarar que la consulta con la mujer sería a solas. Luego de conversar con ella unos minutos, el profesional “mentalista” avisó al matrimonio que sometería a Marta a la prueba del “suero de la verdad” (Pentotal), ya que según su impresión, la mujer no estaba “loca” como ellos creían sino que más bien ocultaba algo muy serio.

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A mediados de los años de 1950, un conocido médico de nuestro medio pasaba habitualmente los fines de semana en su casa de un pueblito del Valle de Lerma. Así es que todos los viernes por la tarde partía rumbo al campo con toda la prole a cuesta, con su poderoso Chevrolet 1936. Mientras tanto Marta, la fiel empleada que hacía años que trabajaba con ellos cama adentro, se quedaba cuidando la casa de la ciudad. Al parecer, la empleada había perdido hacía un tiempo interés por los fines de semana en el campo pese a que allá casi no tenía obligación laboral. Para eso estaba la señora del casero.
Así es que el hábito del médico y su familia continuó su curso hasta que una vez esa rutina se vio seriamente alterada cuando un domingo regresaron del campo. No bien ingresaron a la casa notaron que Marta estaba cambiada, con sus facultades mentales sumamente alteradas. Ante semejante situación, el dueño de casa resolvió examinar a su empleada y así fue que comprobó que la mujer estaba bajo un shock nervioso de gravedad, según su diagnóstico. Alarmado por la sorpresiva situación, se comunicó con un colega especialista en enfermedades mentales para ponerlo al tanto de lo que ocurría. Así fue que consiguió que al día siguiente Marta fuese atendida por el especialista amigo. Esa noche la empleada mostró signos muy preocupantes, estaba aterrorizada a punto tal que pidió a sus patrones que le permitan pasar la noche en un sofá pues no quería estar en el departamentito de servicio que habitaba, al fondo de la casa.
Al día siguiente, el matrimonio y Marta se presentaron en la casa del médico amigo tal cual lo convenido. El psiquiatra lo primero que hizo fue aclarar que la consulta con la mujer sería a solas. Luego de conversar con ella unos minutos, el profesional “mentalista” avisó al matrimonio que sometería a Marta a la prueba del “suero de la verdad” (Pentotal), ya que según su impresión, la mujer no estaba “loca” como ellos creían sino que más bien ocultaba algo muy serio.

 “Suero de la verdad”

Ya en la intimidad del consultorio y luego de inyectada la droga, el psiquiatra entabló con Marta una larga conversación hasta que finalmente consiguió sonsacarle detalles de lo ocurrido aquel fin de semana y que tanto mal le estaba causando. Y así fue que en un prolongado y patético monólogo, fue desgranando la vida que solía llevar cuando los fines de semana quedaba sola y a cargo de la casa. Contó entonces que aprovechaba para recibir en sus aposentos a su novio, romance del cual estaba al tanto la esposa del médico. Pero claro, lo que la señora no sabía era que cuando ella y su esposo se ausentaban y apenas si habían traspuesto el puente i’ fierro, ella abría las puertas de la residencia para recibir a su “príncipe verde oliva”. Pues se trataba del cabo , de la Seccional Segunda de Policía.
Luego de una pausa y ante nuevas preguntas del facultativo, prosiguió relatando a su manera lo que aquella noche del viernes había sucedido: “No bien los patrones se fueron, llegó mi novio con quien siempre pasábamos juntos los fines de semana. Esa tarde tomamos unos mates y a la noche, después de cenar, nos acostamos y cuando él ya estaba con ropa interior de fajina, comenzó a proferir palabras inentendibles hasta que de repente quedó inmóvil.
Lo dos o tres veces hasta que me di cuenta de que había finado. Entonces me asusté mucho pero luego de reponerme lo vestí con su uniforme y, como pude, lo escondí bajo de mi cama. Y ahí está el pobre desde viernes a la noche, ya que después yo ya no me animé entrar a mi cuarto”.

Aviso a la policía

Ante semejante confesión, el facultativo se dirigió de inmediato a la sala de espera donde estaban los ansiosos esposos. Y allí mismo les espetó lo que acababa de escuchar de boca de la empleada. El matrimonio quedó estupefacto.
Ninguno podía creer lo que el colega y amigo acababa de contar y la aflicción llegó al extremo cuando la patrona, tomándose la cabeza, preguntó aterrada: “¿Así que en la pieza del fondo y bajo de una cama tenemos un vigilante muerto desde hace más de dos días?”.
Fue entonces que el amigo psiquiatra tuvo que sacar a relucir sus mejores armas de profesional para lograr, luego de un buen rato, tranquilizar los ánimos y aconsejar las medidas a seguir. La mayor preocupación del matrimonio era mantener el caso bajo estricta reserva, pero eso resultó inútil.
A poco y cuando la autoridad tomó cartas en el asunto de la muerte del vigilante , todo lo sucedido salió a la luz a través de un parte de prensa dado a conocer por la Policía de la Provincia.
Así fue que el dueño de casa, aconsejado por un pariente abogado, hizo la pertinente denuncia policial sobre la lamentable baja sufrida por la fuerza, por entonces, bajo la férrea conducción del jefe de Policía, Benjamín Carmen Ruiz de Huidobro.
Y cuando las autoridades competentes tomaron cartas en el asunto, el cabo de policía fue encontrado bajo de la cama en “rígida posición de firme”, tal cual lo había dejado su novia Marta.
Luego de los estudios y las averiguaciones se pudo constatar que había fallecido a causa de “un paro cardíaco al corazón”, según el parte de prensa.
Y obvio, después de este lamentable suceso la vida de Marta cambió para siempre, tanto que a los 42 años tomó la determinación de regresar a su Payogasta natal. Por su parte, el cuerpo del cabo (48) fue trasladado por vía férrea a Anta y sepultado en el cementerio de El Quebrachal, de donde era oriundo.

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