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Cuba, reina mundial del espionaje

Martes, 19 de diciembre de 2023 00:00

¿Pudo Manuel Rocha, embajador estadounidense en la Argentina, haber insinuado a Eduardo Duhalde el supuesto beneplácito de Washington para la candidatura de Néstor Kirchner en las elecciones presidenciales de abril de 2003? Semejante interrogante, planteado por Joaquín Morales Solá en una columna publicada días pasados en el diario "La Nación", es una de las múltiples preguntas posibles derivadas de la conmoción ocasionada por la detención de Rocha por el FBI, acusado de haberse desempeñado durante 42 años como un agente del espionaje cubano infiltrado en la diplomacia norteamericana.

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¿Pudo Manuel Rocha, embajador estadounidense en la Argentina, haber insinuado a Eduardo Duhalde el supuesto beneplácito de Washington para la candidatura de Néstor Kirchner en las elecciones presidenciales de abril de 2003? Semejante interrogante, planteado por Joaquín Morales Solá en una columna publicada días pasados en el diario "La Nación", es una de las múltiples preguntas posibles derivadas de la conmoción ocasionada por la detención de Rocha por el FBI, acusado de haberse desempeñado durante 42 años como un agente del espionaje cubano infiltrado en la diplomacia norteamericana.

John Le Carré, el célebre escritor inglés que tras haber trabajado largos años en el MI-6 (la agencia de contraespionaje británico) se convirtió en autor de la serie de novelas más apasionantes sobre las operaciones de la KGB soviética durante la guerra fría, empalidecería de envidia si conociera la historia de Rocha. El escándalo ratifica una opinión extendida en la comunidad de inteligencia: el servicio de espionaje cubano es uno de los más sofisticados del mundo, tal vez el mejor, al menos comparable con la Mossad israelí, aunque difícilmente se le hubiese escapado algo tan delicado como los preparativos para la reciente incursión terrorista de Hamas en territorio judío.

El punto de partida de esa eficaz y temible maquinaria de inteligencia fue precisamente la exitosa prevención de la frustrada invasión de exiliados anticastristas residentes en Miami que desembarcaron en abril de 1961 en Playa Girón. Los movimientos de los rebeldes habían sido detectados por el régimen de La Habana a partir de un involuntario descubrimiento del periodista argentino Rodolfo Walsh, años más tarde figura importante del aparato de inteligencia de Montoneros, empleado entonces en la agencia estatal de noticias Prensa Latina. Por obra de la casualidad, y merced a su afición a la criptografía, meses antes del operativo Walsh logró descifrar un mensaje encriptado que revelaba los planes para la incursión prohijada por la Casa Blanca en tiempos de Richard Nixon. En aquella oportunidad, Walsh y el jefe de redacción de Prensa Latina, su compatriota Ricardo Massetti, alias "Comandante Segundo", muerto en combate en 1965 en Salta como jefe del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), que pretendió instalar un foco armado rural en el norte argentino, amagaron publicar la noticia del descubrimiento pero el comisariado político de la agencia

prefirió ocultar su conocimiento de esa información clasificada y montar un operativo de inteligencia para seguir los pasos de los conspiradores. Desde ese resonante éxito en Playa Girón, que constituyó también el inicio de la confrontación abierta entre Cuba y Estados Unidos y del alineamiento del régimen de La Habana con la Unión Soviética, Fidel Castro entendió que en esa lucha desigual, que imaginaba como una pugna entre David y Goliat, la isla caribeña necesitaba un sistema de inteligencia capaz de develar los planes del enemigo, corporizado en la CIA.

En ese contexto, nació el mítico G-2, denominación de la Dirección de Inteligencia, dependiente del Ministerio de Interior, entonces a cargo del comandante Ramiro Valdez. El flamante organismo fue puesto bajo la jefatura del comandante Manuel Piñeiro, alias "Barbarroja", un destacado jefe guerrillero de Sierra Maestra de íntima confianza personal de Castro. Para su equipamiento tecnológico y la capacitación de su personal, el G-2 contó con la activa colaboración de la KGB.

Piñeiro fue el artífice de la construcción de la nueva red de inteligencia, hasta el punto de transformarse en un personaje legendario en el mundillo del espionaje internacional. En 1975 fue designado también director del Departamento América del Comité Central del Partido Comunista Cubano, lo que extendió su esfera de influencia en el campo de la política exterior. Permaneció en funciones hasta 1997, cuando pasó a retiro y falleció en un accidente automovilístico en 1998. Casado con la intelectual marxista chilena Marta Harnecker, su trayectoria es una leyenda de la Revolución Cubana.

Entre la guerrilla y el espionaje

Desde su fundación, el G-2 y la KGB coordinaron sus tareas en América Latina. Esa cooperación, que tuvo varios momentos de conflicto, cesó abruptamente en 1991 con la desaparición de la Unión Soviética. Durante esos primeros treinta años, el G-2 tuvo también un activo protagonismo en la estrategia de "exportación de la revolución", a través de su abierto respaldo a los grupos guerrilleros que actuaron en América Latina.

Jorge Masetti, hijo del Comandante Segundo, quien se desempeñó durante años en el G-2 hasta exiliarse en 1993, dejó un implacable testimonio de la época. En su libro "El furor y el delirio" afirma: "Éramos jóvenes irresponsables, aventureros, éramos una casta aparte de los revolucionarios que operan localmente en sus países, militantes que se vieron obligados a adoptar la lucha armada no como una lucha estética sino obligados por las circunstancias políticas. Nosotros, en cambio, éramos una especie de James Bond, aderezados con unas gotas de un marxismo muy superficial, a quienes todo les estaba permitido".

Tras el fin de la guerra fría, superada esa etapa de romanticismo revolucionario, Piñeiro y los suyos concentraron sus esfuerzos principalmente en el espionaje en Estados Unidos y secundariamente en la ayuda a los "gobiernos amigos" de la región, especialmente con el "chavismo" venezolano y el "sandinismo" nicaraguense. A imagen y semejanza de sus mentores de la antigua KGB, el G-2 se distinguió por su visión de largo plazo. Duyane Norman, ex director de Operaciones de la CIA en América Latina, sostiene que "una de las características distintivas de muchas operaciones cubanas es la paciencia", lo que le permite a sus agentes penetrar en sus blancos sin despertar sospechas hasta ocupar posiciones relevantes.

Esa estrategia, unida al firme compromiso político de la mayoría de sus agentes, reclutados por su identificación con la causa castrista, posibilitó resultados sorprendentes. En 1987, Florentino Aspillaga Lombardi, un alto oficial del G-2 que desertó a Estados Unidos, reveló que la mayoría de los agentes de la CIA que trabajaban en la isla caribeña desde 1980 habían sido intoxicados con información falsa proveniente de la inteligencia cubana.

Un episodio que alcanzó enorme repercusión internacional y originó un sonado éxito cinematográfico fue en 1998 el descubrimiento y captura de la "Red Avispa", un quinteto de espías que operaba en el estado de Florida, consagrado a la infiltración en las organizaciones de exiliados cubanos de Miami. Enjuiciados y condenados, los espías fueron liberados en 2014 en un intercambio de prisioneros, en canje por Rolando Sarraff Trujillo, un oficial de la CIA de nacionalidad cubana. A su regreso a Cuba fueron recibidos triunfalmente como héroes nacionales.

Otro caso espectacular tuvo por protagonista a Ana Belén Montes, apodada periodísticamente "la reina de Cuba", una puertorriqueña que se desempeñaba como principal analista en temas cubanos de la Agencia de Inteligencia de Defensa del Pentágono, quien fue arrestada en 2001 cuando se descubrió que durante diecisiete años había actuado como agente de La Habana. Sentenciada a veinticinco años de prisión, salió en libertad bajo custodia en enero de 2023. En sus 22 años de prisión Montes nunca abjuró de sus convicciones revolucionarias.

Pero la caída de Rocha impactó todavía mucho más en la comunidad de inteligencia estadounidense que cualquiera de los episodios anteriores. Resulta inimaginable la cantidad y calidad de información secreta que el diplomático estadounidense puede haber transmitido a sus jefes cubanos durante sus 42 años de ininterrumpidos en el mundo del espionaje. Desde su tumba el comandante Piñeiro puede haber sonreído satisfecho con los resultados de su obra.

* Vicepresidente del Instituto de Planeamiento Estratégico

 

 

 

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