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La ardua luna de miel

Sabado, 02 de diciembre de 2023 01:47

Los argentinos estamos tan acostumbrados a vivir en crisis, que tenemos incorporada una situación de cambio en constante evolución como parte de nuestra rutina. Pero hay algo distinto esta vez: está por ocurrir un reemplazo del sistema axiológico y del sistema de poder que ha predominado en el país por más de veinte años; todo ello en medio de un tiempo acelerado, en el que predomina la instantaneidad.

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Los argentinos estamos tan acostumbrados a vivir en crisis, que tenemos incorporada una situación de cambio en constante evolución como parte de nuestra rutina. Pero hay algo distinto esta vez: está por ocurrir un reemplazo del sistema axiológico y del sistema de poder que ha predominado en el país por más de veinte años; todo ello en medio de un tiempo acelerado, en el que predomina la instantaneidad.

Para explicarnos mejor, vamos por partes. Desde el 2002 el Estado está en el centro de la escena; no como autoridad solamente, sino como el gran distribuidor de derechos, de viejas y nuevas categorías, ampliadas hasta más allá de los límites. Es a este esquema que la sociedad a todo nivel dijo basta. Pero ese basta no implica comprender lo que implica el giro, ni en su profundidad ni en su velocidad. Esto es lo que hay que reflexionar: se viene un nuevo orden jurídico que alterará la vida de los argentinos con una tabla de valores distinta. No es un juicio, simplemente un dato que surge del contundente mandato del voto al nuevo gobierno.

El orden institucional está diseñado como un juego de equilibrios (división de poderes, mayorías y minorías) para evitar el desborde del poder. Lo interesante es que para una de las mayores transformaciones del país, el nuevo poder ejecutivo enfrentará un sistema de poderes distinto; más precisamente, gobernadores en su totalidad, y legisladores en su amplia mayoría, de otro color político. Federalismo y división de poderes toman toda su dimensión en un espacio distinto. No quiere decir que no se puedan tejer alianzas, ni que la legitimidad del voto no tenga enorme influencia, especialmente al principio. Pero…

Acá aparece el tercer elemento: como nunca antes los ciclos políticos tienen una velocidad de vértigo. Si se presta atención, con un proceso eleccionario tan enrevesado (PASO y sistema de doble vuelta), se comienza a gobernar mucho antes de asumir. Como la canción de Virus, la luna de miel se escurre entre las manos y aparecen los límites de una realidad que en las redes de campaña parecía indiferente. Y también los errores que hoy parecen nimios, pero pueden ser imperdonables.

In piazza le nostre opinioni non sono le stesse che a palazzo (Maquiavelo, bastante antes que Baglini: nuestras opiniones no son las mismas en la plaza que en el palacio). Gobernar no es lo mismo que hacer campaña; los ejes del discurso empiezan a esfumarse o a postergarse. Este es el peligro: que la realpolitik difumine la velocidad que el voto legitimante exige, paradójicamente sin saber muy bien lo que implica ni a qué costo. Y parte del capital político se dilapida en absurdas intrigas palaciegas y reparto de botines estatales entre nuevos amigos empresarios; como en la Florencia del gran Niccolo, pero poco sofisticadas y a plena luz del día.

Crisis es oportunidad, dice el proverbio. Esperemos que sí, por el futuro de nuestro país. Hasta acá, la verdad, no está claro si estamos ante una mala copia noventosa o algo distinto.

 

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